19 Agosto 2022

De Carlos Lehder a Otoniel, 40 años de historia de la extradición

Ya está en librerías ‘Extradición -De Lehder y los Rodríguez a Otoniel- Cuarenta años de guerra contra las drogas’, escrito por María Elvira Samper. CAMBIO reproduce el prólogo, escrito por Sandra Borda.

Extradición

La extradición es un instrumento judicial diseñado en un principio como mecanismo de cooperación judicial con los Estados Unidos para la lucha contra las drogas y que con el paso de los años saltó la frontera de “lo judicial” para internarse en el terreno político. En los últimos tiempos este mecanismo ha servido para sacar de Colombia a grandes capos, lo que ha sido un obstáculo en la búsqueda de verdad, justicia y reparación.
La reconocida periodista María Elvira Samper acaba de publicar Extradición - De Lehder y los Rodríguez a Otoniel - Cuarenta años de guerra contra las drogas, un relato pormenorizado de los últimos 40 años de la historia de Colombia, contada alrededor de este mecanismo jurídico y la manera como ha impactado en diversos órdenes de la realidad colombiana..
María Elvira Samper, filósofa y politóloga de formación, ha sido, entre otros cargos, jefe de redacción, subdirectora y directora periodística de la revista Semana; directora del Noticiero de las 7, codirectora del Noticiero QAP, y editora general de la revista Cambio. En la actualidad forma parte del equipo periodístico de RCN Radio.
CAMBIO reproduce el prólogo de Extradición, escrito por la destacada académica Sandra Borda, profesora asociada del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes.

María Elvira samper
María Elvira Samper.


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Prólogo

Por Sandra Borda
En nuestro país es imposible entender la dinámica de la política, la evolución de la política exterior y las estrategias de lucha contra el crimen organizado sin hacer referencia al espinoso asunto de la extradición. La extradición es una figura que atraviesa transversalmente una buena parte de la torturada historia de nuestro país durante la segunda mitad del siglo XX. Aún hoy sigue siendo protagonista del proceso político colombiano y de nuestra relación con Estados Unidos. De hecho, es incluso posible sugerir que este instrumento jurídico ha estado en el centro y ha sido el hito fundamental de nuestra eterna y fallida lucha contra las drogas.

La extradición ha sido el casus belli central de los encuentros y desencuentros que han demarcado el devenir de los vínculos bilaterales entre Washington y Bogotá. En otras palabras, entender el recorrido de las definiciones e indefiniciones alrededor de la extradición y la naturaleza del diálogo político y estratégico que ha tenido lugar alrededor de este mecanismo es de vital importancia para dilucidar la lógica de la política para combatir las drogas ilícitas. Comprender las tripas del diseño y la formulación de la parte más importante de nuestra política exterior, la relación bilateral con Estados Unidos es imposible sin desentrañar los conflictos e ires y venires del asunto de la extradición.

Paradójicamente, a pesar de la importancia del tema de la extradición en el devenir histórico de la Colombia contemporánea, han sido escasos los esfuerzos por contar esa historia y reconstruir el recorrido político del desafío que ha representado ese mecanismo para el país.
En buena hora María Elvira Samper asumió la labor de llenar este vacío. Este libro es una herramienta fundamental para entender todos los dilemas y las contradicciones de la dimensión nacional e internacional de nuestra lucha contra las drogas.

En la discusión política y legal sobre el tema de la extradición se combinan todas las preguntas, todas las inseguridades y todas las confusiones que han caracterizado la forma de relacionarnos, como sociedad y como Estado, con las drogas ilícitas. La tensión, tanto legal como política más sobresaliente e interesante es aquella que existe entre las posiciones soberanistas y aquellas que denominaré globalistas. De un lado, los soberanistas arguyen que un Estado soberano debe preservar y defender su derecho a juzgar a sus propios ciudadanos, bajo las reglas del juego en materia de castigos y procedimientos que contemplan sus propias leyes. Las versiones más nacionalistas le imprimen un toque de dignidad a esta interpretación e invocan constantemente el derecho a la no intervención y a la autodeterminación. A esta posición, como lo describe la autora con precisión, se han acercado diversos actores por principio o por puro oportunismo: desde las convicciones autárquicas del centro-izquierda nacionalista, hasta los miembros de los carteles de la droga que insisten en su preferencia por una cárcel “en casa”.

