13 Noviembre 2022

Iluminados somos todos

Reflexiones de una novelista chilena en torno a la novela 'Los Iluminados' de Héctor Hoyos, publicada este año por Tusquets, que narra la historia de un grupo de estudiantes de colegio que buscan sabotear a la sociedad.

 

Portada IluminadosPor Cynthia Rimsky (*)
Cuando Héctor Hoyos me contó que su novela se llama Los iluminados me acordé de Los endemoniados de Dostoyevski Los soñadores de Bertolucci, Los siete locos de Roberto Arlt. En todas estas obras un grupo reducido, con reglas claras y estrictas de funcionamiento colectivo, intentan llevar a cabo un sabotaje contra la sociedad, y para eso deben pasar del pensamiento al acto. De esto se trata al fin y al cabo, de cuánto están dispuestos a arriesgar los temerarios por sus sueños.
Los iluminados se inserta en esa tradición literaria. Con una salvedad. Los que pretenden tomar el poder son jóvenes y jovencitas de 13, 14 años de un colegio católico de Bogotá. Por haber leído las obras que mencioné, antes de dar vuelta la primera página, se intuye que difícilmente llegarán a conseguirlo; pese a ello, o quizás por ello, no es posible dejar de leer la epopeya que está por comenzar. Quizás, tal vez, existe una un mínimo chance de que la locura triunfe por sobre la cordura y la razón.

La pregunta por lo que está pasando en Colombia queda sin respuesta. Es una de las apuestas que hacen que el libro se despegue de su referencialidad y de la posibilidad de un realismo mágico, y es que no hay respuestas, en todo el libro.


Héctor crea una ideología, un lenguaje, una organización, líderes, enemigos más o menos poderosos, tácticas de combate y convencimiento. Es este trabajo artesanal de construcción de un mundo subversivo, sobre todo a nivel de lenguaje, lo que resulta más apasionante. A los iluminados no parece bastarles una sola palabra, combinan de a dos y con mayúsculas; gráficamente parecen pilares. Elementos Reveladores, Crisis de Realidad, Saltos Cualitativos, Regresiones Temporales, Apatía Militante. Palabras que podríamos rastrear hasta Wittgenstein, la izquierda, la guerrilla, el catolicismo, el fascismo, la vanguardia literaria, incluso, Bolaño. Una mezcla explosiva.
Imagino que habiendo nacido y estudiado en Colombia tuvo que haber sido un desafío para Héctor mantener la novela del lado de la ficción, teniendo en cuenta que transcurre en Bogotá, con antecedentes como el asalto al Palacio de Justicia, los bombardeos donde mueren niños, la existencia del Esmad, que es la fuerza antimotines, y que está dentro de la novela. Incluso hay una parte en el libro donde se refiere a esto. «Volví a increparlo y le dije, palabras más o palabras menos, qué estaba pasando realmente en el colegio, y de paso, si tenía algo que ver con lo que estaba pasando en Colombia».
La pregunta por lo que está pasando en Colombia queda sin respuesta. Es una de las apuestas que hacen que el libro se despegue de su referencialidad y de la posibilidad de un realismo mágico, y es que no hay respuestas, en todo el libro. Ninguna.
Lo que hay son dudas y temeridad.

Héctor Hoyos
Héctor Hoyos.


El narrador de esta aventura es el Nuevo. Lo hace a partir de los materiales que le da el Negro y otros que se agencia él mismo de sus compañeros y compañeras: cuadernos, apuntes, hojas sueltas que escriben mientras asisten a clases. El Nuevo es un narrador y, al mismo tiempo, un lector de los materiales que se van produciendo mientras se toman el colegio. Hay cartitas de amor, pensamientos íntimos, deseo, problemas con los padres. Si escogen al Nuevo como narrador, no es por ser el más antiguo o el que más sabe. Él es el último en convertirse en un iluminado. Puede contar porque se está convirtiendo ante nuestros ojos. Eso lo vuelve cercano, lo seguimos, cruzamos los dedos para que lo logre.
«Aunque Nuevo —me dijeron— también eres uno de nosotros». «Yo todavía no me lo creía, o a lo mejor esperaba que me pasara algo, no sé, físico: un escalofrío por lo menos. De pronto veían en mí algo que yo todavía no descubría. ¿Ya era o no era, en ese momento? Ahora lo sé (que en la Iluminación habría de hacer mi casa), pero no sabía cuándo». «Nosotros los Iluminados no vemos las cosas como parecen, sino como son. Por eso somos Iluminados. Hablamos de ver y no de entender, porque no se trata de entender, sino de ver. Esta explicación sí hay que entenderla, pero nuestro modo de ver el mundo hay que experimentarlo; es decir, hay que ver el mundo como nosotros lo vemos para entender. Primero ver, luego entender».
En este grupo no vamos a encontrar ideas rígidas, autoritarias. Hay dudas, muchas, torpeza, mucha, y un humor desacralizador de grandes verdades. Son los procedimientos que usa Héctor para romper esa verdad inherente al estado de iluminación. «Padre —le dije en susurros, como concediéndole un secreto de confesión—: imagínese que yo creo en el Gran Masmelo». «Señalé a mi pecho y al dije blanco». «Yo creo que al morir todos vamos a ir a parar al Gran Masmelo, y que nuestros cuerpos se volverán pasta blanca, jugo blanco, se irán consumiendo en su interior mullido hasta volvernos uno con él.—Convénzame de lo contrario, Padre».

Héctor Hoyos crea una ideología, un lenguaje, una organización, líderes, enemigos más o menos poderosos, tácticas de combate y convencimiento. Es este trabajo artesanal de construcción de un mundo subversivo, sobre todo a nivel de lenguaje, lo que resulta más apasionante.


Las acciones que llevan a cabo los iluminados para conseguir sus propósitos son desopilantes. No dejan de ser niños con una aguda capacidad de invención. El teatro del colegio donde ensayan se convierte en un laboratorio. Da la idea que la novela misma es un laboratorio en el que Héctor ensayó esta toma del colegio o esta toma del mundo por los y las jóvenes.
Al final quienes se toman el colegio deberán enfrentar a una fuerza policial descomunal. Héctor encuentra un procedimiento que hace creíble que dos fuerzas tan dispares se puedan enfrentar, tal vez porque los sueños, esos que tuvimos en la infancia, nunca se fueron del todo. En un combate como el que tienen los iluminados con la Policía, el sueño no puede triunfar, pero ello sí permite que cada joven y jovencita descubra y actúe su deseo; logran desenmascarar a los adultos, civiles o militares, dispuestos a sacrificar a un pequeño grupo de iluminados para restablecer el orden, incluso del lenguaje.


(¨) Novelista y cronista chilena radicada en Buenos Aires. Sus títulos más recientes son La vuelta al perro (Tenemos las Máquinas) y Yomurí (Random House Chile), ambas publicadas este año.