CUATRO AÑOS DESPUÉS

Permítanme empezar por el final. Las últimas frases de la entrevista con el entonces presidente electo, fueron estas:
– Del buen pasar de su gobierno dependen muchas cosas –le dije – incluyendo que la izquierda tenga nuevas oportunidades en la vida institucional de Colombia y que haya una transformación como la que sueñan los 11 millones de personas que votaron por usted y la que temen muchos de los que votaron en su contra.
– Sí. Y nuevas formas de pensamiento – contestó Gustavo Petro y agregó algo premonitorio– Si no lo hacemos bien, pueden venir las tinieblas.
La cita era a las ocho de la mañana. Él llegó a las ocho y dos minutos. Tenía el pelo mojado y el aspecto fresco de quien ha dormido bien. Saludó a los camarógrafos con especial amabilidad y luego a Federico Gómez Lara, el director de Cambio, y a mí. No parecía tener prevenciones, hablaba con serenidad del gobierno que estaba por asumir. Era evidente que buena parte de sus respuestas buscaban tranquilizar a quienes habían votado en su contra.
– El objetivo es construir un nuevo clima político. Hay que luchar tanto contra el sectarismo de las derechas como contra el sectarismo de las izquierdas (…) básicamente construir un clima que yo llamaría de paz, de diálogo, sin pensar en unanimismos, porque eso no va a existir nunca en una sociedad humana. Si pasa un año y no sucedió nada, el Gobierno empieza a tener vientos en contra y las posibilidades de las reformas se deshacen y el cambio se vuelve una ilusión.
El Gustavo Petro de ese día de 2022 miraba con cabeza fría el ejercicio del liderazgo. Con total convicción afirmó que el peor error que podría cometer el primer gobierno de izquierda en la historia de Colombia sería el de aislarse:
– Si la izquierda se ensoberbece, se vuelve soberbia, porque ha logrado unos triunfos que nunca había logrado, empezando por mí mismo, nos aislamos. Y si nos aislamos, nos tumban.
Por aquellos días varios de los senadores más cercanos a Petro, como María José Pizarro, Gustavo Bolívar y Alexander López, estaban desconcertados y francamente molestos. El presidente electo había decidido descartarlos y hacerle el guiño a Roy Barreras, recién llegado a su causa, para que ocupara la presidencia del Senado. En esa entrevista, Petro explicó los motivos de su decisión con sentido práctico:
– El cambio está en las reformas. ¿Las mayorías para qué son? ¿Para qué queremos ser mayoría en el Congreso? No hay otro objetivo que no sea que se aprueben unas reformas. Si las reformas no se aprueban, no vale la pena tener mayorías. Nosotros podemos izquierdizarnos. Y entonces todo es para nosotros. Y el poder de la izquierda y quien le pone la banda presidencial a Petro, es la hija del comandante Pizarro. Simbólicamente tiene su importancia. Pero a nosotros nos demandan eficacia y no solo símbolos. Se nos demanda que cambiemos el país.
Gracias a esas mayorías, y bajo el liderazgo del ministro de Hacienda José Antonio Ocampo, Gustavo Petro logró la reforma tributaria más progresiva de la historia. Un año después rompió la exitosa coalición, en un gesto de irreversible arrogancia, cuando no logró el consenso para aprobar su reforma a la salud. La ruptura, por añadidura, llevó a la salida del ministro Ocampo; de la ministra de Agricultura, Cecilia López; y del ministro de Educación, Alejandro Gaviria.
La tendencia a “izquierdizarse”, sobre la que él había advertido en esa entrevista, tuvo las consecuencias que se viven hasta hoy, pero volvamos a 2022, cuando Gustavo Petro decía que era necesario caminar hacia la sustitución de los combustibles fósiles, pero con gradualidad:
– Eso es una transición, digamos, es gradual. La palabra transición implica gradualidad. Se quiso mostrar que eso era para el 8 de agosto. No es. Y tuve votaciones en contra derivadas de esa creencia. No es que no vayamos a explorar porque hay como 180 contratos vigentes. Lo que yo he dicho es que no va a haber nuevos contratos de exploración. ¿Qué incidencia tiene eso en el corto plazo? Que hay que hacer un manejo de las reservas petroleras probadas que tenemos.
El gobierno que terminará el próximo viernes se parece poco al que planeaba el presidente electo hace cuatro años. Petro se despide en medio de escándalos de corrupción, la mayoría ciertos y unos cuantos pegados con babas.
Su legado quedará irremediablemente manchado por estos hechos, pero los colombianos no pueden creerse el cuento de la “patria miseria” que quiere vender el gobierno entrante.
A pesar de sus inmensos errores, pecados, indisciplinas e ineficiencias, Petro entrega un país mejor que el que recibió de Iván Duque y de su ministro de Hacienda, José Manuel Restrepo.
3,8 millones de colombianos salieron de la pobreza en los últimos cuatro años. La inflación, que en julio de 2022 era de 10,2 %, hoy es de 6,14 %. El desempleo, que era de 10,6 %, hoy es 8 %, el más bajo desde 2018. En cambio, el déficit fiscal es peor que el que recibió: Duque se lo entregó en 5,3 % y Petro lo deja en 6,4 %.
Si Petro hubiera impedido la corrupción en su gobierno, incluyendo la de algunos de sus colaboradores inmediatos y miembros de su familia; si no más hubiera trabajado con disciplina y puntualidad, haciéndole menos concesiones al hedonismo y a la pereza; si simplemente se hubiera enamorado más de la realidad y menos de su oratoria; si tal vez hubiera sido más pragmático para conservar las alianzas con las que arrancó; seguramente su gobierno habría tenido un buen pasar. Y con que apenas hubiera tenido un buen pasar, no estaríamos condenados a cumplir su premonición.
Lea los comentarios