De otro lado, los globalistas creen en que, tratándose de un delito en esencia transnacional como el narcotráfico, no tiene mucho sentido pensar en formas de judicialización y otorgamiento de castigos puramente nacionales. De hecho, la lucha contra el narcotráfico tiene más posibilidades de éxito si se mueve a través de las fronteras y trabaja sobre la base de la cooperación internacional. Al final, así mismo opera el delito del narcotráfico; se trata de jugar con sus mismas reglas. Además, la debilidad del sistema judicial colombiano y su vulnerabilidad ante el inmenso poder corruptor de las mafias hace que defender la posición nacionalista termine siendo tan solo otra forma de asegurarle impunidad a los narcotraficantes. La extradición, según este último argumento, es casi una forma de “outsourcing” de nuestro propio sistema de justicia, débil, corruptible y manipulable.

En buena hora María Elvira Samper asumió la labor de llenar este vacío. Este libro es una herramienta fundamental para entender todos los dilemas y las contradicciones de la dimensión nacional e internacional de nuestra lucha contra las drogas.

Lo que demuestra el recorrido histórico, riguroso y escrupuloso, que reconstruye María Elvira Samper en este libro, es que, en los momentos de mayor asedio del poder del narcotráfico, en los momentos de mayor recrudecimiento de su violencia en contra del Estado y de la ciudadanía, han sido los momentos en los que el argumento globalista, por pura y física indefensión y miedo, ha tendido a prevalecer. Pero cuando el equilibro de fuerzas entre el Estado y las mafias es más claro o aquellas coyunturas en las que el Estado ha tendido a ganar la partida, entonces tiene lugar una suerte de actitud envalentonada de la clase política que le permite al Estado colombiano defender con más contundencia su poder y su capacidad de juzgar a sus propios delincuentes.

Durante las etapas más álgidas de la guerra contra los carteles y ante una inmensa y latente debilidad del Estado colombiano, la extradición fue la espada de Damocles que pendió sobre los narcotraficantes, que arrinconó y puso a la defensiva a esos grupos ilegales.

Si uno quiere, incluso puede presionar un poco más este argumento y sugerir que la extradición es un mecanismo que adquiere valores políticos y legales muy variados dependiendo de la coyuntura en la que una discusión sobre su validez tiene lugar. Recientemente, durante las negociaciones de paz, la posibilidad de que los miembros de las Farc fuesen pedidos en extradición por su participación en delitos relacionados con el narcotráfico estuvo sobre la mesa y al igual que la eventual repatriación de Simón Trinidad. La extradición pudo haber sido un obstáculo insalvable para el proceso de paz porque como lo sugirió el expresidente Santos: “No creo que ningún guerrillero vaya a entregar las armas para ir a morir a una cárcel norteamericana” y no lo fue, al contrario, el que Estados Unidos o el gobierno colombiano no la invocaran contribuyó al éxito de las negociaciones.

Este libro narra cómo, en distintos momentos, Colombia debatió álgidamente su decisión de extraditar o no hacerlo y cómo varios gobiernos optaron por no extraditar en diversas ocasiones a pesar de las presiones estadounidenses y de otros sectores que recibieron constantemente.

Pero la extradición, paradójicamente y a pesar de ser contemplada como una forma extrema e ineludible de judicializar y castigar, más recientemente se ha convertido en una forma de evadir responsabilidades no relacionadas con narcotráfico sino más bien con violaciones a derechos humanos y otros delitos que es muy posible que nunca lleguemos a conocer. En un giro irónico, quienes antes decían que preferían una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos, buscan ahora llegar a acuerdos con la DEA y los fiscales para que sean extraditados lo más pronto posible. Además, algunos de sus antiguos aliados locales, enquistados aún en el Estado o en la clase política, buscan activamente que se les envíe a esos destinos para evitar comprometedoras declaraciones, testimonios y pruebas que develen su complicidad.

Después de la extradición de Salvatore Mancuso y otros miembros de las Autodefensas Unidas de Colombia en el 2008, sólo cinco de los treinta extraditados siguieron cooperando con la justicia colombiana para esclarecer la verdad. Uno de ellos fue Mancuso, pero después de un tiempo dejó de hacerlo. Esto impidió la reparación integral de las víctimas. Además, y a raíz de la extradición, Justicia y Paz perdió credibilidad. A pesar del esfuerzo colombiano, a los paramilitares solo se les juzgó en Estados Unidos por las actividades de narcotráfico hacia ese territorio, lo cual perpetuó la idea de que no responderían por los múltiples delitos cometidos en territorio colombiano.

