En primera vuelta electoral, los colombianos votamos masivamente en contra de la vieja clase política. Unos por Gustavo Petro, otros por Rodolfo Hernández.

Ambos denuncian al Establecimiento. Sin embargo, no es por nada, se trata de fenómenos distintos: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. 

No militamos en ningún grupo ni partido. Somos dos periodistas independientes vinculados a Los Danieles. Al confrontar la terca aritmética electoral y la realidad de pobreza y marginación del pueblo colombiano, reaccionamos como ciudadanos con poder de comunicación y formulamos algunas cuestiones sobre el duelo del que saldrá el próximo presidente de Colombia.
Presentamos a continuación un cuestionario amable: preguntas, de corazón a corazón, para los colombianos y las colombianas.

  1. Rodolfo Hernández resultó ser el caballo de Troya que le permite a Álvaro Uribe salir de la tumba y hacer carambola a tres bandas. Para poder ganar en la segunda vuelta, Hernández va a contar con el apoyo de Fico Gutiérrez, de los suyos y de muchos otros clanes y antiguos rivales repudiados. ¿Votar por Hernández, quien hasta el domingo se ufanaba de su amistad con Uribe, será realmente votar contra la clase política? La respuesta es no, a juzgar por el entusiasmo de la vieja derecha ante los “decretos” autoritarios y populistas que produce el equipo de publicistas de Rodolfo para causar impacto. Su candidato se anticipa a esgrimir esos alarmantes anuncios de lo que pondrá en práctica si ganara las elecciones.
  2. Que un tipo haya sabido hacerse millonario, ¿quiere decir que enriquecerá a los colombianos? ¿O más bien significa que sabe cómo hacer más millonarios a los que ya lo son al garantizar sus privilegios y rebajar sus impuestos? ¿Es esa la fórmula de la delicia? ¿“Hombrecitos” pobres pero buena paga? ¿No se proyecta aquí la sombra de otro magnate brocha, burlador de la ley y boquisucio que por poco acaba con la democracia de Estados Unidos?
  3. El lenguaje degradado de los hijueputazos y güevonazos expresa un pensamiento igualmente degradado. “¡Hijos de puta!”, grita Hernández, y esa es su mejor consigna. ¿Queremos un presidente que insulte a quienes no piensan ni actúan como él? ¿No es lamentable que el máximo agravio para Hernández sea aludir a esas madres que se ganan la vida en la más dura de las profesiones?
  4. Preguntamos a quienes en primera vuelta no votaron por el candidato del Pacto Histórico porque les parece antipático: ¿no será más fácil pedir a Petro que sea amable, que exigirle a Hernández que sea decente?
  5. ¿Acaso no preocupa que Petro desdeñe a sus propios equipos? No es por nada, pero a nosotros sí. Le exigiremos el máximo respeto por la gente calificada que lo rodea. Que no se corte solo, que no sea soberbio y agrandado, que escuche a los demás. Como demuestran los millones de votos que obtuvo en la primera vuelta, media Colombia está con él. Ahora necesita a la otra media. Que no piense en un régimen de petrismo reconcentrado, sino que encabece un gobierno de izquierda amplio y respetuoso de los derechos. Que refuerce y ensanche sus aliados entre las fuerzas progresistas, los demócratas, los independientes. Profesionales, profesores y maestras. Estudiantes. Activistas. Defensores del trabajo. Intelectuales. Líderes comunales vinculados a su obra de gobierno, como Francia Márquez. 
  6. Las camarillas vociferantes y ciertas redes sociales insultantes que a menudo son la corte y el sostén de Petro logran encerrarlo y espantar a quienes con él simpatizan. Estos derroches sectarios ahuyentan a los nuevos apoyos y siembran la idea de que él está rodeado de intolerancia y agresividad. Queremos creer que su gobierno no sería así. Pero debe demostrarlo invitando a las barras bravas a la calma, para que se multiplique el número de jóvenes—muchachos y muchachas— que contrarrestan la propaganda hueca de Hernández con la lucidez de sus propios videos y palabras.
  7. Tampoco son buenos aliados los viejos tiburones políticos, amos y señores del insoportable continuismo. Error de Petro fue buscar apoyo en César Gaviria. Esa movida en falso, por fortuna, le falló gracias a la intervención de la candidata a vicepresidenta. Exigiremos que no la repita. No todos los caminos al poder merecen ser recorridos.
  8. ¿Calladitas más bonitas? Las colombianas, que han pasado por las duras y las maduras para que el nuestro no sea un país de asesinos que masacren a sus hijos, ¿quieren acaso un presidente que excluya a las mujeres de la política y las mande a opinar desde casa, como ha manifestado Hernández?
  9. Dice el mismo Rodolfo que las venezolanas son “fábricas de hacer chinitos pobres”. Inconcebible mayor desprecio por las mujeres, y de paso por los pobres y por los vecinos. ¿Queremos un presidente machista, xenófobo, racista y que padece aporofobia por su aversión hacia las pobres?
  10. Petro ofrece un programa democrático, con medidas a favor del pueblo. Como todo programa, contiene capítulos discutibles. Hernández, salvo arrebatos seudoprogresistas de última hora, solo agita un lema –anticorrupción— y muchas consignas vacías y altisonantes. ¿Vamos a votar seducidos por frases de escritorio? ¿O sobre todo por programas? ¿Dejaremos que el TikTok y el algoritmo decidan por nosotros? ¿Qué valor otorga el ingeniero santandereano al buen ejemplo como contradictor del mero cacareo? ¿Qué pasa con las acusaciones de corrupción en cabeza suya, cada vez más documentadas, contundentes e indignantes?
  11. ¿Se puede ejercer como dentista, ingeniero o carpintero sin haber aprendido el oficio? ¿Se puede ser presidente cuando solo se es ducho en contratos de obra y gestión municipal, y poco o nada en derechos humanos, educación, seguridad social, historia, geografía, seguridad humana, cambio climático, transición energética, igualdad de género, derechos étnicos, hacienda pública, funcionamiento estatal, relaciones internacionales y difusión cultural?
  12. Gustavo Petro y Rodolfo Hernández dicen que en caso de llegar a la presidencia van a implementar el Acuerdo de Paz aprobado en 2016. De Petro se sabe que firmó una paz en 1990, que defendió los nuevos acuerdos y que tiene experiencia en trabajar por una paz más grande. También sabemos que se jugó la vida desde el Senado para destapar la criminalidad y las corruptelas del uribismo y fue un sobresaliente parlamentario. Tras haber pertenecido al M-19 tomó la decisión política de dejar las armas y cumplió con ese compromiso. De Hernández se recuerda que votó “no” en el plebiscito y que ahora dice estar dispuesto a cumplir con el acuerdo de 2016. ¿Cuál de los dos ofrece garantías para dejar atrás la historia de guerras e intentar la paz más completa para Colombia?
  13. Pasadas las elecciones, Hernández envió un rosario de trinos llamado “Veinte diferencias con el uribismo”. Se trata de una sospechosa sorpresa, porque en algunos de ellos se refiere a temas que nunca abordó en las vaguedades de su campaña y en otros contradice la actitud que había demostrado hasta el domingo. Evidentemente, no se trata de un programa de gobierno sino de marcar diferencias con lo que es Uribe y lo que fue Duque, para no espantar el apoyo de votantes indecisos u opuestos al uno y al otro. Que, finalmente, son lo mismo y proyectan subsumir a Hernández.
  14. En cualquier caso, y aún si una súbita revelación lo hubiera encaminado por la vía de las reformas sociales y la protección de la naturaleza, no sabemos de dónde saldrán los dirigentes encargados de convertir estas promesas en verdades tangibles. ¿Acaso de los jefes y figuras que llevan décadas viviendo de los contribuyentes y haciendo lo contrario en los partidos tradicionales y las agencias del Estado?
  15. ¿Cómo queremos ver a Colombia ante el mundo? Petro ha recibido el entusiasta beneplácito y la expectativa de gobiernos progresistas de América Latina, que podrán conformar un bloque por la soberanía y dignidad de nuestro continente. Para la muestra, un botón: con Lula, Petro formaría una alianza amazónica por la defensa de la selva y contra la destrucción del medio ambiente y el calentamiento global. Si gana Hernández, Colombia seguiría siendo la pesada y retardataria mosca en la leche de un porvenir deseable y posible.

