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Luis Carlos Jacobsen
Puntos de vista

La misma vara

Hay algo que me preocupa más que el propio Abelardo de la Espriella.

No es el resultado de su gobierno. Sería prematuro juzgarlo a las pocas semanas. Lo que me preocupa es la facilidad con la que algunos decidieron que, como cambió el presidente, también deben cambiar los criterios para juzgarlo.

Después de cuatro años de Petro, buena parte del país quería otra cosa. Había razones: decisiones equivocadas, escándalos, confrontaciones innecesarias y una manera de ejercer el poder que resultó agotadora. No todos los que cuestionaron a Petro lo hicieron desde la militancia. Muchos tenían motivos de sobra.

Medios, empresarios, políticos y ciudadanos exigieron explicaciones, denunciaron excesos y reclamaron límites. A veces con rigor. A veces con una hostilidad que también merecía cuestionarse.

Pero había una vara. Y era bastante alta.

Por eso la pregunta que me interesa no es si Abelardo será mejor o peor que Petro. Tampoco si quienes votaron por él tienen derecho a la esperanza. Claro que lo tienen. Es otra: ¿van a seguir juzgando el poder con los mismos criterios ahora que el presidente les gusta más?

Entiendo el alivio. Después de un presidente que hablaba sin parar y parecía seguir en campaña, aparece un hombre de corbata, rodeado de militares, hablando de autoridad, seguridad, patria y familia. Para muchos, esa imagen era lo que estaban esperando. Y se valora, con razón, que hasta ahora no haya aparecido un escándalo de corrupción comparable.

Pero el alivio tiene un riesgo: confundir la sensación de orden con la calidad del gobierno. Un presidente puede hablar como les gusta, vestirse como les gusta y defender causas que compartens. Nada de eso lo exime de ser examinado. Cuando el poder les resulta cómodo, hay que mirarlo con más cuidado, no con menos.

Las primeras semanas dejan varias señales.

Está la comunicación: instrucciones para centralizarla, limitar la autonomía de los ministros y suspender la publicidad oficial. Y en ese contexto, la salida del aire de Mañanas Blu 10:30 después de ocho años. La empresa habla de razones económicas; Ana Cristina Restrepo, de presiones políticas. No hay prueba de que el Gobierno ordenara nada. Pero una cosa es no tener pruebas para acusar y otra muy distinta es no tener motivos para preguntar. Con Petro, algo así habría producido titulares y editoriales. ¿Por qué ahora no?

Está David Murcia, trasladado de La Picota a Palogordo pocas semanas después de la posesión. Abelardo fue su abogado y entre ambos hay una historia de acusaciones cruzadas. Puede haber una explicación técnica. Si la hay, el Gobierno debería darla. La justicia no solo tiene que ser justa; también tiene que parecerlo, enseñaba mi profesor de derecho romano aludiendo a la castidad de la mujer del César.

Está el ministro de Vivienda en una playa de Santa Marta días después del terremoto, con miles de familias sin casa. ¿Es ilegal que un ministro descanse? No. Pero gobernar también consiste en entender el significado de los gestos. Solo sé que a un ministro petrista se lo hubieran comido vivo por menos.

Está la religión. Abelardo es católico y lo expresa abiertamente. Está en su derecho. El problema aparece cuando la convicción personal se confunde con la neutralidad del Estado. Un juez le ordenó disculparse por una actuación durante su posesión; cumplió, y al terminar remató con "¡Viva Cristo Rey!". La libertad religiosa incluye la de creer y la de no creer. Y esa frontera se defiende con la misma firmeza cuando el presidente es católico que cuando es ateo.

Está la manera de mostrar la fuerza. Es legítimo celebrar una operación exitosa contra un grupo armado. Ver al presidente caminando entre los cuerpos de los abatidos es otra cosa. Una cosa es asumir la muerte como consecuencia de una operación y otra es convertirla en parte del espectáculo del poder. Y frente a las operaciones en las que murieron menores reclutados, una jueza ya ordenó suspender los bombardeos cuando haya información sobre su presencia. La seguridad no puede convertirse en una zona libre de preguntas.

Y están las cuentas. Abelardo prometió reducir el Estado en un 40 por ciento. El presupuesto de 2027 es superior al que dejó radicado el gobierno anterior. El Gobierno dice que está sincerando obligaciones sin financiar. Puede ser. Habrá que demostrarlo. No basta con decir que se es austero. La austeridad tiene que aparecer en el presupuesto.

Lo mismo con el llamado Libro de la Verdad. Bien que las posibles irregularidades lleguen a la Fiscalía y a la Contraloría. Pero el nombre ya habla en lenguaje de certeza sobre lo que todavía son denuncias por verificar. 

La verdad no la establece un gobierno. La establecen las instituciones después de investigar.

Pareciera que los medios están siendo menos rigurosos con Abelardo. Lo que me interesa saber es si la vigilancia feroz de los últimos cuatro años era contra Petro o contra el poder. Porque si era contra Petro, era una posición política. Si era contra el poder, tendría que continuar ahora.

Y algo parecido pasa con muchos neoabelardistas que durante años defendieron la libertad de prensa y los límites al Ejecutivo. Lo que ayer llamaban censura hoy lo llaman estrategia. Lo que ayer llamaban propaganda hoy lo llaman comunicación directa. Lo que ayer llamaban populismo hoy lo llaman liderazgo.

No digo que esas equivalencias sean exactas. Digo que, cuando los hechos son parecidos y solo cambia el nombre del presidente, quizás el problema no está en los hechos. Quizás está en sus fans.

No creo que el problema sea Abelardo. Habrá que darle tiempo, reconocerle aciertos y criticarle errores. El problema es confundir simpatía política con criterio. Es fácil ser independiente cuando gobierna alguien que no nos representa. Lo difícil es serlo cuando quien gobierna dice lo que queríamos escuchar. Ahí está la prueba.

Una democracia madura no cambia de principios cada cuatro años. Cambia de gobierno. Y quizás la verdadera prueba de este gobierno no sea solamente qué hará Abelardo con el poder.

También será qué haremos nosotros con nuestro derecho a cuestionarlo.
 

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