
Lo que dejó la Bienal Internacional de Arte y Ciudad en Bogotá
El domingo 9 termina la Bienal de Bogotá. Juan Ricardo Rincón y Diego Garzón, codirectores del evento, hacen un balance de estos meses.
Por: Eduardo Arias
Creadores de la Feria del Millón, una de las propuestas más innovadoras del arte en Colombia, a Diego Garzón y Juan Ricardo Rincón se les encomendó dirigir la Bienal Internacional de Arte y Ciudad, BOG25, que termina hoy domingo. Hablaron con CAMBIO de los retos que enfrentaron.
CAMBIO: ¿Cómo fue el salto de la Feria del Millón a la Bienal?
Juan Ricardo Rincón: El salto de realizar una feria comercial de arte a plantear una bienal es considerable. Sin embargo, la Feria del Millón ha sido, ante todo, un proyecto urbanístico. A menudo nos dejamos llevar por su nombre, por su estructura basada en obras a precios accesibles y artistas emergentes, y eso es lo que suele quedar en la narrativa de la gente. Pero, en esencia, la feria es un ejercicio de transformación del espacio urbano. Durante estos trece, casi catorce años, hemos estado en antiguas fábricas textileras, tabacaleras, el Hospital San Juan de Dios, la Plaza de Toros, el antiguo edificio de La Oxy, e incluso en una fábrica de plásticos en México. Son lugares que, en principio, no parecen adecuados para el arte, pero que a través de la feria hemos adaptado y resignificado. Así, las personas no solo se acercan al arte, sino que también descubren su arquitectura y recorren distintos puntos de la ciudad. En ese sentido, la bienal recoge mucho de esa visión que ha guiado a la feria todos estos años. Por eso se llama Bienal Internacional de Arte y Ciudad. Las bienales suelen desarrollarse en grandes recintos donde se agrupan numerosas obras, y eso tiene sentido; sin embargo, para nosotros lo fundamental ha sido siempre explorar y comprender la ciudad. De ahí que el apellido “de la ciudad” sea definitivo: esta es una Bienal concebida para interactuar con la arquitectura y con los distintos momentos urbanos, invitando al público a desplazarse y, en consecuencia, a reconocer la ciudad en la que vive.
Diego Garzón: Todo nació de una feliz coincidencia. El año pasado buscamos a Santiago Trujillo, secretario de Cultura, para proponerle una bienal; y él tenía ya en mente una bienal también. Eran dos visiones diferentes de lo que podría ser el evento y ese fue el punto de partida de un trabajo muy fluido con un equipo muy bueno. Para nosotros ya era pensar no en un espacio comercial, de venta de arte, sino netamente expositivo y que tuviera obras en espacio público y artistas de gran reconocimiento nacional e internacional. Todo esto derivó en la necesidad de conformar un comité curatorial, un equipo de mediación, producción, museografía. Fueron muchas cosas a la vez y un aprendizaje muy grande.

CAMBIO: ¿Cuál fue la labor que desempeñaron ustedes dentro del proyecto?
D. G.: Como codirectores hemos tenido que afrontar varios frentes: desde la articulación con el comité curatorial conformado por María Wills, Jose Roca, Elkin Rubiano, Jaime Cerón, hasta la coordinación logística de producción. Un evento como este tiene muchos frentes y afortunadamente había un gran equipo que lideró todas las necesidades. El liderazgo del secretario de cultura, Santiago Trujillo, en todo el proceso, fue fundamental pues siempre buscó soluciones a los inconvenientes. En lo personal, fue una experiencia de aprendizaje muy grande, pues si bien la feria es un evento muy masivo, aquí estábamos al frente de una iniciativa en varios espacios de la ciudad y no sólo por cuatro días sino por siete semanas.