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No formamos parte de movimiento alguno y no tenemos jefes ni capitanes. Nuestros patrones son quienes nos ven, oyen y leen. Pensando en ellos y dirigido a ellos escribimos este mensaje. Al margen de nuestras inclinaciones políticas, seguiremos cumpliendo la misión que reserva una democracia al periodismo: informar con independencia y verdad, fiscalizar sin descanso al poder y defender la libertad de prensa como derecho indispensable de la sociedad. 

Los dos firmantes pertenecemos a una generación que desde los años sesenta sueña con un país más justo, más democrático, intransigente con quienes abusan del Estado y equitativo en la repartición de riqueza. Algunos de nuestros contemporáneos se desviaron o se extraviaron en la trampa de la violencia. Otros se acomodaron. Nosotros queremos creer que se abre una oportunidad pacífica y convergente de acercarnos a ese ideal tantas veces frustrado. Sería lamentable que el país lo rechazara o que el hecho de acogerlo condujera a nuevos desengaños.

Acercarse a este sueño está hoy en nuestras manos. Invitamos a nuestros compatriotas a plantearse las anteriores preguntas y a responderlas en conciencia antes de votar en la segunda y definitiva vuelta.

No es por nada, pero sería irresponsable que ahora, cuando debemos decidir el rumbo que tomará la Colombia del futuro, votemos por el pasado.

ESQUIRLA: Recomendamos el discurso de Joan Manuel Serrat al recibir hace pocos días el título de Doctor Honoria Causa de la Universidad de Costa Rica.

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