Ir al contenido principal
Ilustración: Andrés Felipe Rivera - BaudóAP
Conflicto armado en Colombia

Una década buscando desaparecidos: la apuesta de firmantes de paz por la reparación

La Corporación Humanitaria Reencuentros se constituyó después del Acuerdo de Paz, pero su trabajo venía de antes. Hoy es un actor clave en la búsqueda humanitaria de personas dadas por desaparecidas, en coordinación con las familias buscadoras y la UBPD.

Por: Luisa María Valencia

En alguna vereda del noroccidente de Colombia, Gloria Padierna vuelve a caminar los territorios donde pasó más de tres décadas en la clandestinidad. Antes recorría esas montañas como integrante de las extintas Farc-EP; hoy lo hace con otra tarea: buscar a los desaparecidos. Lleva recuerdos fragmentados y coordenadas que se reconstruyen entre varias voces. A veces la guía la memoria propia; otras, la de antiguos compañeros o la de familias que, por primera vez, se atreven a preguntar por sus seres queridos o a contar lo que saben. 

Cuando era niña, Gloria soñaba con estudiar. Sin embargo, sabía que no era un camino fácil. Nació en el campo, en una vereda alejada y en medio de la pobreza. La posibilidad de cumplir ese sueño parecía lejana y, mientras pensaba qué hacer a sus 16 años, se cruzó con integrantes de la guerrilla. Según relata, ellos daban una charla en la que explicaban lo que implicaba sumarse a sus filas. Por una parte, aclaraban que la vida en el monte era difícil; por otra, hablaban de su convicción política de luchar por el pueblo y por la igualdad social. “Entonces uno decía, bueno, yo también quiero aportar para que este país cambie”, señala. Así fue como terminó en las Farc-EP. 

Le puede interesar: Secuestro al alza en Colombia: un flagelo que se niega a desaparecer

Durante el tiempo que estuvo en armas, quedó embarazada de un compañero que murió cuando ella tenía cinco meses de gestación. Fue un episodio que la marcó, no solo porque ahora debía hacerse cargo sola de su hija, sino porque había perdido a un amor. “A mí me dio muy duro la muerte del muchacho y en esas condiciones yo a veces ni comía. Yo era llorando, yo no hacía sino llorar”, cuenta. Pero debía seguir adelante y así lo hizo. Terminó su embarazo, dejó a su hija al cuidado de sus abuelos para que creciera con ellos y volvió al monte. Hoy su núcleo familiar está compuesto por ella, un nieto de 6 años y su esposo. 

Gloria salió de las filas de la antigua guerrilla con la firma del Acuerdo de Paz en 2016. Dos años después comenzó a trabajar en la búsqueda de personas dadas por desaparecidas con la Corporación Humanitaria Reencuentros. Lo que empezó como una invitación de una firmante de paz —Yaritza Paniagua— en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de Dabeiba, terminó convirtiéndose en una labor que hoy coordina en Antioquia, Eje Cafetero y Chocó. 

Cuando habla de las razones que la llevaron a firmar el Acuerdo, Gloria dice que comenzó a cuestionarse el sentido de la guerra. Pensaba que, al final, quienes se enfrentaban compartían historias similares: “Los soldados eran hijos de campesinos, los guerrilleros también”. Esa reflexión la llevó a sentir que el conflicto se había convertido en una forma de seguir matándonos entre nosotros mismos”, mientras los verdaderos responsables de lo que ocurría seguían lejos del combate. Por eso, asegura que muchos vieron en el Acuerdo una posibilidad de frenar el derramamiento de sangre y evitar que más personas continuaran muriendo en una guerra entre iguales. 

Lo invitamos a leer: Cocinar para invocarlos: ellas les preparan sus platos favoritos a los desaparecidos

Aunque Gloria reconoce que hubo víctimas y daños que no pueden desconocerse, y que muchas personas merecen verdad y justicia por lo ocurrido durante el conflicto, aclara que la vida en armas implicaba una relación cotidiana con las comunidades campesinas de los territorios donde estuvieron durante años. Esa cercanía, asegura, terminó influyendo en la confianza que muchas personas depositaron después en quienes firmaron la paz y empezaron a trabajar en la búsqueda de desaparecidos. “El trabajo más que todo de nosotros es documentar, entrevistar las familias… Como firmantes mucha gente nos tiene confianza porque nos conocían cuando estábamos en armas, entonces usted sabe que le pueden tener más confianza a uno porque ya lo conocen”, explica. 

Hoy la Corporación Humanitaria Reencuentros está integrada por 103 personas: el 90 % son firmantes acreditados del Acuerdo de Paz, el 8 % son excombatientes en proceso de acreditación y el 2 % restante está conformado por personas que no participaron directamente en el conflicto armado, pero hacen parte del movimiento social o son familiares de excombatientes. Además, es una organización liderada mayoritariamente por mujeres: cinco de las seis coordinaciones territoriales están en sus manos, al igual que las coordinaciones de proyectos y comunicaciones. 

victimas desaparicion 1 - colprensa.png
Colprensa.

