
La democracia es algo que, con frecuencia, damos por sentado. Para la mayoría de nosotros es algo que está ahí, un intangible, que nos permite caminar por la calle a la hora que queramos, hablar de lo que nos apetezca, ver a quien nos dé la gana y votar por quien nos parezca más idóneo. Así de fácil. Tanto, que no pensamos en ello. No pensamos en que esa misma democracia puede erosionarse y que, con unas pocas acciones, nuestras vidas pueden cambiar de manera radical.
A veces, como en un golpe de Estado, la democracia se acaba de un brochazo. Pero en otras ocasiones su deterioro es paulatino, paso a paso, con acciones minúsculas pero constantes. Acciones que pueden parecernos inanes, o incluso interesantes, o con las que tal vez estemos de acuerdo porque creemos que nos convienen. He escuchado en estos días frases peligrosas como: “es necesario poner límites”, “la sociedad ha ido demasiado lejos”, “alguien tiene que mostrar autoridad”. Y me pregunto, invariablemente, si quienes las dicen saben que en cualquier momento puede llegar su turno. No de ser encarcelados, o no necesariamente. Ni de ser asesinados. Sino de ser arrinconados. Porque la democracia es justamente eso: esa libertad de movimiento, de culto, de palabra y de pensamiento que hace que todos quepamos. Y los signos que he visto en este último mes me indican que estamos frente a un país en el que empieza a estrecharse el espacio para quienes piensan distinto.
No es evidente, lo sé. Y ya me imagino a muchos tildándome de paranoica —están en todo su derecho, si este sigue siendo un país democrático—. Pero he visto sesgos inquietantes en el nuevo Gobierno, y uno de los más preocupantes es su relación con las voces que lo incomodan.
El lenguaje es uno de estos sesgos. Quien controla la narrativa controla una parte decisiva de la verdad. Y veremos mucho más de eso en los siguientes meses. Ya no se podrá decir “niña” ni “campesino”, porque el Gobierno pretende tener el monopolio del lenguaje y obligarnos a cambiarlo: a través de los medios, de las instituciones, de los ministerios y de sus funcionarios. Cuando el poder decide qué palabras son aceptables y cuáles deben desaparecer, no solo corrige vocabularios: delimita lo que puede pensarse, decirse y discutirse en público.
El siguiente paso es la eliminación, lenta pero sistemática, de los medios de comunicación o de los periodistas que resultan incómodos. Lo vimos con las Emisoras de Paz. Lo vimos también con Ana Cristina Restrepo y Camila Zuluaga en su espacio de Blu Radio, y ahora con la decisión de RCN de terminar el contrato con Vladdo. No se trata de episodios aislados ni de simples cambios de programación. Se trata de periodistas silenciados en un momento en que el país necesita, más que nunca, voces capaces de incomodar al poder.
En el caso de Vladdo hay una historia que no cabe en la caricatura entendida como chiste pasajero. Su periodismo de opinión ha atravesado gobiernos de muy distinto signo, ha señalado abusos, contradicciones, vanidades y cegueras del poder, y lo ha hecho con una mezcla poco frecuente de valentía, creatividad y profundidad. Sus dibujos no son solo trazos ingeniosos: son formas de mirar la realidad del país, de condensar en una imagen aquello que a veces una columna entera no logra decir. Por eso resulta tan grave que una voz así sea apartada justo cuando más urge conservar el derecho a disentir.
Admiro y respeto a Vladdo, y también admiro enormemente la valentía y la agudeza de Ana Cristina Restrepo y de Camila Zuluaga, pero incluso si no lo hiciera, el punto seguiría siendo el mismo. La democracia es tener voces de disenso y poder elegir si escucharlas, si leerlas, si verlas. La democracia es también libertad de palabra y pluralidad en la prensa, porque no solo la sociedad necesita escuchar verdades incómodas: también los gobernantes, especialmente aquellos que se rodean de personas incapaces de contradecirlos.
Lo siguiente, me temo, será la educación. Porque si de callar se trata, si lo que se busca es unificar el discurso, ¿qué mejor manera que hacerlo desde los colegios? ¿Qué mejor forma que moldear desde temprano aquello que se puede preguntar, leer o discutir?
Al comienzo, cuando un gobierno intenta unificar el discurso, solemos engañarnos pensando que algo podemos ganar: un poco de seguridad, menos ruido, el alivio de no escuchar a quien nos cae mal o nos contradice. Pero esa comodidad dura poco. A la larga perdemos todos, porque tarde o temprano dejaremos de caber. Y entonces descubriremos, demasiado tarde tal vez, que nuestras libertades no son las únicas válidas y que una democracia sin voces incómodas deja de ser democracia para convertirse apenas en obediencia.
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