Finalmente, la extradición impidió que los extraditados cooperaran en procesos por corrupción o violaciones de los DDHH. Las investigaciones adelantadas por fuera de Justicia y Paz también quedaron bloqueadas.

Los esquemas de cooperación con la justicia usados en Estados Unidos han permitido a los delincuentes pagar sus penas, y una vez lograda su liberación han podido evadir a la justicia colombiana. Hoy gozan de su libertad en el exterior con solicitudes de asilo y permisos indefinidos de trabajo.

Finalmente, y durante las etapas más álgidas de la guerra contra los carteles y ante una inmensa y latente debilidad del Estado colombiano, la extradición fue la espada de Damocles que pendió sobre los narcotraficantes, que arrinconó y puso a la defensiva a esos grupos ilegales. Tal era el temor que le tenían a pagar una condena por narcotráfico en cárceles estadounidenses, que su arremetida violenta contra el Estado y contra la sociedad colombiana fue tan solo proporcional a su miedo y a su temor reverencial frente a la justicia de la potencia.

Así las cosas, y como lo ilustra María Elvira Samper a lo largo de este libro, la extradición dista mucho de ser una herramienta legal cuya aplicación sea procedimental y de trámite. Al contrario, se trata de un instrumento político usado para servir a muy diversos objetivos. No es simplemente un arma para imponer justicia, puede ser un atajo para proveer impunidad; es simultáneamente una demostración de la debilidad de nuestro Estado y de nuestro sistema de justicia, y un despliegue de estoicismo y resistencia de una sociedad y unas instituciones agobiadas por la violencia del narcotráfico y dispuestos a aguantar un recrudecimiento de esa violencia con tal de hacer desaparecer en el confín de las cárceles de alta seguridad estadounidense a sus autores. La extradición es, al mismo tiempo, un síntoma de cansancio y fatiga, pero también de decisión y valentía.

Por esa misma razón es posible que el significado político y social de la extradición haya cambiado tanto con el paso del tiempo. Si en el pasado era el origen de todos los miedos de los carteles del narcotráfico, hoy la extradición se convirtió en una herramienta mucho más amigable y a la que se le teme menos. Los esquemas de cooperación con la justicia usados en Estados Unidos han permitido a los delincuentes pagar sus penas, y una vez lograda su liberación han podido evadir a la justicia colombiana. Hoy gozan de su libertad en el exterior con solicitudes de asilo y permisos indefinidos de trabajo. La resistencia vehemente y violenta hacia la extradición prácticamente ha desaparecido del modus operandi criminal en Colombia.

Finalmente, quisiera resaltar una idea que desafía la percepción popular de que la extradición ha sido un mecanismo impuesto por Estados Unidos y que Colombia no ha tenido ningún margen de acción frente al funcionamiento de la misma. Si bien no hay que llamarse a engaños y pensar que en el proceso de negociar el mecanismo y su uso ambos países han tenido la misma capacidad e influencia, creo que tampoco es acertado irse al extremo contrario y sugerir que Colombia se ha quedado prácticamente sin poder de decisión en este tema y que Estados Unidos unilateralmente decide siempre quién, cómo y bajo qué términos se extradita.

El recorrido analítico que aquí nos presenta María Elvira Samper demuestra que la realidad sobre la extradición se halla en algún lugar en medio de estas dos premisas aparentemente excluyentes. Este libro narra cómo, en distintos momentos, Colombia debatió álgidamente su decisión de extraditar o no hacerlo (por ejemplo, creo que uno de los momentos más elocuentes fue el de la Constituyente que aquí se narra en detalle) y cómo varios gobiernos optaron por no extraditar en diversas ocasiones a pesar de las presiones estadounidenses y de otros sectores que recibieron constantemente. Claro, jamás fue una discusión libre de presiones y coerción por encima y por debajo de la mesa, pero en política difícilmente alguna discusión se da libre de intereses, aspiraciones y mucho menos cuando está en juego el dilema de hacer justicia contra los más sanguinarios y poderosos criminales.

En el futuro el estudio de la política colombiana de los últimos cincuenta años tendrá mucho que agradecer al juicioso y exhaustivo trabajo de la periodista, cronista e historiadora María Elvira Samper. Este libro es una piedra angular para todo el que quiera, desde la orilla de la academia o desde la óptica del lector interesado en la realidad nacional, entender cómo se interceptan e interactúan el fenómeno del narcotráfico con la dinámica de las políticas públicas, el funcionamiento de las instituciones y las realidades, muchas veces amargas, de nuestra democracia.