J. R. R.: En el caso de las obras, nuestro rol ha sido el de dirección artística. La bienal es un proyecto de la Secretaría de Cultura, que ya venía contemplando la posibilidad de crear un evento de esta naturaleza, mientras que nosotros inicialmente pensábamos en un gran festival de arte y arquitectura. Sin embargo, durante las conversaciones con la secretaría, que por su parte estaba interesada en una Bienal de Arte Urbano y Graffiti, encontramos una muy buena sinergia con el secretario de Cultura, Santiago Trujillo, y de ahí surgió la idea de unir ambas visiones en una Bienal de Arte y Ciudad. A partir de esa convergencia, los roles se han distribuido de manera bastante orgánica. Desde la curaduría, hacemos parte del Comité Curatorial y estamos a cargo de proyectos específicos de artistas como María Fernanda Cardoso, Leandro Erlich, José Carlos Martínat, Rejane Cantoni, Mateo López, Juanita Carrasco y Jorge Méndez Blake. En cuanto a la gestión, nuestra labor ha implicado no solo pensar los espacios, sino gestionarlos y adaptarlos, lo cual es un proceso complejo. En ese aspecto, hemos contado con un gran apoyo de la Secretaría de Cultura, que ha impulsado la posibilidad de realizar intervenciones en el espacio público, algo que siempre conlleva un alto nivel de dificultad. Hubo una muy buena articulación entre los equipos, lo que permitió que el proyecto fluyera.
Desde la dirección artística, nuestra tarea ha sido plantear una Bienal que realmente dialogue con la ciudad. Este enfoque se consolidó en conversaciones con José Roca, alrededor del eje curatorial de los “ensayos sobre la flexibilidad”, que orienta toda la propuesta. Y finalmente, en la producción, hemos aportado desde nuestra experiencia autogestionando un proyecto que, si bien no tiene la escala masiva de la bienal, sí comparte esa lógica de construir desde la experimentación. A lo largo de los años hemos aprendido, a veces a través de errores, cómo se construyen los proyectos, cómo deben articularse los equipos y qué significa materialmente producir arte a esta escala. Creemos que ese aprendizaje ha sido un ancla fundamental en la relación con el equipo de producción y con la Secretaría de Cultura, que ha mostrado una enorme voluntad para hacer posible este proyecto.

CAMBIO: ¿Cuáles son los ejes principales de la Bienal?
D. G.: El planteamiento de la bienal fue Ensayos sobre la felicidad, y de ahí se desprendieron varios temas como el goce, la infancia, el optimismo tóxico… Las obras cuestionaron el concepto de felicidad, que es un término que tácitamente impone la sociedad. Desde el afán de mostrarnos siempre felices en redes hasta comprar casa propia como un fin último de la vida. Desde el auge de textos sobre autoayuda hasta el boom de conferencistas que dicen tener la fórmula para encontrar esa felicidad. El arte aquí proponía miradas irónicas a todo esto, no era solo una celebración, era una reflexión sobre qué significa un concepto tan complejo.
J. R. R: El eje principal de la Bienal es articular la ciudad. Desde esa premisa surge la idea de hacerlo a través del reconocimiento histórico del actual Eje Ambiental, que originalmente fue el río Vicachá, más tarde el río San Francisco durante su canalización, luego la Avenida Jiménez en el período de la modernidad, y desde los años noventa, el Eje Ambiental que conocemos hoy. Este eje es fundamental dentro de la narrativa de la Bienal, y seguramente lo seguirá siendo en el futuro, porque funciona como una pedagogía histórica para los bogotanos: permite entender que este río fue fundacional para la ciudad, pero también que es una columna vertebral donde se superponen distintas capas históricas, visibles a través de su arquitectura. Al recorrer el Eje Ambiental, pueden observarse ejemplos que abarcan desde estructuras prehispánicas, neoclásicas, modernas, brutalistas y postmodernas, hasta obras contemporáneas. Es un recorrido que fluye con la naturalidad del río, y que muchas veces atravesamos sin notarlo, pero que contiene una lectura profunda sobre la ciudad y su historia.
El segundo eje conceptual son los Ensayos sobre la felicidad, que se pregunta precisamente qué significa ser feliz, cómo se alcanza la felicidad y qué papel cumple el arte en esa búsqueda. Dentro de este marco, la curaduría aborda temas como el optimismo tóxico, la promesa y las formas contemporáneas de bienestar. Algunas obras que integran la bienal dialogan naturalmente con estas ideas, mientras que otras han sido comisionadas especialmente para explorarlas desde distintas perspectivas.
CAMBIO: Desde su experiencia con la Feria del Millón, ¿qué retos plantea utilizar espacios no convencionales para montar muestras artísticas?
