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Un plato servido con dignidad: las historias detrás de Comedores Valle
Ya son 63 comedores los que permiten entregar todos los días cerca de 7.000 raciones de comida. I FOTO: Cortesía.
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Un plato servido con dignidad: las historias detrás de Comedores Valle

En el Valle del Cauca, más de 12.000 personas encuentran cada día mucho más que un almuerzo: reciben compañía, esperanza y una oportunidad para enfrentar momentos difíciles. Detrás del programa Comedores Valle hay historias de desplazamiento, desempleo, discapacidad y reconciliación social.

Cuando Olivia Flórez llegó a Palmira no tenía mucho más que la esperanza de empezar de nuevo. Salió de Florida, Valle del Cauca, por amenazas contra su vida y llegó a una ciudad desconocida con la intención de “rebuscarse” vendiendo dulces en calles y parques.


Los primeros días fueron difíciles. Lo que conseguía apenas alcanzaba para pagar dónde dormir y algunas necesidades básicas. La alimentación empezó a convertirse en una preocupación diaria hasta que alguien le habló del hogar de paso Papa Francisco, uno de los comedores comunitarios de la Gobernación del Valle del Cauca.


Desde entonces, al mediodía, Olivia llega puntual. Hace la fila, recibe su plato caliente y encuentra por unos minutos la tranquilidad que la incertidumbre le había quitado.


“Yo andaba pidiendo una limosna, una ayudita para pagar una pieza, y los vecinos me dijeron que aquí daban alimentación. La comida es deliciosa y hay un ambiente muy sabroso. Se siente una paz, una tranquilidad”, cuenta mientras sostiene el almuerzo que se ha convertido en un alivio en medio de la adversidad.

A pocos pasos está Dreamer Mera. Saluda a quienes ya reconoce porque, aunque muchos llegaron por necesidad, con el paso de los días también encontraron una comunidad. Para él, el valor de este lugar no está únicamente en el alimento, sino en la manera en que se entrega.


“Me gusta en especial la forma como le sirven a uno. No porque lo estén regalando es algo mediocre; no. Es algo que está fundamentado con mucho amor. Nos sirven la comida recién preparada, con calidad de mesa”, asegura.


Dreamer llegó al comedor hace dos semanas después de quedar desempleado. Una situación similar enfrentan muchas de las personas que diariamente acuden a estos espacios: trabajadores informales, adultos mayores, víctimas del conflicto, personas en condición de calle o familias que atraviesan dificultades económicas.


En Palmira funcionan 11 de los 110 comedores comunitarios del programa Comedores Valle, una apuesta social con la que la Gobernación del Valle del Cauca garantiza alimentación a 12.182 personas en diferentes municipios.


Para Miguel Ángel Gómez, la llegada al comedor fue una respuesta en uno de los momentos más difíciles de su vida. Durante años trabajó como vigilante informal en diferentes barrios de Palmira, pero su diagnóstico de diabetes tipo II lo obligó a reducir sus jornadas y guardar reposo para evitar complicaciones.


Sin trabajo estable, los ingresos empezaron a disminuir y el almuerzo dejó de estar garantizado.


“Yo estaba por ahí en el centro, prácticamente aguantando hambre. Ayunaba, no almorzaba. Si mucho, hacía una comida al día, hasta que un amigo me dijo: ‘Caminá al comedor comunitario’”, recuerda.


Hoy, Miguel no solo recibe su alimentación. Cuando termina, lleva también un almuerzo para su esposa, quien vende dulces en las calles. Después continúa buscando oportunidades: un turno corto de vigilancia, un mandado o cualquier actividad que le permita generar ingresos.


Porque detrás de cada plato no siempre hay una sola persona. Muchas veces hay una familia completa tratando de salir adelante.
“Esas son las obras sociales importantes para la gente que en realidad lo necesita”, dice Miguel.

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La Gobernación del Valle entrega los alimentos, utensilios y capacitaciones necesarias para garantizar que cada comedor cumpla con condiciones adecuadas de preparación, manipulación y atención. I FOTO: Cortesía.


Para la gobernadora del Valle del Cauca, Dilian Francisca Toro, esta estrategia responde a un propósito central: combatir el hambre y reducir brechas sociales.


“Este programa es para lograr que haya seguridad alimentaria. Por eso casi la mitad de los Comedores Comunitarios están en Buenaventura; en este 2026 son 63 comedores centralizados y descentralizados que permiten entregar todos los días cerca de 7.000 raciones a quienes más lo necesitan”, señala.


La otra cara del comedor: servir también transforma


Mientras algunos llegan buscando un alimento, otros encuentran en servir una misión diaria.


En Buga, Ana Milena Rojas empieza su jornada a las 5:00 de la mañana. Antes de llegar al comedor comunitario ‘Un sueño posible’, atiende a su hijo en condición de discapacidad y organiza su hogar. Después se prepara para recibir a decenas de familias que esperan su almuerzo.

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Hoy, quienes antes hacían parte del conflicto ayudan a servir. El comedor se convirtió en un punto de encuentro, una forma distinta de relacionarse con la comunidad. FOTO: Cortesía.


Ese día el menú tiene arroz, albóndigas, ensalada, legumbres y aguapanela. Son 59 raciones preparadas principalmente para personas con discapacidad y sus cuidadores, muchas de ellas mujeres que no cuentan con un ingreso fijo.


“Me levanto bendecida para bendecir”, dice Ana Milena, quien desde hace cinco años forma parte de esta estrategia.


La Gobernación del Valle entrega los alimentos, utensilios y capacitaciones necesarias para garantizar que cada comedor cumpla con condiciones adecuadas de preparación, manipulación y atención.


“Tenemos nutricionistas, trabajadores sociales e ingenieros de alimentos que velan para que el proceso de preparación sea el adecuado y los alimentos que lleguen al comedor sean efectivamente de la mejor calidad”, explica Karen Rada, secretaria de Desarrollo, Inclusión y Participación Social del Valle.


Pero el impacto de un plato de comida también ha llegado a lugares donde las necesidades van más allá del hambre.


En Buenaventura, el distrito con mayor cobertura del programa, funcionan 59 comedores comunitarios. Uno de ellos está ubicado en el sector conocido como R9, un territorio marcado por conflictos urbanos y fronteras invisibles.


Allí, alrededor de una cocina comunitaria, también empezó un proceso de transformación.


“Llegamos a uno de los sectores complicados de R9, hablamos con una gestora y con un grupo de jóvenes, y ellos decidieron dejar las armas para volverse voluntarios del comedor. Vieron el impacto positivo que tenía garantizar un alimento”, relata Karen Rada.


Hoy, quienes antes hacían parte del conflicto ayudan a servir. El comedor se convirtió en un punto de encuentro, una forma distinta de relacionarse con la comunidad.


Más allá de un plato de comida, Comedores Valle refleja el trabajo de un Gobierno que le apuesta a combatir el hambre, cerrar brechas sociales y llegar a quienes más lo necesitan. Porque detrás de cada alimento entregado no solo hay nutrición: hay bienestar, esperanza y una oportunidad para transformar vidas.
 

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