
Harald V: Ha muerto el rey que acercó la Corona a los noruegos
Harald V reinó durante más de 35 años y acompañó a Noruega en algunos de sus momentos más difíciles. Cercano, incluyente y apasionado por el mar, deja una monarquía que enfrenta el desafío de renovarse bajo una nueva generación.
Noruega despide a uno de sus monarcas más queridos: el rey Harald V (1937-2026), quien falleció este 28 de agosto a los 89 años, después de más de treinta y cinco años en el trono.
Para quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, su partida no es solamente una noticia triste, sino la pérdida de una presencia familiar, de un amigo de la nación, de un hombre cuya sonrisa franca y cuyo buen humor escondían una voluntad firme y un profundo sentido del deber.
Destino marcado por la guerra y el exilio
Harald nació el 21 de febrero de 1937. Su llegada al mundo fue ya un acontecimiento histórico: era el primer príncipe heredero nacido en suelo noruego en casi seis siglos, símbolo viviente de la independencia recuperada por el país.
Pero aquella infancia serena duró poco. Cuando tenía apenas tres años, la invasión nazi obligó a la familia real a huir. Harald partió con su madre, la princesa Märtha, y sus hermanas, primero hacia Suecia y después hacia Estados Unidos. Allí fueron acogidos con especial cercanía por el presidente Franklin D. Roosevelt, mientras su padre, el futuro rey Olav V, y su abuelo, Haakon VII, permanecían en Londres junto al Gobierno noruego en el exilio y se convertían en símbolos de la resistencia.
Harald regresó a Noruega en 1945 siendo todavía un niño, pero llevando consigo la memoria de la guerra, la separación y el desarraigo. Quizás aquella experiencia temprana contribuyó a forjar su sobriedad, su sentido del deber y su gratitud hacia el pueblo al que un día estaría llamado a servir.
El amor que desafió a la Corona
Su historia de amor con Sonja Haraldsen es una de las más hermosas de la realeza europea. Cuando se conocieron, Sonja era una joven sin origen aristocrático, hija de un comerciante de Oslo. Durante nueve largos años mantuvieron discretamente una relación que chocaba con las antiguas convenciones de la monarquía. El rey Olav V dudaba de que el heredero pudiera casarse con una mujer que no perteneciera a una casa real y consultó incluso al Gobierno antes de tomar una decisión.
Harald, sin embargo, se mantuvo firme. Hizo saber que, si no podía casarse con Sonja, prefería permanecer soltero toda su vida. Finalmente, el rey Olav dio su consentimiento y la pareja contrajo matrimonio en 1968.
Aquella boda fue el primer paso hacia una monarquía más moderna y más cercana a la sociedad, una monarquía en la que el amor comenzaba a imponerse sobre las rígidas tradiciones aristocráticas.
Harald y Sonja permanecieron juntos durante casi siete décadas. Ella fue su compañera, su confidente y una figura decisiva en la modernización de la Casa Real noruega.
El rey que navegó entre tormentas y tragedias
Harald V ascendió al trono en 1991, tras la muerte de su padre. Adoptó el mismo lema de su abuelo Haakon VII y de Olav V: “Alt for Norge” —“Todo por Noruega”. Y así procuró vivir su reinado.
Su verdadera grandeza se reveló, sobre todo, en los momentos más dolorosos. Después de los atentados del 22 de julio de 2011, en los que Anders Behring Breivik asesinó a 77 personas en Oslo y Utøya, la mayoría en temprana edad, de las juventudes del partido socialdemócrata, el AP o Partido de los Trabajadores, Harald se convirtió en el consuelo de una nación herida. En su mensaje del día siguiente afirmó con una serenidad profundamente conmovedora: “Mantengo firme mi convicción de que la libertad es más fuerte que el miedo”.
Semanas después, durante la ceremonia nacional en memoria de las víctimas, habló como padre, abuelo, esposo y rey. Su voz se quebró y sus lágrimas fueron las lágrimas de todo un país. No apareció ante los noruegos como un monarca distante, sino como un ser humano que compartía su dolor.
Cinco años más tarde, en 2016, volvió a conmover a Noruega con un discurso que definió el espíritu abierto de la nación moderna: “Los noruegos son niñas que aman a niñas, niños que aman a niños. Creen en Dios, en Alá, en el universo y en nada”.
Con palabras sencillas reconoció una Noruega diversa: formada por personas de distintos orígenes, creencias, orientaciones sexuales y capacidades. Nos recordó que el país pertenecía a todos y que todos formábamos parte de él. Ese mensaje de inclusión quedará, sin duda, entre las expresiones más nobles de su reinado.
Recuerdos personales: el rey que conocimos
Tuve la fortuna de encontrarme con él y con su esposa, la reina Sonja, en varias ocasiones, junto a Hege, mi mujer. Al evocar aquellos momentos, lo primero que recuerdo no es el protocolo ni la solemnidad, sino su calidez humana y su extraordinario sentido del humor.
Harald miraba a los ojos. Sonreía con autenticidad y sabía escuchar. Tenía esa rara capacidad de hacerte sentir que, durante los minutos que compartías con él, eras la persona más importante de la sala. No necesitaba imponerse para hacer sentir su presencia.