J. R. R.: Los retos siempre están presentes, y son una constante. Sin embargo, las respuestas nunca son las mismas. Cada espacio plantea un desafío distinto: a veces por temas de presupuesto, otras por permisos o tiempos de ejecución, y en muchos casos por la relación entre la obra y el lugar. Hay artistas que llegan con una idea muy clara sobre el espacio y cómo intervenirlo, mientras que otros necesitan descubrirlo, entenderlo y adaptarse a él. En ambos casos, la gestión se convierte en un proceso de negociación y de aprendizaje continuo. Trabajar en espacios no convencionales implica aceptar esa incertidumbre y entender que cada proyecto tiene su propio ritmo y sus propias limitaciones. Pero también ahí reside su riqueza: en la posibilidad de transformar lo improbable en experiencia artística, de volver visible un lugar que, de otro modo, pasaría desapercibido.
D. G: Los retos los impone la dinámica misma de la feria. No contamos con una sede física fija, como lo puede tener Artbo; y eso nos lleva a pensar cada año en dónde podemos hacer el evento siempre brindando una experiencia interesante a los visitantes, pero que también sea un espacio viable para exponer la obra de los artistas. Cada año comenzamos con la pregunta: “¿Y ahora dónde la hacemos?”. Esto nos ha llevado a buscar sitios que no siempre parecen aptos para una exposición y a plantearnos el reto de transformarlo. Ha sido muy interesante ese proceso y siento que el público se acostumbró a eso, a dejarse sorprender por la feria y descubrir, de paso, espacios novedosos.

CAMBIO: Como curadores y creadores de una feria alternativa como la del Millón, ¿qué significado le ven ustedes a la bienal para el arte de la ciudad y para la ciudad en general?
J. R. R.: Como creadores de la Feria del Millón, estamos muy convencidos del poder de crear eventos e instituciones que con el tiempo se convierten en parte de las obligaciones culturales de la ciudad. Más allá de nuestro propio proyecto, ejemplos como Rock al Parque o ArtBo muestran cómo ciertas iniciativas logran trascender y convertirse en necesidades, patrimonios colectivos. En ese sentido, la ciudad es un gran contenedor: nosotros simplemente asumimos la responsabilidad de activarlo. Cuando las cosas se hacen con seriedad, esfuerzo y visión, tienden a permanecer. Incluso frente a las dificultades económicas, los proyectos que logran consolidarse en la memoria y en el afecto de la gente terminan siendo patrimonio y exigencia ciudadana. La Bienal, desde esa perspectiva, busca precisamente eso: establecer un nuevo punto de encuentro entre el arte, la ciudad y sus habitantes, algo que la ciudad sienta como propio, necesario y continuo en el tiempo.
D. G: Antes de la bienal, sabíamos que era una necesidad para la ciudad. Y ahora que está terminando no solo lo ratificamos, sino que también nos sorprendimos gratamente porque la afluencia del público fue muchísimo más grande de lo esperado. Solamente en el Palacio San Francisco, la sede central, ingresaron entre 4 mil y 7 mil personas diarias por siete semanas. Sin contar con miles de personas que se topaban con arte en el espacio público como en Lourdes, el Parque Nacional, el Eje Ambiental o el Parque de los novios, entre otros. Esperamos que la bienal siga; el secretario ha manifestado que así será y ojalá en la siguiente alcaldía se mantenga la iniciativa porque quedó demostrado que toda la ciudadanía se la gozó literalmente.
CAMBIO: ¿Cómo fue el balance? ¿Cómo respondió el público?
D. G.: Como lo mencioné anteriormente, en asistencia de público el balance superó las expectativas. Las sedes siempre estuvieron llenas y sacar el arte a las calles fue fundamental. Internamente sabemos que hay muchas cosas por corregir, en producción, logística, curaduría, pero es normal. Es la primera y siempre hay aspectos que pueden ser mejores. Pero creo que el balance es muy positivo. Hay un aspecto que siento que falta, aunque desde que me acuerdo ha sido una falencia del sector, y es una labor más crítica sobre las obras como tal. Era la oportunidad para ver mas videos, textos, podcast para hablar sobre artistas.
