
Salvando obras: San Felipe Neri, el nuevo estandarte de Cartagena
Después de diez años de lucha, comenzó a funcionar el San Felipe Neri en el popular barrio Olaya, de Cartagena, gracias al trabajo conjunto de la comunidad y la Contraloría, que salvaron del olvido al megacolegio que hoy atiende a más de 1.800 estudiantes.
Hubo muchas mañanas en que los habitantes del barrio perdieron la esperanza. Sentían que lo que les estaba sucediendo no tendría solución y que no habría remedio para tamaño despropósito. Sin embargo, también hubo tardes en las que la ilusión afloraba y arrancaba más de un suspiro en las calientes calles del sector Ricaurte, en el tradicional barrio Olaya, en la Cartagena que pocos conocen y donde muchos viven: la Cartagena profunda.
“Mire, la educación es el desarrollo de un país. La educación es el desarrollo de un barrio, y este colegio puede decir usted que es el corazón de nuestra comunidad”, señala, sin misterios, Adalberto Peralta, veedor y presidente de la Junta de Acción Comunal de la barriada donde —junto con el resto de los habitantes de la zona— vio crecer el elefante blanco de 6.493 metros cuadrados en que fue convirtiéndose el espacio que muchos consideraban el alma del sector.
Peralta también fue uno de los abanderados de la lucha sin cuartel que la comunidad del Ricaurte y los funcionarios de la Contraloría General de la República decidieron dar contra más de una década de ignominia y olvido, y que estuvieron a punto de convertir al tradicional colegio San Felipe Neri en otro monumento a la vergüenza nacional: una obra que muchos por allí ya calificaban como de historia “macondiana”, aprovechando el nuevo boom del término gracias a la famosa novela. “Fue una odisea. Aquí, los padres de familia, los líderes comunales, los dirigentes del barrio tuvimos que salir a las calles para que nos pudieran escuchar”, advierte.
El Compromiso Colombia
En efecto, resultaba “macondiano” que pasaran los días con sus noches y que por allí solo creciera el pasto entre las vigas abandonadas, mientras los niños —casi todos de pocos recursos económicos— tomaban sus clases en instalaciones arrendadas, por allá en un colegio departamental y en otro edificio aledaño, lugares incómodos y obsoletos, lejos de su barrio y, por supuesto, de sus casas. “Cuando se estaba en el otro espacio, uno estaba como arrinconado, porque uno estaba ahí sin poder salir del salón. Prácticamente no teníamos descanso, porque no había dónde recrearnos. Entonces, para mí ha sido un gran cambio porque ahora tenemos un espacio grande donde podemos estar libremente, sin estar apilonados en el salón”, cuenta Tatiana Medrano, que se graduó el año pasado como orgullosa bachiller del San Felipe, siendo además la estudiante-contralora de su promoción. ¡Todo un orgullo!
Y eso que la cosa no pintaba bien. Estaban ya resignados a su triste suerte. No todos, por supuesto. “Fueron diez años de lucha en los que las personas de esta comunidad, los líderes, las lideresas, las juntas de acción comunal, todos, se organizaron para que, a partir de esos esfuerzos que ellos empezaron a hacer desde hace tanto tiempo, hoy esto sea una realidad”, relata Armando Anaya, el feliz rector del gigantesco colegio que atiende estudiantes en la mañana, en la tarde y en la noche. Así que, como resultado de las diarias protestas, marchas, peleas, pancartas y puertas tocadas, un día una de ellas se abrió.

Desde que la obra inconclusa ingresó al programa Compromiso Colombia, la Contraloría General se dedicó en cuerpo y alma a poner de acuerdo a los contratistas con la Alcaldía de la ciudad y la Gobernación de Bolívar. Y aunque sin pausa, poco a poco todos empezaron a jalar para el mismo lado, hasta que a mediados del año pasado, en un soleado lunes de julio, el San Felipe Neri revivió. “Este es el mejor colegio de Colombia, sin duda. ¡Y en un barrio marginado!”, grita a los cuatro vientos el veedor Peralta.
1.800 vidas felices
Y desde ese momento, en el Ricaurte todo cambió, especialmente para los 1.800 estudiantes que van al nuevo San Felipe Neri, una impresionante obra que costó casi 24.000 millones de pesos y que ofrece a la comunidad 34 aulas, una gran biblioteca, un salón de bilingüismo, otro de tecnología con 40 computadores, canchas deportivas, zonas lúdicas y barandas amarillas, todo nuevo. Ah, y alimentación incluida para todos.
“Mi vida aquí ha sido feliz, ha sido tranquila… Mis mejores tiempos han sido aquí”, confiesa Tatiana, la contralora estudiantil que acaba de graduarse como bachiller. Obviamente, no es la única llena de orgullo. “Mi hijo, que está en octavo este año, ha ingresado a dos proyectos nuevos: uno de teatro y otro de emprendimiento, que se los dan en jornada contraria”, dice Yeimy Gómez, quien fuera la representante del grado 11 en el colegio, y además dichosa mamá de cuatro niños, dos de ellos exalumnos del San Felipe, el de octavo, y una simpática pequeñita de cuarto, que podrá gozarse las tremendas instalaciones en lo que le resta de primaria y todo su bachillerato.

Ahora, todos piensan no solo en la universidad, sino en que el San Felipe siga creciendo y pueda beneficiar a más cartageneros y por mucho más tiempo. La idea de que el colegio se convierta también en centro de educación superior, empezando con programas técnicos y tecnológicos, poco a poco comienza a tomar fuerza. El veedor Anaya resume su ilusión así: “La verdad que valió la lucha. Hoy, sé que en un futuro no muy lejano este colegio va a ser convertido en la universidad para preparar hasta a los padres de familia de aquí del sector”.
Y ya se sabe lo que sucede cuando a la gente del sector Ricaurte, del popular barrio Olaya de la heroica Cartagena, se le mete algo en la cabeza. Así tengan que esperar una década, o diez décadas más.
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