
El rugido de De la Espriella en su cierre de campaña: un viaje al corazón del abelardismo
CAMBIO estuvo en el cierre de campaña del abogado en Barranquilla, donde miles de personas llegaron al Malecón del Río para rugir contra Iván Cepeda y abrazar una candidatura que convirtió el miedo, la autoridad, la patria y la religión en identidad política.
Por: Jonathan Beltrán
Alberto lleva dos meses haciendo su propia encuesta presidencial a los pasajeros que se suben a su taxi. No pregunta directamente por quién votarán para no arruinar la carrera en primera; prefiere acechar el dato por el retrovisor, esperando a que una llamada telefónica, un gesto o una prenda revelen en cuál rostro marcarán una X el próximo 31 de mayo. “En el norte de Barranquilla todos van con 'El Tigre'; en el sur la cosa es con Cepeda”, dice, al tiempo que el aire caliente de la ciudad empieza a filtrarse por las ventanas.
Mientras conduce hacia el Malecón escoltando una Tesla CyberTruck forrada con el rostro de Abelardo de la Espriella, Alberto lanza el veredicto que sus pasajeros le han dictado en el vehículo. Para él, la derecha de Álvaro Uribe y Paloma Valencia se quedó sin gasolina en el momento en que eligieron a Juan Daniel Oviedo como fórmula: “Es gay”, suelta con desdén, resumiendo en esas dos palabras la grieta moral que ha empujado a sus clientes hacia el conservadurismo radical del abogado.

Al bajar del taxi, la brisa del Magdalena empuja el calor de 35 grados contra una marea humana que ha decidido ignorar el rito más sagrado de la ciudad: el partido en que el Junior se jugaba el paso a la final del fútbol colombiano. En una esquina, un vendedor de camisetas ofrece la prenda de la tricolor como si fuera un amuleto multiusos: “Llévala y matas dos pájaros de un solo tiro: apoyas a la ‘Sele’ y respaldas a Abelardo”, grita.
Es la marcha de los clones: miles de personas caminan hacia el Pabellón de Cristal con una uniformidad casi castrense, luciendo la gorra del tigre, jeans ajustados y camisas blancas que brillan bajo el sol caribeño. Cerca de 40.000 personas avanzan en un río de camisetas amarrillas y blancas que fluye paralelo al cauce del Magdalena. Es una procesión a ritmo de acordeón y tambores en la que tigres y tigresas repiten un mismo saludo: se estiran, juntan los pies y llevan la mano derecha a la frente para decir una frase que repiten cada diez pasos: “Firmes por la patria”.

La corriente abelardista desemboca finalmente en los controles de acceso del Pabellón de Cristal. En un descuido de las estrictas reglas de ingreso a la prensa, tras haber sorteado una maraña de formularios ignorados y negativas tajantes, superamos la valla de seguridad y nos infiltramos en la zona exclusiva de los influenciadores aliados. Allí, en ese pasillo de privilegios donde el aire huele a perfume caro, nos mimetizamos entre decenas de creadores de contenido que, con el celular en alto y el trípode a punto, aguardan el rugido del candidato.
El show del tigre: emocionalidad, fe y espectáculo
En la tarima del Pabellón de Cristal se montó una suerte de Super Bowl criollo. La puesta en escena tuvo más ritmo que un festival: vallenato, cumbia y porro se alternaron para mantener a los asistentes en un trance festivo hasta el clímax con la aparición de Ana del Castillo. Tras el himno nacional, la cantante dio su bendición al candidato tras afirmar que Abelardo era “el único hijo de Dios en el tarjetón y el próximo presidente”.

A la izquierda de la tarima, una garra de tigre inflable se mecía bajo el sol, escoltada por un uniformado del GOES armado con un rifle Tavor 21. Entre ese despliegue de fuerza y luces móviles que no dejaban de pintar el aire con decenas de colores, apareció José Manuel Restrepo. El exministro, que llegó para darle un barniz de tecnocracia y seriedad al rugido, pronunció un discurso que giró en torno a tres ejes: religión, patriotismo y familia.

La sobriedad que el economista cachaco le imprimió al evento duró apenas ocho minutos. En las pantallas gigantes rodó un mensaje con críticas a medios y candidatos y, entre una humareda de efectos especiales, emergió De la Espriella tras una estruendosa cuenta regresiva. Saltó al escenario rodeado por cinco escoltas con chalecos antibalas. Llevaba una camisa de la Selección, un jean negro muy ajustado y zapatillas blancas sin medias. Avanzó hasta el centro de la tarima, tomó el micrófono y lanzó la frase que reactivó el estallido del Malecón: “Barranquilla, aquí está tu tigre que ruge y muerde”.

