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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Caminar entre los muertos: el poder de una imagen

Veintitrés cadáveres en el piso metidos en bolsas blancas. El presidente de la República camina entre ellos acompañado por los comandantes de las Fuerzas Militares y de Policía. En la mano no tiene un celular: lleva un radio de comunicaciones. No hace falta recordar  lo que dijo  esa tarde en su discurso para entender perfectamente el mensaje. En Colombia cambió el Gobierno y  evidentemente también cambió la manera como el poder quiere mostrarse frente a quienes desafían al Estado.

La escena ocurrió en el Guaviare.  La fuerza pública desarrolló la Operación Azarías en zona rural de Miraflores contra el Frente Carolina Ramírez, una de las estructuras de las disidencias de las Farc que responde a ‘Iván Mordisco’. Según el balance oficial presentado posteriormente por el presidente Abelardo de la Espriella, murieron 23 integrantes de esa organización y otros seis fueron capturados. Entre los muertos estaba alias Tigre o Pintado, jefe de ese grupo.

Sin duda, el resultado de la operación militar era lo suficientemente importante para ser noticia de primera página. Pero el Gobierno decidió ir más lejos: convertirlo en una imagen, en una declaración. Vestido con prendas tácticas, Abelardo caminó por entre los cuerpos cubiertos mientras presentaba los resultados junto al ministro de Defensa y la cúpula militar y policial. “No vine a negociar con asesinos, extorsionistas y reclutadores de menores. Vine a derrotarlos”, dijo. Y agregó que la ofensiva continuaría.

La  impactante escena produjo de inmediato una fuerte controversia. Gustavo Petro habló de convertir la muerte en un trofeo. Iván Cepeda y otros dirigentes cuestionaron la exhibición de los cadáveres y que el presidente hubiera caminado entre ellos. Otros recordaron un antiguo código incrustado en la historia: incluso el cuerpo de un enemigo muerto debe conservar su dignidad. También señalaron una contradicción entre la crudeza de las imágenes y las permanentes referencias religiosas del presidente.

Son cuestionamientos que forman parte legítima de la discusión. Colombia, además, tiene razones históricas para tener mucho ciudado con la manera como se presentan los resultados militares. El país conoce las consecuencias de una época en la cual el número de bajas terminó convertido, en algunos escenarios, en indicador de eficacia operacional.

Pero hay otra manera de ver lo que pasó. No desde la discusión sobre si Abelardo debía o no caminar entre los muertos, sino revisando lo que esa decisión pretende comunicar;  los mensajes que quiere transmitir y  sus destinatarios.

Porque hay que tener claro que la escena del presidente caminando entre los  muertos  en el Guaviare no fue un accidente. Y menos aún si tenemos en cuenta lo que ocurrió pocas horas después en Riohacha.

En la madrugada, una operación de la Policía, con participación de un comando especial de la Dijín, terminó con la muerte de Naín Andrés Pérez Toncel, alias Bendito Menor, jefe de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada. Murieron también Rosa Angélica Tarazona, alias Bebecita, pareja de ‘Bendito Menor’, y dos de sus escoltas. Abelardo tomó un avión, viajó a Riohacha con la cúpula militar y policial y volvió a aparecer frente a los cuerpos cubiertos de plásticos blancos.

Dos veces en pocos días. Entonces, la imagen  del presidente frente a los muertos embolsados no es una casualidad. Estamos frente a la aparición de un nuevo lenguaje de comunicación, consciente y deliberado.

Abelardo entiende muy bien que la política no se comunica solamente con discursos, leyes, consejos de ministros  televisados o  ruedas de prensa. Se comunica con símbolos. Y para un presidente que acaba de llegar al poder es indispensable producir imágenes que representen una ruptura con el pasado inmediato. Y esa decisión de caminar entre los muertos tiene intenciones y diferenciales muy claros.

La primera ruptura es evidente y tiene nombre propio: Gustavo Petro. Durante cuatro años, los colombianos escuchamos hablar de Paz Total, ceses al fuego, justificaciones para quien comete un crimen, zonas de ubicación, negociaciones y acercamientos —muchas veces inapropiados— con organizaciones armadas. Los resultados de esa política fueron desastrosos y seguirán siendo objeto de discusión durante mucho tiempo. Abelardo ofreció durante la campaña exactamente lo contrario y ahora necesita demostrar que ese cambio no era una simple retórica de campaña para ganar votos. Los cuerpos en el Guaviare y Riohacha hablan por sí solos. Nos muestran sin necesidad de explicaciones que esa política petrista de paz, terminó.

