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James Rodríguez y el Indio Solari
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Del Indio Solari a James Rodríguez: ¿cuándo surgirá el siguiente mito en Colombia?

James Rodríguez y el Indio Solari

El periodista Óscar Ramírez se sorbió el trago amargo de la polémica de James con la hija del presidente Petro y, más allá del incidente, contrastando a nuestro último 10 con la figura del Indio Solari, eternizado en su despedida en Argentina, se pregunta cuándo tendremos acá al próximo mito.

Por: Óscar Esteban Ramírez

Desde el sur llegan las imágenes de miles de cuerpos que son una masa en la Plaza de Mayo. Llegaron al frente de la casa del gobierno de Javier Milei para despedirse, abrigados con el calor colectivo, de Carlos Alberto el Indio Solari, que acaba de morir. 

Hay voces adentro de la masa: “Cuando haga un asado en casa el Indio siempre va a estar”, “Desaparece terrenalmente porque va a vivir en todos nosotros”, “Es un sentimiento a nivel nacional”, “Soy una señora de 75 años y estoy acá porque me emociona su compromiso social. Encontrarnos en la plaza, abrazarnos, también el Indio Solari generó estas cosas”.

El Indio fue un hombre cuyo cuerpo se desbordó para ser, además de hombre, algo más que un hombre, capaz de abarcar y contener a miles que ahora le permiten sobrevivir a la muerte de su propio cuerpo. Como él, en Argentina, hubo –y hay– más de uno. Está el nombre, que en realidad es apellido, de otro hombre que jugaba fútbol, murió, pero parece como si aún flotara, hoy, por encima del plano terrenal y ordinario: Maradona. 

Argentina es el país del hombre-mito. Y Colombia, que está al norte del sur, con el tiempo se parece más a un país antimito. 

Hay excepciones como Jorge Eliécer Gaitán, Gabriel García Márquez –quizás el más cercano a mito popular–, y Jaime Garzón, que se han convertido en figuras trascendentales de la cultura popular. Pero desde que murió el último de ellos, acá la mayoría de hombres se empecinan en ser infinitamente hombres. Todos y todas, fundidos en las pasiones del individuo y el individualismo, son incapaces de elevarse a más de cinco pasos del suelo. Nadie llega a ser más que su propio nombre. Los colombianos somos terrenales, tercos y tartamudos.

Cada tanto ocurre, sin embargo, que entre el azar aparece un nombre –James, por ejemplo– que asoma la cara y se empina por encima del resto. Alguno más talentoso, con algo más de gracia, al que la vida se le convierte en un relato de ascensión a una cima –la deportiva, por ejemplo– que se multiplica hasta que su nombre y su rostro se reconocen dentro de la mayoría de otros nombres, tan iguales a él y, al mismo tiempo, tan distintos. 

La fuerza de ese relato contiene la energía con la que un hombre podría convertirse en ícono. Abandonar el nombre propio para que pertenezca a todos los otros. Pero entonces, ante la oportunidad de lo que más que una aspiración, parece una condena, James Rodríguez elige ser tan solo él. Ser solo el que juega fútbol, solo el que hace lo que quiere hacer. Y entonces las gafas oscuras, la mirada esquiva, el dedo índice vertical entre la boca y la nariz: shhhhh altivo a los mismos hinchas que alguna vez insultó en el estadio Metropolitano de Barranquilla. “Déjenme ser solo yo”. 

No es su culpa. Tampoco la de ninguno de los otros nombres de hombres y mujeres, cuyos rostros son plataformas que movilizan multitudes y que en los sucesos históricos más recientes del país –el plebiscito, el estallido social o las elecciones que puede ganar un italoamericano, con ínfulas neofascistas, disfrazado de gran padre patriota colombiano–, también han elegido el silencio cómodo de sí mismos. No es su culpa porque es imposible imaginar que, incluso si tomaran alguna posición, el escenario de insultos y aplausos, vitores y abucheos –todo al mismo tiempo– hubiera sido diferente a como pasó con la foto que le pidió la hija del presidente a James Rodríguez. La grieta que existe solamente se hace más grande.  

No es cuestión de tomar posición –aunque sin duda tomar posición hace parte de ello–, pues los mitos que convierten a los hombres en más que nombres no se construyen: surgen. Y en Colombia, el sector popular sigue resignado a la imposibilidad de los mitos, condenado a contentarse con las figuritas de papel que se pegan en álbumes y se desmoronan en polvo con el tiempo. Se trata, acaso, de las consecuencias voraces de un modelo social regido por las leyes del mercado, en el que es imposible pensar la posibilidad de seres humanos que trasciendan su condición de individuos para que surja el espíritu de mitos colectivos.
 

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