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Justicia

Las penas del Buen Pastor

En los patios del Buen Pastor, de lado a lado de los pasillos, cuelgan cuerdas donde las mujeres secan la ropa.

Relatos de corrupción, delincuencia y sufrimientos en la principal cárcel de mujeres del país. La dramática radiografía del sistema penitenciario que el Gobierno busca transformar.

Por: Alfredo Molano

El Buen Pastor de Bogotá, la cárcel de mujeres más grande del país, es un edificio que llora por dentro y por fuera. Cuando llueve dos días seguidos, como ocurrió esta semana, desde su cubierta hasta la primera planta brota agua. Por techos y muros se filtra. Recorre cada centímetro del edificio de tres pisos y hace más hondas las penas de las 1.788 mujeres ––y doce bebés–– que sobreviven hacinadas en una construcción de más de 70 años, donde hay un frío encajonado y muchos dolores sueltos.

"Esta semana que llovió tanto se nos inundó el patio. Los desagües y cañerías se taparon y la primera planta se anegó. A las celdas se les metió el agua, y las que duermen en carretera (un colchón en el piso) quedan jodidas. Aquí las celdas son de dos y de tres personas, pero hay algunas en las que duermen hasta siete”, narra una mujer de 36 años, a la que se le quiebra la voz al contar que tiene una hija de 18 años a la que dejó cuando tenía once. Está condenada por homicidio y pasa sus días en el patio tres, junto a 300 mujeres más. “Aquí hay mucha injusticia, mucho dolor”, advierte con la intención de agregar un relato que detiene súbitamente cuando otra reclusa se acerca.

“Las lluvias agravan la convivencia. Empiezan a haber más las peleas a cuchillo. El ambiente se pone tenso y la guardia ruda, y uno no halla cómo quitarse ese frío de adentro de los huesos. Del techo gotea un agua pútrida. Es negra y huele a feo y si le llega a caer a uno una gota de eso le da ‘honguitis’, así le decimos a un sarpullido que produce. A mí me dio en esta pierna y a una china hasta se le está cayendo el pelo por eso”, sostiene otra mujer que pasa los 40 años. Está condenada a 32 meses por secuestro simple, y asegura que el juez de su caso le embolató un año que pasó en prisión domiciliaria en los días de pandemia, tiempo que la dejaron estar en casa por cárcel por ser madre cabeza de hogar. Ella no tiene abogado, como la mayoría de condenadas a quienes les toca aprender nociones básicas de derecho para acceder los beneficios de ley, poner tutelas, hacer solicitudes y poder así certificar y descontar el tiempo de su condena.

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