Hay un segundo mensaje: autoridad. No vimos a un general anunciando desde un batallón el resultado de una operación. Es el presidente de la República que llega al territorio para apropiarse políticamente del resultado, rodeado por quienes ejercen el monopolio legítimo de la fuerza del Estado. La fotografía  de un presidente usando, además, ropa táctica, botas de campaña y radio, refuerza la figura del comandante en jefe.

Hay un tercer mensaje dirigido a la fuerza pública. Después de años de tensiones, cuestionamientos y distancias entre el Gobierno anterior y sectores militares y policiales, el nuevo presidente recuerda que está al lado de sus hombres para reconocer sus resultados y respaldarlos. Queda comprobado que la fuerza pública volvió a ocupar un lugar central en el relato presidencial. Esto, sin duda, va más allá del saludo militar de la campaña.

Y hay un cuarto destinatario que probablemente sea el más importante: los propios grupos criminales. Durante décadas las guerrillas, los paramilitares y posteriormente las organizaciones narcotraficantes aprendieron también a utilizar símbolos.  Uniformes, fusiles, columnas armadas, retenes, videos, territorios controlados. Todo eso comunica poder. De hecho, el propio ‘Bendito Menor’ aparecía en redes sociales luciendo trajes militares y armas poderosas, desafiando a las comunidades y a las fuerzas del orden. Lo que Abelardo está construyendo es la imagen contraria: por encima del poder de las organizaciones ilegales existe uno superior, el del Estado. Es muy probable que hoy los delincuentes estén pensando mucho en esa fila de cadáveres embolsados en el piso.  

Es difícil medir el efecto que esas imágenes tienen sobre la opinión pública. Pero sería un error suponer que todos los colombianos las observan con el mismo rechazo que expresan algunos. Para una familia que ha padecido un secuestro, para el comerciante que paga una extorsión, para el campesino que no puede entrar a su finca, para los padres de un joven reclutado o para un policía que ha visto morir a sus compañeros por un explosivo lanzado desde un dron, es muy posible que la reacción sea muy diferente. Parar esas víctimas de los violentos lo sucedido muy probablemente podría resumirse en dos palabras: por fin.

La misma escena puede resultar perturbadora para unos y tranquilizadora para otros. Las dos reacciones pueden ser genuinas y entendibles, al mismo tiempo.

Nayib Bukele comprendió hace años la enorme capacidad política de esas imágenes. Las interminables filas de pandilleros tatuados, rapados, semidesnudos y sometidos en las cárceles salvadoreñas cuentan perfectamente una historia sin necesidad de analizar los cambios en las estadísticas de robos y  homicidios: el Estado recuperó el control. Donald Trump ha utilizado también imágenes de ataques y operaciones militares como demostraciones de poder. Abelardo está utilizando ese mismo principio: hacer visible la autoridad y su ejercicio. Sin embargo, la versión colombiana tiene una característica adicional. Mientras Bukele armó buena parte de su iconografía mostrando al enemigo sometido, Abelardo está construyendo la suya, pero mostrando al enemigo muerto.

Si la tarea de Abelardo y las Fuerzas Armadas avanza como está anunciado, surge una gran pregunta  sobre lo que viene. Si estamos realmente ante la construcción de una nueva narrativa presidencial de seguridad, los cadáveres debereían ser uno de sus primeros símbolos, pero no el único. Porque los muertos pierden ‘valor’ sin resultados reales de transformación en los indicadores de seguridad o de bienestar en los territorios.

Ese tránsito de las imágenes a la realidad será necesario. Porque existe también un riesgo en cualquier estrategia basada en símbolos, y es que se puede terminar convertido en su prisionero.

Veintisiete muertos en el Guaviare y La Guajira son una imagen estremecedora. Pero una política de seguridad no puede depender para mostrar qué funciona de que una fotografía sea más fuerte que la anterior. La verdadera evolución de esa estrategia debería seguir una secuencia que no se puede quedar en las imágenes que vimos:  tendría que ir del muerto al criminal sometido, después al territorio recuperado y de allí al ciudadano protegido, de verdad.

Tal vez por eso la discusión sobre si Abelardo debió caminar o no entre los cadáveres pueda ser menos interesante que la implicación de la imagen misma. Sus críticos ven una innecesaria y desproporcionada exhibición de la muerte, mientras muchos de sus partidarios o las víctimas de los delincuentes pueden ver la recuperación de la autoridad del Estado y, de paso, la certificación de que los tiempos de Petro terminaron.

Si el mensaje de estas primeras semanas es que el Estado volvió a ejercer plenamente su fuerza, el siguiente paso es clave: demostrar para qué. No solamente para exhibir delincuentes muertos, sino para someter a miles de bandidos, recuperar territorios y lograr que los colombianos puedan volver a vivir sin miedo.

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