22 Abril 2022

David Vélez: del Valle de Aburrá a Silicon Valley

"No se puede tapar el sol con un dedo: si no se transforman quedarán como las tiendas Blockbuster que no creyeron que Netflix cambiaría la industria de las películas. En diez años, probablemente, no existirán”, afirma David Vélez sobre los bancos tradicionales.

Crédito: Foto: Reuters

El fundador y CEO de Nubank viene de una familia de marroquineros paisas muy exitosa en los negocios. Sin embargo, él no siguió el negocio familiar y, por el contrario, creó un negocio millonario basado en los problemas de los bancos tradicionales para darle la vuelta y crear un banco digital que hoy es considerado una de las 100 empresas más influyentes del mundo, según la revista Time. Esta es su historia.

Por: Eccehomo Cetina

Con 35 millones de habitantes y una densidad poblacional de 8.103 personas por kilómetro cuadrado, todo en la metrópoli brasilera de São Paulo es enorme, convulso y altamente competitivo.

Entre la selva de rascacielos del centro de la ciudad riñen compañías fuertes y nacientes, conglomerados grandes y medianos, en una lucha sin tregua por la supervivencia dentro de un área de mil 522 kilómetros cuadrados, donde casi siempre sobrevive el más enorme y poderoso. Allí no hay espacio para enclenques o pequeños.

Aunque tal descripción pudiera confundirse con una reseña darwinista de una de las ciudades más pobladas del planeta, en efecto aquella fue la urbe hostil y caótica que habitó el colombiano David Vélez en 2013, cuando decidió alquilar una modesta casa de dos pisos en la Rua California 492 de São Paulo, y abrir su propia empresa de servicios financieros para competir contra los cinco bancos que acaparaban ese sector en Brasil y que controlaban las cuentas de 150 millones de clientes.

La casa verde pistacho de sala pequeña, una cocina, tres baños y una escalera central que conduce a los cuartos superiores, no auguraba ninguna posibilidad de éxito. Tampoco los primeros empleados de la nueva empresa –jóvenes con más ganas que currículo—, quienes llegaban a instalar su escritorio de mesas y taburetes donde aún hubiese espació libre, hacían presagiar que  aquel sitio fuese el banco con la capacidad de competir o de imponerse a los depredadores mastodónticos de aquella selva financiera.

El cerebro de aquella aventura era el colombiano David Vélez. Tenía entonces treinta años, una carrera en la Universidad de Stanford y un par de trabajos anteriores entre los que se destacaba su paso por el fondo de inversión de Sequoia Capital, como toda experiencia para defender la máxima de su familia de empresarios antioqueños: sea emprendedor y abra su propio camino.

En esas estaba un año atrás, en 2012, cuando en su intento por honrar la proclama de su clan, quiso abrir una cuenta para solicitar un préstamo, pero fue inspeccionado de tal modo por los vigilantes, que al final quedó atrapado en la puerta de seguridad del banco en pleno centro de São Paulo. “Aquel sitio—recordaría años después en las conferencias de éxito que acostumbra a ofrecer alrededor del mundo—parecía el ingreso a una cárcel y yo un delincuente, no un cliente”.

Allí, vencido por los protocolos de seguridad de un Goliat bancario, este David tuvo por primera vez la determinación irrefrenable de crear su propio banco para competir con gigantes como aquel y, por qué no, vencerlos.

David Vélez
Hoy Nubank está presente en seis países (Brasil, México, Estados Unidos, Alemania, Argentina y Colombia), cuenta con seis mil empleados y 54 millones de clientes. Hace un año, cuando abrió la operación en el país, justo en Medellín, había cumplido treintaiun años de su largo y voluntario exilio familiar. Foto: Reuters.


Del cuero a un banco desnudo

Su fórmula debía ser simple y efectiva: crear un banco totalmente digital, sin tarifas caras, sin burocracia ni sucursales como las viejas y conocidas corporaciones, y, sobre todo, con una atención humana y servicios sin letra menuda. En suma, debía ser en aquella jungla de gigantes un ejemplar ágil, afectivo y capaz de ofrecer servicios financieros no solo para ganar sino además, para solucionar los problemas de la vida.

Por esta vía, desnudó la verdad que la opinión pública tenía sobre los bancos y capitalizó la rabia y el descontento que los clientes brasileños sentían contra estas empresas para evolucionar en aquel ámbito hostil. Entonces, dos palabras aparecieron en su mente: Nu (desnudo en portugués) y bank (banco).