El inicio de la búsqueda 

Lo que hoy es la Corporación Humanitaria Reencuentros comenzó como una comisión de búsqueda creada en el marco de las negociaciones en La Habana. Con el Comunicado Conjunto 062 de 2015, la entonces guerrilla de las Farc-EP y el Gobierno se comprometieron a entregar información que permitiera dar con el paradero de personas desaparecidas. 
A partir de ese momento, los integrantes del grupo armado comenzaron a documentar casos, ubicar coordenadas y reconstruir rutas con la información que tenían desde su paso por los territorios. Este proceso se sumó a las búsquedas que durante años han liderado familias y organizaciones sociales, pero introdujo un elemento particular: la sistematización de información desde quienes habían participado directamente en el conflicto. 

Lo anterior se dio “como parte de los ejercicios de construcción de confianza, pero, sobre todo, de una responsabilidad y corresponsabilidad con las organizaciones de víctimas y derechos humanos”, señala Jhon León, firmante de paz y director de la Corporación Humanitaria Reencuentros. De acuerdo con su relato, inicialmente las Farc-EP tomaron la decisión de crear un equipo que se encargara de sacar adelante este proceso especial humanitario, mientras terminaban de ponerse en marcha las entidades creadas por el Acuerdo, entre ellas la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD). 

Le puede interesar: Federico Atehortúa, director de ‘Forenses’: “A los desaparecidos hay que construirlos

En esa etapa inicial, el último secretariado de las Farc-EP delegó en uno de sus integrantes —Jaime Alberto Parra— el liderazgo y seguimiento de las tareas relacionadas con la búsqueda. A partir de ahí, cada bloque envió responsables regionales para conformar una coordinación nacional y, posteriormente, se empezaron a integrar personas de manera voluntaria. Jhon aclara que quienes ingresaban al proceso debían cumplir algunos criterios mínimos, como capacidades de lectoescritura, comprensión e interés en las labores de búsqueda y documentación. 

Ese primer grupo de buscadores recibió formación del Instituto Colombiano de Medicina Legal y el Comité Internacional de la Cruz Roja, lo que permitió comprender los procedimientos de búsqueda, la diferencia entre enfoques judiciales y humanitarios, el trabajo interinstitucional, la documentación de casos, el uso de sistemas de información y la toma de muestras genéticas, entre otros aspectos. 

El proceso de formación y sistematización terminó convirtiéndose en la base de Reencuentros. También abrió la puerta para que, antes de que comenzara a funcionar la UBPD, los firmantes realizaran acciones de prospección —es decir, labores de exploración e identificación de sitios donde podría haber personas desaparecidas— junto al Comité Internacional de la Cruz Roja. Según León, ese trabajo permitió recuperar más de 120 cuerpos. La mayoría ya fueron entregados a sus familias. 

Aunque los firmantes de paz llevan diez años dedicados a estas acciones, Reencuentros se constituyó formalmente en 2018 y Jaime Alberto Parra continúa como coordinador nacional. 

La búsqueda en los territorios 

Para reconstruir las historias de los desaparecidos, se realizan encuentros con personas que hicieron parte de los frentes, incluidos mandos y combatientes que, por su recorrido en los territorios, pueden aportar datos. En esos espacios, la memoria se va armando de manera colectiva: una línea de tiempo que no siempre está completa en una sola voz. Las piezas se van encajando entre relatos que corrigen o complementan lo que el otro dice. 

victimas desaparicion 2 - colprensa.png
Colprensa.

Buscar implica moverse en zonas donde cada desplazamiento se decide sobre la marcha, según lo que permitan las condiciones de seguridad y el acceso a los sitios. Gloria describe cómo esos recorridos están atravesados por la presencia de distintos grupos armados en varias regiones del país, una realidad que, dice, se vuelve parte del cálculo cotidiano en terreno: “Como dice el dicho, uno no va donde quiera, sino donde puede, porque con ellos hay que interactuar. Si ellos dan el permiso, si no lo dan. Y corre también uno un riesgo”, enfatiza. 

A eso se suma la estigmatización que todavía pesa sobre muchas personas firmantes de paz y que las expone a distintos riesgos. Jhon recalca que el proceso de paz ha estado marcado por la falta de garantías suficientes en materia de seguridad física y jurídica, en un contexto en el que cerca de 500 firmantes han sido asesinados desde la firma del Acuerdo. Entre ellos había 23 integrantes de Reencuentros que realizaban labores de búsqueda y reincorporación. 
Jhon apunta, además, que los ETCR terminaron afectados por amenazas y disputas armadas que provocaron nuevos desplazamientos. “Varios de ellos han sido desalojados en su totalidad ante las amenazas de otros tipos de actores armados”, afirma, al describir una situación que, dice, ha dificultado que muchas personas puedan sostener sus proyectos productivos y reconstruir sus vidas en condiciones estables. Para él, esto refleja una deuda del Estado con la reincorporación integral de quienes apostaron por la paz. 