Recuerdo también sus discursos de Año Nuevo, que procuraba seguir siempre que podía. No eran simples formalidades. En ellos hablaba de la soledad, de los jóvenes, de las familias, de quienes sufrían, de la necesidad de cuidarnos y de la esperanza que todavía podemos ofrecer a los demás. Había en sus palabras sentido común, compasión y esa sabiduría serena que solo llegan con los años y la experiencia.
En aquellos discursos, Harald parecía hablar como el abuelo de todos los noruegos. Pienso también en la profunda devoción que sentían por él los abuelos de Tord, mi hijo. Para ellos, como para tantas personas de su generación, Harald era mucho más que un rey. Era una presencia constante y familiar; un símbolo de continuidad, estabilidad y orgullo por Noruega.
Ver el brillo en sus ojos cuando hablaban de él permitía comprender algo esencial: Harald había conseguido lo que muy pocos monarcas logran. Había dejado de ser solamente una figura institucional para convertirse en parte de la memoria afectiva y el orgullo del pueblo.
Las sombras de sus últimos años
Sería injusto atribuirle los actos de otros miembros de su familia, pero tampoco puede ignorarse que sus últimos años estuvieron marcados por graves crisis que afectaron la imagen de la Casa Real.
Su nuera Mette-Marit, hoy reina consorte, fue duramente cuestionada por los contactos que mantuvo entre 2011 y 2014 con Jeffrey Epstein, cuando ya se conocían sus antecedentes por delitos sexuales.
Marius Borg Høiby, hijo de Mette-Marit e hijastro del nuevo rey Haakon, fue condenado en 2026 a cuatro años de prisión por violación y violencia doméstica. La sentencia ha sido apelada. Marius no posee título real ni pertenece a la línea sucesoria, pero el proceso tuvo un enorme impacto sobre toda la familia.
Por su parte, la princesa Märtha Louise renunció en 2022 a sus deberes oficiales para establecer una separación más clara entre la Casa Real y sus actividades comerciales. Su relación y posterior matrimonio con el chamán Durek Verrett también provocaron un intenso debate público.
Harald soportó estos golpes con la discreción y la dignidad que siempre lo caracterizaron. El apoyo a la monarquía descendió al 60 % en febrero de 2026, aunque se había recuperado al 64 % en mayo. Sin embargo, su popularidad personal permaneció extraordinariamente alta.
Para quienes lo conocimos, aquellas controversias familiares no empañan la memoria de un hombre magnífico que procuró, hasta el final, preservar la unidad de su familia y servir a su nación.
La figura de la monarquía en Europa está muy debatida en la actualidad, y para muchos es un anacronismo en vías de extinción. Sin embargo, cada pueblo, con su cultura y sabiduría, sabrá cómo asumir este dilema.
El legado que deja
Harald V deja una monarquía más moderna, más humana y más cercana que la que recibió. Su mayor legado no se encuentra en los palacios, las ceremonias o las joyas de la Corona, sino en la memoria de un pueblo que lo recordará como el rey que lloró con ellos, que supo reírse de sí mismo y que estuvo presente cuando más se le necesitaba.
Fue el rey que reconoció la dignidad del pueblo Sami, que defendió una Noruega abierta y plural, y que recordó a sus compatriotas que la libertad debía ser siempre más fuerte que el miedo.
Fue también un apasionado navegante. Participó en tres Juegos Olímpicos, fue campeón mundial de vela y continuó compitiendo hasta una edad avanzada. El mar parecía expresar algo profundo de su personalidad: serenidad y resistencia, respeto por fuerzas mayores que uno mismo y voluntad de continuar incluso cuando el viento soplaba en contra.
Harald fue, ante todo, un símbolo de unidad nacional. Su personalidad, sus palabras y su humanidad consiguieron cautivarnos y conmovernos.
Una nueva generación
Su hijo Haakon se convirtió automáticamente en rey en el momento de la muerte de su padre. Se espera que adopte el nombre de Haakon VIII cuando formalice su nombre regio.
Su desafío será inmenso. Hereda una institución sacudida por controversias familiares y sometida a un escrutinio sin precedentes. Tiene ante sí retos enormes ante los cambios y acontecimientos que sacuden al mundo y a la región, como la guerra en Ucrania. Deberá recuperar la confianza, establecer límites claros entre la vida privada y la función pública, y demostrar que la monarquía noruega todavía puede ser un símbolo capaz de reunir a la nación.
Haakon es un hombre reflexivo, preparado y sensible a los grandes desafíos de nuestro tiempo. Su compromiso con el medioambiente, la dignidad humana, los jóvenes y el diálogo internacional permite esperar una monarquía renovada, aunque profundamente fiel al espíritu de servicio de su padre.
Su hija, Ingrid Alexandra, de 22 años, es ahora la princesa heredera. En ella, muchos noruegos depositan la esperanza de una nueva generación.
Es una gran pérdida. Que su recuerdo continúe navegando en el corazón de Noruega, como él navegó durante tantos años por sus queridos mares. Skål.
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