La “enemistad”—como David Vélez prefiere llamarla—entre los clientes y sus entidades financieras lo inspiró para diseñar nuevos productos, desarrollar tecnología e impulsar la ciencia de datos, todo gracias a las ganas y el talento de sus empleados recientes que comenzaron a poblar aquella casa bajo una divisa de color morado, el de la magia y la elegancia, que llegaría a tener 30 millones de usuarios en los siguientes años.

Así nació Nubank, una start-up o compañía emergente de más de mil millones de dólares cuya denominación en Silicon Valley sería en adelante la mejor alegoría zoológica en aquella selva hostil de pesados colosos a donde había llegado a imponerse un unicornio. 

David Vélez había alcanzado a una cima insospechada y difícil de superar incluso para la nutrida Saga de tías y tíos hábiles y talentosos en el ámbito empresarial antioqueño, entre quienes aprendió la mística por los negocios desde sus primeros años en Medellín.

Medellín
David Vélez se mueve entre Medellín, su ciudad natal, y Sao Paulo. Foto: Eccehomo Cetina.

Nacido el 2 de octubre de 1981 en el Valle de Aburrá, el pequeño David no conoció otra forma de economía empresarial que no fuera la de su clan, auténticos ejemplares alfas en una selva local de marroquineros, dedicados a la confección de artículos de cuero, zapatos, bolsos, herrajes y ropa deportiva.

Vélez

Treintaidós años después, David Vélez, no olvida aquella primera facultad de negocios que fue Multiherrajes, la empresa de su padre, cuando se dirige a auditorios ávidos de conocer las claves del éxito: “un día le dije a mi papá que quería ser gerente—confiesa con orgullo—y él me dijo: usted va a ser emprendedor, va a abrir su propio camino y esa es la forma de tener el control. No va a marcar tarjeta como gerente, no va a depender de nadie”.

No fue un presagio de los que suelen tener los padres por sus hijos para alentar la buena fortuna; era un dictamen inapelable que comenzó a comprender y a grabarse para siempre en su cabeza, a medida que desempeñaba el oficio repetitivo de separar los botones defectuosos de los de buena calidad, que le había encomendado su padre.


Negocios de familia

Con las empresas forjadas por sus tíos, el obediente David tenía modelos fabulosos para seguir. Por lo menos nueve de esos once parientes hacían parte a principio de los noventas de una dinastía prestigiosa en el mundo de los negocios.

Desde 1975, los hermanos Clemencia, Javier y Luis Fernando habían expandido su compañía de calzado y accesorios de cuero, inspirados en el diseñador italiano Francisco Bosi, de quien, además, tomaron el apellido para crear las tiendas Bosi. A esta rama, la buena fortuna los premió cuarentaicuatro años después. En 2019, de acuerdo al portal de América Retail, las ventas de Comercializadora Baldini, Alcántara Asociados y Artesa—propietarias de Bosi—llegaron a 229 mil millones de pesos.

Bosi

También, gracias a la industria del cuero, su tío, Juan Raúl Vélez, logró llevar a la cúspide a Cueros Vélez treinta tres años después, con ingresos que en 2019 alcanzaron los 508 mil 316 millones de pesos. Mientras tanto, dos tíos más, Alfonso y Mauricio, hicieron fortuna en la industria de los herrajes con la marca Creatum a lo largo de treintainueve años de fatigas, tras los cuales han logrado proveer de insumos metálicos a la industria marroquinera colombiana.

Sin embargo, su tía Marcela, es tal vez la que más lejos ha llegado en las marcas de alto diseño con las carteras de cuero M2Malletier, más conocidas en las sofisticadas tiendas europeas que colombianas. A Marcela Vélez y su socia, Melissa Losada, les tomó diez años el éxito empresarial.

El influyente círculo familiar lo cierran sus tíos Federico y José, dueños de las tiendas de ropa deportiva Safetti y Enjoy, abiertas en 2005 con una monja en bicicleta (Madonna Buder) como símbolo. A estos tíos de David, les tomó diecisiete años triunfar en el negocio y hacer parte del selecto pelotón de los Vélez González, ubicados, de acuerdo a América Retail, en el cuarto lugar de los diez empresarios más influyentes en la moda del país.

Por tal razón, el logro de David Vélez en diciembre de 2021 con la entrada de Nubank a la bolsa de Nueva York—que lo convirtió en el hombre más rico de Colombia al valorar su banco digital en 45 mil millones de dólares—fue catalogado por los medios nacionales como uno de los ascensos de fortuna más vertiginoso de la historia nacional.

