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Rituales en el Estado: cuando la política intenta ordenar el malestar colectivo
Durante la ceremonia de posesión en la Arena USC de Cali, se instaló a un costado del escenario un altar con la imagen de la Virgen de Fátima. | Foto: Colprensa
País

Rituales en el Estado: cuando la política intenta ordenar el malestar colectivo

Las bendiciones al avión presidencial y al Ministerio de Minas, así como la presencia de la Virgen de Fátima en una posesión presidencial, ¿son solo expresiones de fe? El psiquiatra José A. Posada Villa analiza lo que estos gestos revelan sobre la incertidumbre en Colombia.

Por: Jose A Posada Villa

Las bendiciones realizadas en el avión presidencial, en el Ministerio de Minas y la presencia visible de la imagen de la Virgen de Fátima durante la posesión de Abelardo de la Espriella en Cali no son episodios menores ni simples expresiones de fe personal. Son gestos que revelan una tendencia más profunda: el recurso del Estado colombiano a rituales simbólicos para gestionar tensiones institucionales y malestares sociales que no logra tramitar mediante mecanismos administrativos. Para comprender su significado, es necesario situarlos en el marco de la salud mental comunitaria, la sociología y la antropología política, campos que permiten leer estos actos como parte de la vida emocional de una sociedad marcada por el conflicto, la desconfianza y la fragilidad institucional.

Los hechos, tal como han sido reportados, son claros. En la base aérea Marco Fidel Suárez, en Cali, se realizó una bendición católica tradicional al avión presidencial FAC 001. En el Ministerio de Minas, una comitiva de sacerdotes fue invitada a realizar un rito de bendición en una jornada no laboral. A ello se suma un gesto simbólicamente significativo: durante la ceremonia de posesión en la Arena USC de Cali, se instaló a un costado del escenario un altar con la imagen de la Virgen de Fátima. 

Ese conjunto de gestos es analíticamente relevante porque revela cómo el Estado interpreta su propio malestar. La presencia de la Virgen de Fátima - históricamente asociada a revelaciones, advertencias y protección frente al peligro - funciona como un dispositivo narrativo que sugiere que el país enfrenta fuerzas amenazantes y que el nuevo gobierno se concibe a sí mismo como llamado a “proteger” la nación de un mal difuso. En términos antropológicos, es un acto de fundación simbólica (Taussig 1997).

Para entender este fenómeno, conviene revisar la obra del padre jesuita Jaime Vélez Correa, quien estudió durante décadas las atribuciones sobrenaturales del sufrimiento en Colombia. En Hechos extraños a la luz de la ciencia y de la fe (Vélez 1997), el sacerdote muestra que las comunidades recurren a explicaciones espirituales cuando enfrentan tensiones colectivas que desbordan sus recursos culturales. Su lectura comunitaria del sufrimiento es especialmente útil: los rituales no buscan resolver problemas concretos, sino reorganizar el sentido compartido y producir cohesión simbólica. 

La salud mental comunitaria aporta un segundo eje interpretativo. Este campo sostiene que el sufrimiento social se expresa en territorios, instituciones y vínculos colectivos. Cuando una comunidad  o una institución estatal  enfrenta tensiones que no puede nombrar, emergen rituales que intentan restablecer un orden emocional. En este marco, las bendiciones en espacios estatales y la introducción de símbolos religiosos en ceremonias oficiales no son supersticiones: son formas culturales de gestionar la incertidumbre, especialmente en sociedades donde la confianza en las instituciones es baja y donde el conflicto ha dejado huellas profundas (Kleinman 2020).

La sociología permite comprender cómo los sistemas políticos influyen en la vida emocional de las comunidades. Kleinman (2020) ha mostrado que las sociedades recurren a explicaciones espirituales cuando los sistemas de protección social no logran contener el malestar colectivo. En Colombia, donde la gobernanza suele estar atravesada por tensiones internas y disputas de poder, los rituales religiosos en espacios estatales operan como narrativas alternativas para explicar lo que no se puede resolver mediante políticas públicas. No se trata de irracionalidad, sino de una búsqueda de sentido en medio de la incertidumbre.

La antropología política ofrece un tercer eje. Abrams (1988) sostiene que el Estado es, ante todo, una construcción simbólica que necesita producir efectos de cohesión para sostener su legitimidad. Taussig (1997) ha mostrado cómo en América Latina el poder estatal se expresa a través de gestos que combinan autoridad, moralidad y simbolismo. En este sentido, la convocatoria de una comitiva con un sacerdote vinculado a exorcismos para “limpiar” un ministerio y la presencia de la Virgen de Fátima en la posesión presidencial - ambos actos destinados a redefinir el significado del espacio institucional - atribuyen el malestar estatal a fuerzas externas, espirituales o morales, y no a problemas estructurales de gestión. 

Veena Das (2007) aporta otra clave: el Estado se encarna en prácticas cotidianas que revelan su relación con el sufrimiento social. Los rituales religiosos en espacios públicos no son anomalías. Son expresiones de cómo las instituciones intentan manejar tensiones que no pueden resolver mediante procedimientos administrativos. En Colombia, donde la burocracia convive con la precariedad, estos gestos funcionan como intentos de ordenar el caos.

El trauma colectivo es otro componente indispensable. Herman (2022) recuerda que las sociedades traumatizadas tienden a buscar explicaciones sobrenaturales para fenómenos que no pueden integrar en su narrativa racional. Colombia, con su historia de guerra, desigualdad y crisis institucional, es un terreno fértil para estas interpretaciones. Los rituales estatales no son irracionales: son síntomas de un trauma político no elaborado, que se expresa en la necesidad de “proteger” o “redefinir” espacios de poder.

Esto no implica que la espiritualidad no tenga lugar en la vida pública. La Constitución garantiza la libertad religiosa, y la presencia de símbolos puede ser parte de la identidad cultural. El problema surge cuando los rituales sustituyen la responsabilidad institucional. Bendecir un ministerio no resuelve la crisis energética. Bendecir un avión no mejora la seguridad aérea. Ubicar una imagen religiosa en el escenario de la posesión presidencial no fortalece la gobernanza. Son gestos que alivian, pero no transforman.

Lo que sí transformaría sería reconocer que el sufrimiento social requiere instituciones confiables, participación comunitaria y una narrativa política que no delegue en lo sobrenatural lo que corresponde a la gestión humana. Las bendiciones recientes y la sacralización simbólica del poder no son escándalos ni señales de fanatismo. Son expresiones de una sociedad que busca sentido en medio de la incertidumbre. Pero también son recordatorios de que el Estado debe ser capaz de enfrentar sus crisis sin recurrir a explicaciones mágicas. La espiritualidad puede acompañar. No puede reemplazar la responsabilidad pública.
 

Fuentes:

Abrams, Philip. 1988. Notes on the Difficulty of Studying the State. 
Das, Veena. 2007. Life and Words: Violence and the Descent into the Ordinary. 
Herman, Judith. 2022. Trauma and Recovery. 
Kleinman, Arthur. 2020. The Soul of Care. 
Taussig, Michael. 1997. The Magic of the State. 
Vélez Correa, Jaime. 1997. Hechos extraños a la luz de la ciencia y de la fe. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.

 

* José A. Posada Villa Médico Psiquiatra  Director Observatorio de Salud Mental Positiva ICSN Clínica Montserrat  Hospital Universitario

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