J. R. R.: Es una pregunta difícil, ¿no? Por un lado, está el balance de la crítica, que es importante, porque en un proyecto tan grande inevitablemente hay cosas que salen mal. Sin embargo, existe también un balance interno, el que se da entre los artistas que han venido, como John Gerrard, Leandro Erlich, Alfredo Jaar, Jimena Garrido-Lecca, entre otros. Ese es un tipo de balance que no siempre se ve, pero que es muy significativo. Más allá de eso, está el balance del público, que es fundamental. Operativa, conceptual, técnica e intelectualmente, siempre habrá vacíos en la primera edición de un evento de esta magnitud. Es natural. Pero lo que realmente interesa es ver cómo el público se conecta con la ciudad a través del arte. Yo tengo una manera muy particular de medirlo que quizás viene de la experiencia con la Feria del Millón y es la escala de la observación directa. Voy constantemente a la Bienal, cada dos días para ver cómo la gente se relaciona con las obras, más allá de lo que se ve en redes o en Instagram. Esa observación cotidiana me permite entender si la Bienal realmente está cumpliendo su propósito.
Desde esa mirada, mi balance es muy positivo. Me emociona ver que la gente reconoce los edificios, que habla con propiedad del Palacio San Francisco, del edificio del ICFES, o que descubre el Archivo Distrital, una obra magnífica de Juan Pablo Ortiz. También que se acerquen al Teatro al Parque, un edificio de 1930, y que a partir de la Bienal lo visiten, lo investiguen y lo comprendan. Ese es el balance que más me importa: el del reencuentro del ciudadano con su ciudad a través del arte. Luego están los otros balances —el de los medios, las cifras, los visitantes— que, por supuesto, son apabullantes. Pero la escala de los balances siempre es particular, y para mí, la más valiosa es esa conexión viva entre el arte, el espacio y las personas.

CAMBIO: ¿Cómo ha reaccionado la crítica y los artistas con respecto a la muestra artística y al evento?
J. R. R.: En términos de producción, ha sido una experiencia muy particular. En la Feria del Millón nunca hemos estado cerca del nivel de producción y profesionalismo que implica una Bienal, pero esa experiencia previa ha sido clave. A lo largo de los años hemos aprendido cómo funcionan los procesos, cómo se construyen las cosas y, sobre todo, cuánto cuestan. Ese conocimiento práctico —esa comprensión de la relación entre presupuesto y gravedad— ha sido definitivo para el desarrollo de la Bienal. Aunque la escala es completamente distinta, esa base de experiencia nos ha permitido entender los tiempos, las dificultades y la importancia de articular los distintos equipos. Creo que eso ha sido algo que los artistas y la crítica también han percibido: un proyecto ambicioso, pero construido desde la experiencia real de producir arte en contextos complejos.
D.G: Creo que faltó más crítica. La crítica en el sentido de generar reflexiones sobre el arte expuesto. Pero siento que la bienal sí dejó muchas puertas abiertas para mostrar el alcance del arte: desde una pregunta aparentemente elemental como: “¿Es usted feliz?” en vallas en las calles; hasta una “casa en el aire” en Lourdes; por citar solo dos ejemplos. El público pudo ver que no todo pasa dentro de un museo o una galería. Y que más allá de un tema netamente estético, el arte está para hablar de nuestro tiempo y hacernos preguntas.
CAMBIO: Termina la Bienal y aprovecho que el 20 de noviembre comienza la feria del Millón para preguntarles: ¿ qué novedades hay este año?
D.G: La sede será el CEFE, Centro de Felicidad de Chapinero, una locación que funcionó muy bien el año pasado. Es un jardín vertical y es una gran experiencia recorrerlo mientras el público encuentra arte en los diferentes pisos. Este año tenemos el Salón Colombia Itaú, con obras de artistas de los 32 departamentos del país, visibilizando creadores que nunca han tenido la oportunidad de ir a una exposición, una feria, una galería o un museo. Tenemos Voltaje, el Salón de Arte y Tecnología; el espacio 1k Art Show, donde hay obras alrededor de mil dólares; y como siempre música, gastronomía y obras de más de 100 artistas. La feria va del 20 al 23 de noviembre.
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