Ser el hombre más rico del país, destronando a Luis Carlos Sarmiento Angulo y, por supuesto, a los Gilinski, y estar entre los quinientos más ricos del mundo en menos de veinticuatro horas hizo palidecer los esfuerzos y los guarismos de ganancia de su propia casta de tíos en la que se formó y a quienes su fortuna, de lejos menor que la suya, les tomó forjarla entre cuarenta y diecisiete años.


Del Valle de Aburrá al Silicon Valley

El periplo enunciado puede parecer un cómico asunto de fábula, pero es en verdad un trayecto extraordinario que demuestra hasta qué punto las reglas del emprendimiento en el mundo se han transformado.

Y hacía allí comenzó a emigrar el pequeño David, cuando su familia, pese a la prosperidad que rodeaba a su padre con la empresa de Multiherrajes, decidió emprender camino hacia Costa Rica, huyendo de un peligro inminente.

Una empresa criminal que también tenía su sede en Medellín ya era la más poderosa del mundo, y su capo o presidente, Pablo Escobar—el hombre más rico del planeta en ese momento, según la revista Forbes—estaba arrasando con los cimientos del país en una guerra sangrienta de sicarios y bombas.

En Costa Rica hizo el bachillerato y desarrolló su primer emprendimiento levantando un rebaño de vacas que con los años le sirvió para costear parte de su carrera de administración e ingeniería en la Universidad de Stanford, en el mítico Silicon Valley de California.

Sin embargo, con veintidós años, David Vélez, se llenaría en aquel valle de más dudas y lágrimas que respuestas. “La verdad, en Stanford no sabía por donde empezar, estaba un poco confundido, no sabía cómo era la industria ni sabía cómo construir un negocio”, dice a quienes aún se resisten a creer la máxima de que “lo que natura no da Salamanca no presta”.

El nombre de California, lo que allí aprendió y los contactos que le permitieron trabajar en Nueva York en Morgan Stanley, General Atlantic y, después, en Sequoia Capital, no solo lo orientaron para encontrar la fórmula de su futuro negocio, sino que marcaron el camino del retorno a sus orígenes. De Sequoia que lo envío a Brasil, mientras estudiaba un MBA en Stanford, tuvo que irse cuando en 2012 su jefe, Douglas Leone, decidió cancelar el proyecto de abrir una sucursal en ese país latinoamericano. 

Sin camino de regreso, David, con apenas treinta años, se quedó anclado en la séptima economía más grande del mundo. Pero el experto en capitales de riesgo que había regresado no era un paisa ocurrente de flequillo en la nuca y marcado acento, sino un mesurado ejecutivo, que se batía en el mundo de los negocios en perfecto inglés, y que hasta el sol de hoy habla su lengua materna, el español,  con cierta timidez e incorrecciones, cuando se le escapan palabras como “resolvido”, en vez de  “resuelto”.

Entonces, David Vélez tuvo que sacar lo mejor de sí como libra puro. Apeló a su aplomo y equilibrio que lo han signado de por vida, para ponderar las siguientes decisiones. Fue entonces, cuando consideró que las mismas razones que habían llevado a Sequoia a retirarse del mercado brasileño por considerarlo paquidérmico y poco innovador, serían las que debían impulsarlo a él a tomar el riesgo, conocer la banca local y analizarla bajo el lente de la información privilegiada que poseía y, después, hacerse a un préstamo para alquilar la casita desde donde buscaría socios con capital para poder competir.

Treintañeros de élite

Muy pronto David Vélez haría parte de la élite de empresarios que alcanzaron la fortuna después de los treinta años, como Jeff Bezos de Amazon. Pero necesitaba volver la mirada al mercado estadounidense, donde los capitales de riesgo y el emprendimiento abunda como la hierba. Además, tiene lógica que así lo hiciera y que llevara su idea descabellada en Latinoamérica a los círculos de Silicon Valley, desde donde se ha revolucionado el mundo por creer en unicornios y en que una hormiga como él, un pequeño David como él, fuese capaz de imponerse a un elefante, a un Goliat.

La desagradable experiencia atrapado en una puerta giratoria de seguridad, solo lo precipitó a la aventura. Desde la casita color pistacho de la Rua California 492 comenzó a buscar inversionistas y socios. Así llegó de nuevo a Sequoia Capital que aportó, de acuerdo a Forbes, un millón de dólares, y a la empresa argentina de riesgo Kaszek que le entregó otro millón, hasta que uno de los inversionistas hizo la recomendación perentoria de que debía buscar dos socios: uno con experiencia bancaria y otro para desarrollar la tecnología del banco que pretendía crear.

