
La guerra perdida contra Pablo Escobar: por María Jimena Duzán
Hace 30 años fue abatido Pablo Escobar, el capo de capos. Su muerte apaciguó el ruido de las bombas y los fusiles, pero Colombia aún no ha podido recuperarse de su herencia maldita. Análisis de María Jimena Duzán.
Por: María Jimena Duzán
Pocas fechas tenemos tan grabadas los colombianos como la del día en que Pablo Escobar fue abatido en un tejado de un barrio popular de Medellín. La noticia me cogió en un lugar de paso, escampando de un exilio forzoso que me había impedido volver a Colombia desde 1990, luego de que mi hermana Silvia, también periodista, fuera asesinada por ese nuevo para-ejército del que nadie se atrevía a hablar porque había sido financiado por Escobar en el Magdalena Medio con la anuencia de los altos mandos.
La guerra declarada de Pablo Escobar contra jueces, policías y periodistas, nos condenó a muchos colombianos al destierro y al silencio porque la verdad de lo que nos ocurría era tan compleja que era mejor callarla.
Desde lejos, la muerte del capo parecía un sueño hecho realidad que nos permitía a muchos poder volver a Colombia. Esa noche alguien destapó una botella de champaña y festejamos con varios colegas que habían sido víctimas de Escobar, entre los que estaban Mauricio Gómez y Francisco Santos, pertenecientes a unas de las familias con más encopetadas de Colombia. Pablo Escobar, además, había secuestrado a Pacho Santos y lo había mantenido atado a la pata de una cama durante varios meses. Con ese secuestro de los ricos y poderosos entre los que estaba Diana Turbay, la hija del expresidente Julio César Turbay, Escobar pretendía forzar al gobierno a que acordara un sometimiento a la justicia a su medida, como de hecho sucedió en 1991.
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