4 Agosto 2022

De amigo a verdugo

Alfonso Carvajal publicó hace pocos días ‘Una novela posible’, en la cual acude a grandes momentos y personajes de la historia universal pero también describe las miserias y desastres del mundo de hoy. CAMBIO reproduce un fragmento de la obra.

 

Uaa novela posible'Una novela posible' es la última aventura literaria de Alfonso Carvajal, un muy prolífico narrador, poeta, columnista literario, ensayista y editor. Nació en Cartagena en 1958 y su pasión por la literatura le ha permitido estar a ambos lados del oficio, ya sea como escritor o como crítico literario, ensayista y editor.
Autor de varios libros de poesía, cuento y novela (El desencanto de la eternidad, Hábitos nocturnos, La sonata del peregrino, Ruega por nosotros), acaba de publicar con Random House su nueva novela, que gira en torno a la relación amorosa entre P y Alicia, a quienes une su pasión por la literatura. Este hecho le sirve de pretexto para referirse a diversos episodios y personajes de la cultura universal, pero también devela la miseria del mundo de hoy, en manos de dirigentes políticos cada vez más frívolos y corruptos, en el que el arte abre -como lo ha hecho desde siempre– un espacio de esperanza.
A continuación se reproduce un fragmento de la novela.
 

P y el fiscal
La noche era ancha y turbia. P bajó por la calle once. Antes de llegar a la carrera tercera, observó una especie de palacete neogótico en la calle del Sol, sumergido en las tinieblas. El diseño se le reconoce al arquitecto italiano Giovanni Buscaglione; en su niñez conoció a san Juan Bosco, en Egipto y Turquía construyó colegios salesianos para luego instalarse en Bogotá. Primero fue un monasterio o convento, hasta que el fogonazo del 9 de abril lo dejó en ruinas. En 1953 el general Rojas Pinilla lo restauró y lo convirtió en la nueva sede del Servicio de Inteligencia de Colombia. Se rumora que en sus sótanos torturaban comunistas, anarquistas sin partido y la chusma alzada. En 1957, cuando fue derrocado el general, empezó a funcionar como una estación de policía, y así permaneció hasta 1970.
En la esquina, un hombre trigueño se atravesó en su ruta. Era de mediana estatura, flaco, de nariz aguileña, vestía un ceñido traje café y un sombrero tipo Borsalino apretaba su cabeza. P se dio cuenta de que no había sido una casualidad. El hombre de voz militar arreció, “queda usted detenido”.
—Yo, ¿por qué?
Por rutina.
—¿Y eso qué significa?
No pregunte, muévase.
Doña Rutina atrapó a P y lo condujo al edificio de tres pisos. La puerta era una gran reja metálica, en la mitad del patio una fuente de agua, un enmarañado rosal y unos palos de brevo cortaban la atmósfera. Una especie de celdas y oficinas bordeaban el primer piso. En una pequeña recepción lo abordó un policía con signos de trasnocho, de hondas ojeras y actuar mecánico.
—Su certificado de nacimiento, por favor.
—No tengo —afirmó P, atónito.
—Entonces la cédula.
Entregó la cédula. El policía anotó unos datos y se la devolvió.
—¿Qué hago acá?
Todavía no lo sabemos.
—¿Rutina?
El policía lo miró con desagrado. Como si hubiera escuchado una broma a ras.
—Detective Martínez, lleve al señor P a un calabozo.
A un calabozo…
—Es rutina nomás.
El hombre de traje café lo acompañó a un cuarto de rejas grises y cuarteadas por el óxido. En el interior había una mesa de madera y un par de sillas. P se acomodó en una silla.
—¿Y ahora qué?
—Esperar —dijo Martínez, y se retiró.
Las paredes eran blancas, y el recinto poseía la humedad y el abandono de una dependencia oficial. Era una habitación con el techo alto y una pírrica luz alumbraba el encierro. Hacia la calle una ventana redonda, ubicada a dos metros de altura, dejaba entrar los rayos de una pálida noche. Qué absurda suerte, pensó P. A la media hora se oyeron quejidos, grititos de dolor, que lo exaltaron. Tenues, sospechosos.

La ambigüedad es una forma de tortura, recaló. La ausencia de culpabilidad es una soga en el cuello. ¿Cuál era el delito? Esos sabuesos emergidos de la nada escarbaban en sus inconscientes, en algo tan irreal como esa noche en la calle del Sol.