Así fue como a su vida llegaron otros dos treintañeros: la ingeniera y banquera, Cristina Junqueira, quien se convirtió en su esposa y madre de cuatro hijos, y el estadounidense experto en computación y egresado de Princeton, Edward Wible. Acomodados en mesas y sillas modestas en la casita de la calle California en el centro de São Paulo siguieron agendando reuniones para convencer a nuevos inversionistas y clientes.

Cristina Junqueira (socia y esposa) y de Edward Wible
Cristina Junqueira y de Edward Wible junto a David Vélez en la Bolsa de Nueva York. Foto: Reuters.

“Veían esa casa—recuerda David Vélez—y nos decían ustedes están locos, esto no parece un banco, me voy; no lograban entender lo que queríamos hacer, les parecía absurdo”.

Dos tipos de personas con vestidos impecables cruzaban el umbral de aquella casa de Babel: los que creían que no podían existir locos como un colombiano, una brasileña y un gringo con el descaro de hacerles perder el tiempo y quienes se contagiaban de sus ideas y el ardor con el que aquellos delirantes rodeados de pantallas y cables desplegados en las paredes, visualizaban el negocio. Estos últimos serían los que acrecentarían al día siguiente la extraña colonia y permitieron en 2014 alcanzar quince millones de dólares en fondos de riesgo provenientes casi en su totalidad de Sequoia Capital.

Lo que vendría después, serían los aciertos previstos en un mundo financiero colosal e inalterable que no advirtió la aparición del rápido David. Lanzó una tarjeta de crédito con la que no solo saltó el inmenso obstáculo del estatuto bancario brasileño que restringe la propiedad de cuentas bancarias a los bancos extranjeros. El efecto positivo fue instantáneo: a su banco llegó una ola de nuevos usuarios cansados de los cobros abusivos en tasas de interés; se sumaron los jóvenes entre los veinte y treinta años hastiados de las diligencias presenciales en los bancos y ávidos del acceso a finanzas solo a través de aplicaciones; y llegaron aquellos excluidos del sistema financiero que solo en Latinoamérica suman doscientos millones de personas.

La casa se volvió un punto de atención. Una zona enemiga para los bancos tradicionales, pero también un lugar que hoy goza del interés romántico e inspirador, similar al que tiene la casa de Crist Drive, en Los Altos (California), donde comenzó la aventura de Steve Jobs con Apple.

King of the hill

Por eso, cuando David Vélez, junto a sus socios Cristina Junqueira, quien lucía una panza de ocho meses de embarazo, y Edward Wible tocó la campana en diciembre de 2021 en el centro financiero del mundo, se desbordó de satisfacción, pues como en la letra de New York, New York era el rey de la colina.

Hacía mucho tiempo que los colombianos no veían sonreír de modo radiante y llano a ningún hombre catalogado como el más rico del país, quien con apenas cuarenta años valorizaba su banco en 45 mil millones de dólares y contaba con un patrimonio personal de 10 mil 200 millones, a lo largo de un trabajo ágil y silencioso de nueve años que, sin embargo, culminó su primer minuto de existencia al elevarlo a la cima tras una rentable operación bursátil que tomó veinticuatro horas.

Hoy Nubank está presente en seis países (Brasil, México, Estados Unidos, Alemania, Argentina y Colombia), cuenta con seis mil empleados y 54 millones de clientes. Hace un año, cuando abrió la operación en el país, justo en Medellín, había cumplido treintaiun años de su largo y voluntario exilio familiar. En el lanzamiento hizo a los medios una afirmación que no deja de repetir: “como en Brasil, el sistema bancario en Colombia está muy concentrado, es la cuarta industria financiera más grande de América Latina. El 85% de las transacciones en el país todavía son hechas en efectivo. Por eso la digitalización en Colombia es irreversible”.

Y hace la sentencia a los bancos tradicionales: “no se puede tapar el sol con un dedo: si no se transforman quedarán como las tiendas Blockbuster que no creyeron que Netflix cambiaría la industria de las películas. En diez años, probablemente, no existirán”.

Y si alguien sabe de moverse con agilidad y derrotar Goliats en el menor tiempo posible es él, David Vélez, el mismo que viaja en primera clase, procurando atender su emporio en dos continentes, a su familia y amigos, y las innumerables invitaciones para hacer parte de juntas directivas y alianzas estratégicas alrededor del mundo.

Delgado y atlético como es, sabe que esa es una ventaja en el mundo que hoy lidera. Por el reciente anuncio de donar buena parte de su fortuna a causas filantrópicas y hacer inversiones por 132 millones de dólares para abrir centros de ingeniería de sistemas y ciencia de datos con el fin de reclutar el talento tecnológico en Colombia, parece que su decisión de liberarse de peso seguirá siendo la clave de su éxito.