Le recomendamos leer: La búsqueda continúa: 34 cuerpos de personas dadas por desaparecidas han sido recuperados en el Cementerio Católico de Saravena

Aunque reconoce algunos avances institucionales, insiste en que el proceso ha estado marcado por altibajos y por una articulación insuficiente entre entidades. En el caso de la búsqueda humanitaria, considera que durante años fue difícil lograr que las distintas instituciones comprendieran tanto la lógica del Acuerdo de Paz como el papel específico de las entidades creadas a partir de este. Según explica, esa falta de coordinación terminó generando tensiones y fragmentaciones en tareas que requieren colaboración constante para poder avanzar en la búsqueda e identificación de las personas desaparecidas. 

Por su parte, Gloria insiste en que quienes firmaron la paz están intentando reconstruir sus vidas y contribuir a los territorios desde otros lugares. “Nosotros lo que queremos es colaborar en lo que más podamos”, afirma. También pide que las personas se acerquen, pregunten y conozcan el trabajo que realizan antes de seguir señalándolos. Para Gloria, la búsqueda de desaparecidos es parte de ese compromiso adquirido tras la firma del Acuerdo. Por eso asegura que decidieron apostarle a ese trabajo como una manera de aportar “un granito de arena a todo este proceso”. Además de las labores de búsqueda, precisa que muchas personas firmantes impulsan proyectos productivos y otras iniciativas comunitarias porque en verdad quieren integrarse a la sociedad. 

En contraste, los límites institucionales siguen generando obstáculos en las intenciones de reparar. Jhon cuenta que el Acuerdo no contempló financiación ni condiciones mínimas para la participación de los firmantes en las tareas de búsqueda, lo que ha llevado a que el sostenimiento del proceso dependa en gran medida de la cooperación internacional. Aun así, las búsquedas continúan entre viajes a territorios de difícil acceso, encuentros con familias y recorridos que muchas veces dependen de recursos limitados. Un trabajo sostenido por personas que, después de dejar las armas, hoy dedican su tiempo a ubicar posibles lugares de interés y brindar información para intentar encontrar a quienes siguen desaparecidos. 

Por otra parte, desde la institucionalidad, Marcela Rodríguez Guzmán, investigadora humanitaria de la UBPD, describe desafíos similares en la búsqueda humanitaria, tanto en materia de seguridad —debido a que un gran número de fosas clandestinas están ubicadas en zonas de alta conflictividad— como en la disponibilidad de recursos. Es tajante: “Buscar es muy costoso [...] Las pruebas genéticas son costosas, los laboratorios son costosos, la logística que se requiere para llegar a los lugares es súper compleja”, destaca, mientras evoca zonas como el Pacífico nariñense y el Pacífico medio, donde incluso el acceso fluvial supone costos y condiciones que moldean el ritmo de las búsquedas. 

Adicional a lo anterior, la identificación requiere una red más amplia de capacidades institucionales: infraestructura local, personal forense y articulación entre entidades que no siempre operan al mismo ritmo. “Esto requiere que las alcaldías tengan osarios, requiere que medicina legal tenga laboratorios, requiere un montón de antropólogos, médicos, odontólogos disponibles para hacer identificaciones”, explica Marcela, al describir un trabajo que avanza entre coordinaciones múltiples y esfuerzos que se van ensamblando en el camino.

Pese a estos obstáculos, la Corporación Humanitaria Reencuentros ha documentado más de 1.300 casos de personas dadas por desaparecidas. La mayoría corresponde a excombatientes, pero también hay registros de civiles y de integrantes de la fuerza pública. La búsqueda se extiende hoy por seis regiones del país —Sur, Norte y Magdalena Medio, Oriente, Centro, Occidente y Noroccidente— siguiendo, en buena medida, la misma geografía en la que estuvieron las antiguas Farc-EP. 

En su trayectoria, según datos de la corporación, han sido identificados 225 lugares de interés forense como posibles sitios de inhumación: 82 cementerios y 117 fosas a campo abierto. Además, han participado en hallazgos de personas con vida, el más reciente en Pasto, Nariño; y en otros casos, la búsqueda ha terminado con las entregas dignas, en las que los cuerpos son devueltos a sus familias en rituales definidos por ellas mismas. 

Reencuentros ha acompañado más de 40 entregas dignas, la última en Boyacá, y aunque muchos de los casos corresponden a quienes hicieron parte de la guerra, han acompañado incluso entregas de personas civiles, en escenarios donde las propias familias han solicitado su presencia. 

