
Me acuerdo perfecto que yo estaba muerto del susto viendo ese partido en el cuarto de mi papito, con él, en el segundo piso de una casa gigante en el occidente de Bogotá, en un televisor de la época, de los cuadrados, Sony de 24 pulgadas, gordo como él solo, cuando Rincón metió el primer gol.
En el entretiempo, mi amigo Miguel me llamó al teléfono fijo de la casa para decirme lo mismo, que estaba muerto del susto, aunque usando un término netamente escatológico. Luego vino el paroxismo total, los interminables abrazos con mi viejo, los mil y un besos que nos dimos, las profundas carcajadas que reímos, las amorosas sensaciones que sentimos, las mojadas lágrimas que lloramos. Él era un viejo llorón. Y yo se lo heredé. Al final del cinco a cero contra Argentina estaba tan feliz que me prestó su bravo Renault 6 rojo (con una línea color crema a cada lado), prácticamente sin chistar.
Yo iba loco de contento. Subí por la 63, miré de reojo la jirafa y el elefante que vigilaban el costado sur del parque El Salitre, y creo que estacioné en algún lugar cercano al parque de la 106, donde la fiesta —en plena carrera 15— ya había tomado forma. Me encontré con varios de la universidad, con algunos del trabajo (estaba en mi segundo año como reportero de la desaparecida revista Cromos) y con una escena que ya había visto (cuando le empatamos a Alemania en Italia-90), pero que —esta vez— comenzaba a tener visos de serio descontrol, el preludio de la incipiente fatalidad que estábamos construyendo, tan propio de nosotros, expertos en convertir momentos felices en tristes tragedias a punta de trago, desborde e intolerancia, la infalible fórmula colombiana para huir de la agobiante realidad de este país: tipos sin camisa al comienzo de la fría noche bogotana, batiendo su prenda con una mano y bebiendo a sorbos de la botella empuñada en la otra; el brindis con cualquier extraño; la blanca maizena que iba y venía, siempre estrellada con rabia contra la cara del desprevenido de turno; agua que salía de quién sabe dónde para convertir rostros sonrientes en impotentes moldes de harina mojada; principios de empellones que irían a terminar en riñas, y luego en muertes; el tráfico nocturno detenido, la Policía desbordada en una ciudad incontenida, la locura al extremo por un triunfo que nadie vio venir, la rabia desatada por la humillación a nuestro papá futbolístico, la noche esperando para abrir sus fauces y tragarse tantas vidas, en fin. El comienzo del esquizofrénico fin que —unos meses después— encontraría su más oprobioso momento en el crimen de Andrés Escobar. Como país, la total vergüenza.
Al otro día, asistía —medianamente moribundo— al consejo de redacción de los lunes, que presidía el director Alberto Zalamea, un señor grandísimo y ya mayor que nos aterrizó de un sólo golpe: a esa hora de la mañana, las autoridades reportaban 76 muertos en Bogotá por cuenta de las celebraciones: 76, hágame el favor. Y más de 900 heridos. Unas verdaderas bestias. Mi resaca se exacerbó y, como en Sexto sentido, comencé a recordar hombres y mujeres celebrando la noche anterior y a verlos muertos en vida. También sentí vergüenza.
Todo eso fue exactamente hace 33 años, el domingo cinco de septiembre de 1993, en plena apertura económica, cuando el dólar costaba apenas 800 pesos, cuando el Bloque de Búsqueda perseguía sin tregua a Pablo Escobar, cuando había poco más de 28.000 crímenes al año (el año pasado fueron poco menos de 15.000).
Y, también, cuando los argentinos sufrieron tal vez unos de los peores lunes que hayan tenido: la portada de la revista El Gráfico, su orgullo, era un lienzo negro sin fotos, con un luminoso aviso amarillo en toda la mitad, que rezaba demoledor, en mayúsculas sostenidas y entre signos de admiración: ¡VERGÜENZA!
Transcribo algunas líneas del primer párrafo del primer capítulo de Pena máxima, un maravilloso libro muy bien escrito por Fernando Araújo sobre lo que pasó justo en el momento en que terminó el partido:
De pronto, Hernán Darío Gómez soltó su opinión: “Ahora sí nos jodimos, Pacho”. (…) “Ahora nos van a obligar, nos van a exigir que ganemos el Campeonato del Mundo”, dijo luego. Como antes, pocos lo oyeron. Alguien alcanzó a decirle que era un “aguafiestas”. Él sonrió y dejó las cosas así. “Para qué llevarle la contraria a todo el país ”, murmuró.
El ‘Bolillo’ tenía razón.
@JaimeHonorio
Lea los comentarios