Entre el calor asfixiante y el brillo de las pantallas, el abogado empezó a marcar distancia de los fantasmas de la política tradicional para reforzar su figura de outsider frente a la derecha y la izquierda. Con un gesto de desprecio que buscaba despegarlo de los clanes que suelen gravitar en el Caribe, lanzó el zarpazo: “Aquí no hay politiqueros, aquí no están Pulgar, ni Name, ni Torres”.
Cada vez que hacía una pausa para hidratarse, el Pabellón de Cristal dejaba de ser un auditorio para convertirse en una tribuna de fútbol. El aire, saturado por el sudor de miles de cuerpos apretujados, vibraba con los cánticos de cancha que atronaban desde los parlantes. Jóvenes con cortes de cabello impecables y adultos mayores con la piel curtida por el sol se fundían en un solo baile y saltaban al ritmo de los bombos y las trompetas como si celebraran un gol en el último minuto.
El evangelio según ‘El Tigre’: religión, familia y mano dura
Impulsado por un viento a favor que ya no solo sopla en el Caribe, se movía por la tarima con la confianza de quien se sabe ganador. El espectáculo se desplegó también por aire y agua. Una coreografía de decenas de drones se elevó sobre el Malecón, para dibujar en el anochecer consignas triunfalistas. Casi en sincronía, un planchón anclado en las aguas oscuras del Magdalena, ubicado estratégicamente en diagonal a la tarima, encendió una valla luminosa que repetía un mismo mensaje: “Ganaremos en primera”.

Abajo, lejos del lino impecable y el aire acondicionado de la tarima, la realidad era una caldera. Un sudor espeso empapaba las camisas de la Selección hasta borrar su color original. El grito de “¡agua, agua!” se mezclaba con las arengas políticas. Desde el frente, el personal de la logística lanzaba bolsas de plástico que volaban por encima de las cabezas, pero rara vez pasaban de las primeras filas, dejando a la mayoría atrás, con la garganta seca y la mirada fija en las pantallas donde aparecía el abogado.
Sobre el escenario, protegido por la misma urna de cristal que Paloma Valencia había criticado días atrás, De la Espriella se encargó de marcar distancia con sus rivales. Lanzó dardos contra la estética de Juan Daniel Oviedo sentenciando que su gobierno no será de “salchipapas, ni periodicazos”. Luego, golpeando el aire con la mano redujo su diferencia con la candidata del Centro Democrático a su masculinidad, convertida en argumento político: “Yo sí tengo cojones”, gritó.

Aunque en las calles de Barranquilla el apoyo de la casa Char es un secreto a voces, De la Espriella jugó al escapismo. No hubo nombres propios ni agradecimientos públicos para el clan que domina el asfalto que pisaba. Sin embargo, CAMBIO conoció que las piezas del evento se imprimieron con proveedores habituales de la administración local. Al cierre de su discurso, el abogado prometió que, de convertirse en el nuevo inquilino de la Casa de Nariño, su prioridad sería profundizar a nivel nacional el modelo de la capital del Atlántico.

El país que ven y sienten los abelardistas: miedo, orden y redención
Carmen Velásquez, de 65 años, llegó al Malecón tomada de la mano de su esposo y con una decisión que, dice, cambió en el último tramo de la campaña. Confiesa que su voto inicial era por Paloma, pero el aterrizaje de Oviedo en esa candidatura la hizo dudar hasta mover su preferencia. “Me encanta que Abelardo sí representa los valores de la familia. Es el único que tiene temor de Dios”, sostiene, sin soltar la mano con la que avanza entre la multitud.

Para los asistentes, las razones para ponerle la raya al tigre en el tarjetón no caben en una sola categoría. Hay quienes hablan de convicción, otros de miedo y algunos, incluso, de estética. Olga Patricia Serrano, uribista de vieja guardia, lo resume sin rodeos cuando se le pregunta qué la terminó de convencer: “Me gusta todo de él. Es un hombre bello”, dice tras reconocer que esta vez irá en contra de la voluntad del expresidente al que ha seguido durante años.
En el corazón de la multitud, el discurso de Abelardo se traduce en una lista de urgencias compartidas: recuperar un sistema de salud que sienten en ruinas, devolverle la confianza a las empresas y restaurar una seguridad que consideran perdida. “Este régimen se acabará y volveremos a ser una patria guiada por Dios”, plantea Ernesto Vásquez, mientras levanta una bandera de Israel ondeada por la brisa.

En ese ambiente cargado de fervor, donde lo religioso y lo político ya no se distinguían del todo, De la Espriella subió a toda su familia al escenario. El momento más diciente lo protagonizó su hija Francesca, quien al intentar saludar a la multitud levantó su mano izquierda. El abogado la corrigió de inmediato frente a los micrófonos, bajándole el brazo para que alzara el otro: “Con la derecha, hija; con la izquierda nunca”, le dijo.

Con una Biblia proyectada en las pantallas y el Malecón sumido en un silencio de templo, Abelardo cerró con su propular oración a la patria que terminó con una frase que gritó como juramento: “Estoy dispuesto a morir por defenderte”. Fue el último rugido del candidato que llega al 31 de mayo en empate técnico con Iván Cepeda, según la encuesta de CNC para CAMBIO, en una contienda que deja al país ante la duda de si este evangelio de mano dura será el que finalmente habite la Casa de Nariño.
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