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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Caminar entre los muertos

El 22 de abril de 1997, una foto le dio la vuelta al mundo. En ella, el entonces presidente de Perú, Alberto Fujimori, camina entre los cuerpos mutilados de los guerrilleros del MRTA en la residencia de la embajada del Japón en Lima. Se ponía fin a una toma de cuatro meses y la operación militar conocida como Operación Chavín de Huántar había sido un éxito militar. Los rehenes habían sido liberados y los integrantes del MRTA fueron abatidos en su totalidad. Sin embargo, hubo algo perturbador en la escena del presidente recorriendo el lugar, subiendo las escaleras, exhibiendo al mismo tiempo la victoria y a los muertos. Fujimori se detuvo ante el cadáver de Néstor Cerpa Cartolini y lo apartó de su camino con el pie. En ese acto hubo una última humillación del vencido. 

La imagen tenía una fuerza simbólica difícil de ignorar. El vencedor permanecía de pie y el vencido yacía en el suelo. Uno conservaba el nombre, la voz, el poder y el relato y el otro era ya solamente un cuerpo en descomposición. No parecía suficiente haber ganado. Había que contemplar la derrota del otro, recorrerla, fotografiarse junto a ella. El cadáver terminaba así incorporado a la escenografía de la victoria y la muerte del enemigo adquiría un significado que iba mucho más allá del resultado de una operación militar. 

Durante siglos, la muerte fue uno de los grandes espectáculos públicos. Las plazas se llenaban para contemplar ejecuciones y los cadáveres podían permanecer expuestos como advertencia. Los castigos tenían que ser visibles para cumplir su función ejemplar y era que el cuerpo mutilado del condenado era también un mensaje que el poder dirigía a quienes seguían vivos. Nada había de gratuito en aquella representación. El patíbulo era al mismo tiempo castigo y teatro. La muerte como show y puesta en escena.

Suponemos que, en parte, lo que llamamos civilización consistió precisamente en retirar poco a poco la muerte de ese escenario. Los cadáveres dejaron de exhibirse como trofeos y fuimos entendiendo, después de siglos de barbarie, que incluso aquel que había cometido los peores crímenes conservaba una última frontera que no debía ser profanada. Hay un respeto por el cuerpo del derrotado, del abatido. Hay siempre una dignidad en la derrota. No porque la muerte indulte al culpable sino porque una sociedad se define también por esos límites que decide no cruzar. 

Ahora las redes sociales e internet han vuelto a colocar la muerte frente a nuestros ojos. Michaela Marzano se pregunta en su libro La muerte como espectáculo qué ocurre cuando las imágenes de ejecuciones, torturas y agonías circulan sin apenas mediaciones y el sufrimiento real comienza a ser consumido con los códigos del entretenimiento. En la red, la frontera entre realidad y representación se vuelve cada vez más inestable y la víctima corre el riesgo de dejar de ser percibida como alguien que sufrió para convertirse en una imagen del sufrimiento.

Tal vez allí esté una de las grandes paradojas morales de nuestro tiempo. Nunca habíamos visto tantos muertos y, sin embargo, nunca había sido tan fácil olvidarlos. Los cuerpos de una guerra aparecen en la misma pantalla donde unos segundos después veremos una publicidad o una celebración. Todo termina sometido a la misma velocidad y a la misma lógica de la atención. La imagen del horror necesita competir con las demás imágenes y, para conseguirlo, tiene que ser cada vez más inmediata, más brutal, más espectacular. Ahora circulan las imágenes de los muertos con un banner de publicidad a un costado de la transmisión.

Dice Marzano que ya no estamos solamente ante muertes que aparecen en las pantallas, sino ante el riesgo de encontrarnos con muertes pensadas también para ellas. La diferencia es enorme. Una cosa es que una cámara llegue al lugar donde ocurrió algo terrible y otra que la existencia de la cámara empiece a determinar la manera como ese acontecimiento se muestra. Entonces aparecen la puesta en escena, el recorrido, el encuadre y el gesto del vencedor. 

Desde hace miles de años enterramos a nuestros muertos, cubrimos sus cuerpos, pronunciamos sus nombres y construimos ritos para despedirlos. Antígona sigue hablándonos precisamente porque su conflicto permanece intacto y Creonte puede considerar a Polinices un traidor, pero Antígona sabe que incluso el enemigo muerto tiene derecho a una sepultura. No discute su inocencia. Nos recuerda que existe esa dignidad siempre. 

Por eso, al ver las recientes imágenes de Abelardo de la Espriella caminando entre los cuerpos abatidos y rodeado de cámaras, flashes y reflectores, recordé aquellas fotos de Fujimori entre los cadáveres de los jóvenes guerrilleros del MRTA. Otra vez los cuerpos permanecían en el suelo mientras el gobernante caminaba entre ellos y las cámaras registraban el momento. 

Qué triste espectáculo. Y nuestra responsabilidad comienza en el momento en que decidimos asistir como espectadores y aplaudimos o callamos. Tal vez civilizar la mirada consista en recuperar la capacidad de detenernos ante un cuerpo y recordar que allí hubo una vida, incluso cuando fue la vida de alguien a quien combatimos, temimos o repudiamos. Un cadáver no debería ser una pieza de propaganda, porque cuando el enemigo ha muerto y ya no puede decir nada sobre sí mismo, la manera como tratamos su cuerpo deja de hablar de él y empieza a hablar de nosotros. Desde Thriller de Michael Jackson hasta la serie The walking dead, la ficción nos enseñó a temer un mundo donde los muertos caminaran entre los vivos. Quizás la medida de nuestra civilización sea cómo tratamos a nuestros muertos y evitamos caminar entre ellos. 

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