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Marta Ruiz
Puntos de vista

¡Gran hazaña, con muertos!

A veces, en las guerras, no basta con matar. Cuando la degradación ha calado hondo en los huesos, se exhiben los cuerpos. Sus fragmentos. Como una manera de quitarle cualquier humanidad al enemigo. Como si matar fuera una hazaña. Como si se tratara de una victoria y no de lo que realmente es la guerra: una derrota del ser humano.

La guerra es abyecta por naturaleza. Allí radica su tragedia. No hay gloria. Hay hombres armados, cuerpos que caen y una sociedad que termina pagando el precio. Sea un mazo, una lanza, un mosquete, una bomba o una metralla, el poder de las armas se degrada con la sangre ajena.

Ese repudio profundo a la violencia es el que transmite Goya en Los desastres de la guerra, cuyos grabados llegan en buena hora a Colombia gracias a Fragmentos, ese pequeño santuario de la memoria que nos legó el acuerdo de paz en el centro de Bogotá.

Goya hizo esos aguafuertes hace más de dos siglos, después de que los franceses invadieran España. Pintó con estupor la brutalidad, con asco la barbarie, con dolor el sufrimiento de todos los bandos.

En un país que parece decidido a olvidar su pasado, Goya vuelve a interpelarnos. Nos recuerda que hay pueblos condenados a repetir la violencia si pierden la sensibilidad, si normalizan la crueldad. Si olvidan de que se trata la guerra. Entre sus grabados hay uno particularmente elocuente: 

¡Gran hazaña, con muertos!

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Los cuerpos mutilados de unos hombres aparecen expuestos. Quien los asesinó no está en la escena. Pero su presencia se siente. Ha convertido la muerte en espectáculo. El título es irónico. No hay hazaña, solo pedazos de lo que fueron vidas humanas.

La exhibición de los muertos no demuestra grandeza. Demuestra envilecimiento. La secuencia de Los desastres de la guerra muestra además un proceso que parece no tener fin: de la muerte del combatiente a la de los civiles, luego a las mujeres, a los niños, a las cosechas; a los pueblos y de allí al nombre, a la memoria. La guerra siempre encuentra una manera de ampliar su territorio inmoral.

Pobres humanos. No aprendemos. Pero para eso está el arte: para mostrarnos, una y otra vez, el infierno que hemos construido.
……..
¡Gran hazaña, con muertos!

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Primeros días de septiembre de 2026.

Un hombre se pasea entre las bolsas blancas que contienen los cadáveres de 23 personas. La imagen circula por las redes y está basada en una fotografía periodística. Emula el aguafuerte de Goya. Una puesta en escena de la eficacia. Una demostración de fuerza. La burocracia del matar convertida en imagen de triunfo.

Es la farsa de una masculinidad guerrera que necesita cadáveres para demostrar su poder. No faltarán los aplausos. Ya los hemos escuchado antes. Porque en Colombia conocemos este libreto. Los muertos convertidos en trofeos y luego, en medallas. Las cifras como medida del éxito. El conteo de cuerpos como sustituto de un proyecto de país, de Nación.

La escena corresponde al presidente Abelardo de la Espriella recorriendo un coliseo en el Guaviare donde fueron llevados los cuerpos de los muertos en la operación Azarías. Primero se habló de ocho. Horas después eran 23. ¿Cómo se explica esa diferencia? Perdón la suspicacia. Pero de esto ya hemos visto mucho. 

Colombia ya recorrió ese camino. Y se supone que algo aprendimos. Aprendimos que la muerte debe ser el último recurso, no el primero. Que una guerra hay que evitarla a como dé lugar porque de ella nadie sale indemne. Todos pierden. Todos perdemos.

También deberíamos recordar el fracaso de la doctrina del body count, el conteo de cuerpos que durante la guerra de Vietnam se convirtió en una medida de éxito militar. Se podía demostrar que se estaba ganando una guerra contando muertos del enemigo. Pero más muertos no significaron la victoria. Estados Unidos perdió Vietnam. Porque matar más no lleva necesariamente al triunfo.

Eso lo saben mejor los soldados que los políticos: más muertos no garantizan el control del territorio. El problema comienza cuando los políticos, envanecidos con el poder y necesitados de resultados para engrosar su popularidad, exigen que los militares los produzcan a cualquier precio.

Son entonces los soldados quienes quedan expuestos. Son ellos quienes cargan después con sus fantasmas, con sus culpas y con las condenas. Son sus superiores los que a veces, sin pudor, dicen que ellos recibían órdenes presidenciales. 

Pero los presidentes quedan protegidos por las salvaguardas que el poder en Colombia siempre ha tenido. Los protegen narrativas sobre la legitimidad de la causa o la limpieza burocrática de los procedimientos. En realidad, los salva la distancia entre quien ordena y quien ejecuta.

Ese libreto ya lo conocemos. Un general de la Fuerza Aérea me decía alguna vez: “Tumbamos una montaña para matar a un hombre”. Se refería al bombardeo en el que murió el ‘Mono Jojoy’. “La mayoría de nuestros bombardeos fueron crímenes de guerra”, agregó. Lamentaba que la JEP no hubiera abierto un caso específico sobre los bombardeos. Cada bombardeo cuesta, además, una enorme cantidad de recursos públicos.

¿Puede ser un triunfo táctico? Por supuesto. Puede someter una estructura armada. Quizás. Puede golpear militarmente a un grupo con el que fracasaron las negociaciones. Sin duda. Pero está lejos de ser un triunfo estratégico. Porque para tener triunfos estratégicos hay que tener estrategia. ¿Hay estrategia? Los que terminan dentro de las bolsas son, muchas veces, apenas el último eslabón de una cadena mucho más larga. Intocada. Intocable. Y, sin embargo, son ellos, los reclutas de los grupos, los que son carne de cañón, los que se exhiben. 

Hasta un triunfo táctico puede ser opacado por la ausencia de altura moral. Incluso si el objetivo fuera legítimo y el método también lo fuera, la muerte exige prudencia y solemnidad. Quien celebra la muerte se degrada.

Y quizá eso sea lo más perturbador de la imagen del presidente De la Espriella exhibiendo los cadáveres como trofeos. Y es que los muertos, con su blancura y quietud, cuando ya no pueden hacer daño, están revelando la condición humana de quien nos gobierna. Se llevan esa victoria al más allá.

Goya lo entendió hace más de doscientos años. El muerto, en realidad, sí habla. 

Por eso estas dos imágenes, separadas por dos siglos, dialogan entre sí. Aunque una muestra cadáveres mutilados y la otra muestra bolsas blancas; la una es un grabado y la otra una fotografía convertida en dibujo, ambas llevan a la misma conclusión. No hay gran hazaña. Solo muertos. 

Nota: Según los directivos de Blu Radio, la mano invisible del mercado es responsable del despido de Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo, y el cierre de su programa. Excelentes periodistas, hasta el último momento le exigieron respuestas a Andrés Pastrana por su relación con el club Epstein, y mantuvieron una distancia crítica con Abelardo de la Espriella. ¿Habrá otras manos invisibles en este intento de silenciamiento?… No lo lograrán.

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