Una apuesta por la reconciliación 

Sirley Méndez recuerda sus inicios en la búsqueda. Ella también quería encontrar a un ser querido desaparecido. En ese momento no se había firmado el Acuerdo y hacía parte de la entonces insurgencia como combatiente en tránsito hacia la paz. Desde allí integró la comisión de búsqueda en sus primeros años y hoy es la coordinadora de Reencuentros en la Región Sur. 

Tanto ella como Gloria coinciden en que la relación con las familias buscadoras se ha construido desde el reconocimiento mutuo. “El tema del dolor, de los duelos, de las ausencias, eso nos une a todos los que hemos perdido a un ser querido, sea en el contexto que haya sido del conflicto”, apunta Sirley, precisando que la búsqueda no se limita a la familia biológica, sino que se extiende a esas otras familias tejidas en medio de la vida en armas, una familia social que para quienes integraron las extintas Farc-EP hace parte de sus propias búsquedas. 

Reencuentros y la UBPD parten de la premisa de que integrar un grupo armado no suspende la condición humana ni el derecho de las familias a saber lo que pasó. En esa línea, Marcela advierte que “una persona sigue siendo persona, la siguen buscando, incluso si fue perpetrador en el mundo penal”. Detrás de los excombatientes también hubo familias que esperaban su regreso con la firma del Acuerdo de Paz, pero que terminaron sumándose a quienes hoy esperan saber qué ocurrió con su ser querido desaparecido. 

Marcela comenta que la labor humanitaria de la UBPD ha estado marcada por la participación de los firmantes de paz en los distintos momentos del proceso: “Yo diría que en buena medida todo el trabajo que nosotros hacemos depende de la voluntad que han puesto los firmantes”. Esa disposición se expresa, además, en el flujo constante de información que llega a la entidad. “Todos los días nosotros recibimos a personas firmantes aquí que dan entrevistas y brindan información, no con otro interés sino con el de avanzar en la búsqueda humanitaria”, enfatiza, destacando una dinámica que ha permitido sostener el trabajo en terreno y ampliar las posibilidades de esclarecimiento sobre lo ocurrido con las personas desaparecidas. 

Así mismo, en medio de las entrevistas y los recorridos por los territorios, aparece otra dimensión que atraviesa el trabajo de los firmantes: la forma en que entienden su lugar frente a lo ocurrido durante el conflicto. En sus propias voces aparece un relato sobre el que poco se habla y es el de la voluntad para asumir una responsabilidad que también pasa por los escenarios de justicia que se abrieron con el Acuerdo de Paz. 

En Reencuentros asumieron anticipadamente las medidas de reparación con la búsqueda de desaparecidos; sin embargo, su responsabilidad se proyecta incluso hacia lo que esperan de la justicia transicional. “Para nosotros es muy preocupante que a la fecha de hoy ningún firmante del Acuerdo de Paz, por ejemplo, tenga su situación jurídica resuelta”, señala Jhon, al referirse a un proceso que, en su lectura, continúa acumulando retrasos mientras el trabajo en terreno avanza por otra vía. 

En paralelo, la búsqueda misma se abre paso en un escenario donde su carácter humanitario aún busca mayor reconocimiento social e institucional. Sirley lo plantea desde la experiencia cotidiana de quienes están en campo: “Se desconoce esa labor humanitaria, entonces ahí es donde uno dice que falta pedagogía, que falta hacer más sensibilización o más incidencia desde lo institucional para que no seamos solamente las mujeres o los padres buscadores, sino que seamos un trabajo en conjunto y de todas y todos”. 

Desde el otro lado de esa relación —en la entidad donde se cruzan los relatos y se tramitan las búsquedas—, Marcela ha sido testigo de todo el proceso. En su trabajo como investigadora humanitaria de la UBPD, ve firmantes de paz que vuelven sobre lo vivido para aportar a la búsqueda. En ese gesto repetido, dice, ve un reconocimiento de la importancia del valor humano: “Yo no había visto que un combatiente luego de firmar un acuerdo de paz dijera ‘yo tengo un compromiso ético y moral por ir a buscar una persona que falleció en medio de las hostilidades’. Yo creo que eso representa un avance, incluso para la humanidad”. 

Diez años después de haber comenzado, la búsqueda sigue marcando la manera en que muchos firmantes habitan el después del conflicto armado. En Reencuentros, la reincorporación toma forma en el trabajo cotidiano de documentar, reconstruir trayectorias y acompañar a quienes buscan. Ellos mismos buscan. Y en esa persistencia, sostenida en el tiempo, se ha ido consolidando una labor que aporta a esclarecer lo ocurrido con miles de personas desaparecidas y que, al mismo tiempo, se convierte en una forma concreta de construir paz.
 

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Temas en este artículo

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales