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Poder

Unhappy Lara, el candidato que odia las maquinarias, porque se ha peleado con todas

Rodrigo Lara Restrepo quiere llegar al Palacio Liévano con su movimiento independiente; se lanzó por firmas y se ufana de no tener maquinarias que lo acompañen, aunque estuvo cómodamente en los partidos más tradicionales.

Por: Pía Wohlgemuth N

Rodrigo Lara se ha ganado fama de cazador de peleas—su apodo, Happy Lara, viene de cuando intentó pegarle a un celador—, aunque sus amigos dicen que es más bien frentero. Se ufana de estar libre de maquinarias en su campaña hacia el Palacio Liévano: no lo acompañan grandes fichas de la política, quizás porque se ha peleado con casi todas. Hoy dice que los partidos son cárceles, aunque durante años se movió cómodamente entre los más tradicionales. Por eso se lanzó por firmas a la Alcaldía de Bogotá con un acrónimo de su apellido: Liderazgo Amplio de Renovación Avanzada.

Aunque Lara ha vivido en Bogotá por más de una década, nació en Neiva en 1975. Menos de diez años después del asesinato de su papá, el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, a manos de Pablo Escobar, salió del país con dos de sus hermanos y su mamá, Nancy Restrepo. Vivió en Suiza e Inglaterra de niño, y volvió a Colombia cuando terminó el colegio, para estudiar derecho en la Universidad Externado. Regresó a Europa para especializarse en dos de las universidades donde casi por regla han estudiado la mayoría de los altos funcionarios franceses, incluidos varios presidentes: el Instituto de Estudios Políticos de París y la Escuela Nacional de Administración.

No en vano dos personas cercanas a él lo consideran uno de los políticos más cultos del país: “Él no dice pendejadas, es disciplinado, y sí, tiene un temperamento fuerte”. Aunque a Lara le gustó la vida contemplativa de la academia, era demasiado tranquila para un espíritu como el suyo. Un espíritu que describe como “rebelde”. O “volátil”, como otros piensan, porque de happy solo el apodo. Decidió lanzarse al mundo turbulento de la política en 2006, pero no le dio para ganarse una curul. Ahí empezó a trabajar en el Gobierno de Álvaro Uribe —a quien hoy, a modo de burla, se refiere como el “presidente eterno”—, como zar anticorrupción.

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