—Detective Martínez —exclamó P.
—¿En qué puedo servirle?
—¿Qué son esos gemidos?
—Debe ser una fiesta aquí en la vecindad —y desapareció de su vista.
P se atafagó de dudas. Todo era tan incierto, su detención, el silencio de las autoridades, los grititos de los vecinos, y qué hacía él ahí. En el umbral apareció Martínez, con unos papeles.
—¿Qué oficio o profesión tiene?
—Soy escritor.
—Escritor ¿de qué?
—De ficciones.
—¿Qué es eso?
—Pues, escribir historias que no existen. Hacer copias de la realidad.
—¿Darles vida a los muertos? —interrogó Martínez, mientras anotaba.
—También —respondió P.
Otra vez estaba solo, la luz era escasa y el silencio dictatorial. Ante la austeridad de los hechos un vacío copó su mente. Recordó a K, cuando afirmó que no conocía la ley, y uno de sus fantasiosos verdugos le imputó: “Pronto la conocerá. A Elizabeth Costello unos jueces impúdicos le preguntaron por qué escribía, y ella, parodiando a Aristóteles, trinó que realizaba imitaciones. La ambigüedad es una forma de tortura, recaló. La ausencia de culpabilidad es una soga en el cuello. ¿Cuál era el delito? Esos sabuesos emergidos de la nada escarbaban en sus inconscientes, en algo tan irreal como esa noche en la calle del Sol. Se rio, pues allí solo habitaban oscuridades, sueños y retazos de vida en un caos que anhelaba ser armónico. Ninguna pesquisa encontraría algo. La creación no tenía certezas, se tranquilizó.

Alfonso Carvajal.
Alfonso Carvajal.


—Señor P —dijo Martínez, borrando sus pensamientos—. El fiscal delegado Duque atenderá su caso.
—Duque, ¿sabe cuál es su nombre?
—Francisco —respondió Martínez.
Un escalofrío recorrió a P. Un converso es más peligroso que un fundamentalista, pues defiende con ahínco y recelo el nuevo ideal que representa. El pasado revolvió sus pensamientos. Rememoró cómo él y Francisco habían lagrimeado con el triunfo del No, en un país quebrado por la desigualdad y la barbarie. “Alfredo Molano tenía razón, no hemos podido superar el 9 de abril”, le había dicho el ahora fiscal, nutrido en sollozos. Que la guerra derrotara a la paz en las urnas era una arbitrariedad. Duque traía a cuento una anécdota de Pedro Gómez Valderrama para resumir el fatum colombiano. La corrida ocurrió dos semanas antes del viernes 9 de abril de 1948; la plaza de Santamaría estaba hasta los cogotes. El último toro no tenía brío, mansurrón, invitaba al bostezo. “En el momento de la muerte, y después de ocho o diez pinchazos, el público ardía de ira. Un espontáneo se lanzó al ruedo. Después cuatro, cinco, diez, hasta que el público entero se volcó sobre la arena. Todos se lanzaron sobre el toro, y poco a poco fueron despedazándolo vivo, mientras se oían sus terribles gemidos. Unos arrancaron las orejas, otro la cola hasta que el animal quedó descuartizado en vida por el público”. Una metáfora cruel del país que les tocó por decreto.

El pasado revolvió sus pensamientos. Rememoró cómo él y Francisco habían lagrimeado con el triunfo del No, en un país quebrado por la desigualdad y la barbarie. 'Alfredo Molano tenía razón, no hemos podido superar el 9 de abril', le había dicho el ahora fiscal, nutrido en sollozos. Que la guerra derrotara a la paz en las urnas era una arbitrariedad.


Habían hablado de los cuentos de Borges y Rybeiro, de Zweig, de ilustrar la realidad con otras fuentes. Un día Francisco desapareció del diálogo y de la atmósfera crítica. P le escribió: ¿Qué pasa? Estoy con… Se había cambiado al partido del No. ¿Se replegó o huyó? Un asunto es la amistad y otro las convicciones, le refutó, perplejo, P. Duque refunfuñó, el candidato es un tipo decente. Me preocupa el fango que lo rodea, acotó P. Fue la última conversación que tuvieron los dos amigos. Esa transferencia ideológica solo podía tener un mote: ansia del poder. Francisco Duque llegó a ese escenario. Entre carambolas, rodeos, contradicciones, terminó de fungir lo que tanto aborrecía. Una pérdida para la patria, no, pensó P, una pérdida para él mismo. Ahora, detenido, sin ninguna causa, esperaba al fiscal Duque. De qué podrían hablar, de qué migas sería el interrogatorio. Qué máscara llevaría puesta. En un momento dudó quién era quién, se le trocaron los nombres, los rostros, las innombrables gallardías, si lo visitaría Francisco o el presidente. Eran ramas del mismo árbol, partículas del mismo caño. La noche transcurría entre los gritos de dolor, ya no le parecía que escurrían del vecindario, sino de un lugar subterráneo, ¿de un sótano? Su cabeza era una mazmorra de especulaciones.
—Señor P, el fiscal Duque no puede acudir, se le presentó algo más importante en una isla del Caribe —lo interrumpió Martínez.
—Menos mal.
—Puede irse.