
Febrero era verano: crónica de las inundaciones en Córdoba
Más de 81.000 familias intentan entender en Córdoba cómo el agua llegó hasta donde nunca había llegado. Las lluvias desbordaron ríos, y contra la costumbre, febrero dejó de ser verano.
Febrero era verano en Córdoba, decían los viejos. Las inundaciones que dejan a más de 81.100 familias afectadas (más de 225.000 personas), trajeron, por un lado, lo que traen las tragedias: sufrimiento, desesperación, muerte, y, por el otro, incredulidad al ver barrios y pueblos enteros bajo el agua, lanchas navegando por calles, neveras, lavadoras, colchones y cosechas flotando. Casas sin gente. Perros aferrados a techos mirando el fin del mundo. Abuelos con la corriente al pecho. Señoras evacuando y viendo hacia atrás cómo en minutos cayó lo que décadas llevó levantar. Imágenes de lo imposible. Pero el agua desmintió a la tradición —dicen— porque los ríos buscan su descarga natural, y porque el agua, aunque tenga memoria, no sabe cuándo es febrero.
Porque nunca llueve en este mes, José Rojas, del barrio El Níspero de Montería, se confió. Él, que a ratos habla sin tomar aire, fue ubicado en el albergue del Colegio Nacional. Allí estaba el jueves 12 de febrero. “Muchos nos confiamos porque la terraza era alta. Se nos llenó todo. En mi salón hay seis familias, somos dieciocho personas. Dormimos demasiado incómodos, nosotros somos tres y tenemos dos colchonetas de esas de gimnasio, muy chiquitas. Hoy pasó que el arroz estaba crudo. Estaba crudo. Hay muchos niños a los que apenas les dan dos galleticas y un vasito de colada. Es muy poco. En la cena, igual: dos galleticas y un vasito de colada. Tenía un gatico. Logré salvarlo. Lo regalé para no incomodar a la gente acá. Una amiga que vive en La Granja me dijo: ‘Tráemelo’, y se lo llevé. Se llama Titi”, relata.

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