13 Mayo 2022

De la globalización al proteccionismo: ¿peor el remedio que la enfermedad?

La guerra en Ucrania y la crisis de alimentos que de ella se deriva, ha llevado a que algunos países frenen las exportaciones para proteger su mercado local.

Crédito: Reuters

En medio de la crisis de alimentos y fertilizantes que ha desatado el conflicto en Ucrania, muchos países han optado por imponer barreras comerciales para garantizar el abastecimiento local. Pero los expertos advierten que no es momento de cerrar el comercio, pues al final esto solo presiona los precios y golpea a los más pobres.

Por: María Camila Hernández

Pocos días después de que hubiera comenzado la invasión de Rusia a Ucrania, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) publicó un informe en el que hablaba de la importancia de ambos países para el mercado agrícola global y de los diversos riesgos que se derivarían del conflicto, entre ellos, el desabastecimiento global de alimentos y fertilizantes. Advirtió, entonces, que los países afectados por este desabastecimiento debían sopesar sus propias medidas, sobre todo en términos de comercio, pues algunas de ellas podrían ser perjudiciales a largo plazo.

En términos sencillos, cuando hay escasez, todo el mundo tiende a proteger su propia producción y, en consecuencia, a imponer medidas para disminuir sus exportaciones, con el objetivo de garantizar el abastecimiento local. Al respecto, la FAO pronosticó que “si bien las reducciones en los aranceles de importación y/o el uso de restricciones a la exportación podrían ayudar a mejorar la disponibilidad en los mercados nacionales a corto plazo, inevitablemente aumentarían la presión al alza de los precios en los mercados internacionales y exacerbarían la situación a nivel mundial”.

Esa advertencia de la FAO se ha venido cumpliendo a lo largo de estos dos últimos meses. A raíz de la guerra, la reacción general ha sido la imposición de barreras al comercio internacional. Según Global Trade Alert –una iniciativa de la Universidad St. Gallen, en Suiza, para monitorear políticas de comercio a nivel global–, desde el 24 de febrero, cuando comenzó la invasión, se ha presentado un gran repunte en la implementación de estas barreras, con 62 nuevas prohibiciones, impuestos o cuotas a la exportación de alimentos y fertilizantes alrededor del mundo.

El impacto de la guerra y de las diferentes medidas derivadas del conflicto se ha sentido en los precios. Según la actualización del 6 de mayo, el índice de precios de los alimentos de la FAO se situó en 158,5 puntos, un 29,8 por ciento por encima del valor registrado en el mismo mes del año pasado.

Reacción en cadena

El efecto dominó comienza con las sanciones impuestas a Rusia, que han terminado perjudicando a todo el mundo. Según Global Trade Alert, al 8 de mayo Rusia ya había sido “castigada” con 150 sanciones tanto comerciales como financieras, provenientes principalmente de Estados Unidos, Canadá, Australia, Japón y la Unión Europea. Rusia respondió con medidas similares, aunque en menor cantidad; entre ellas, la generación de impuestos o cuotas a sus exportaciones, requerimientos de distribución local antes de exportación y subsidios.

El caso del trigo es un buen ejemplo de cómo funciona el efecto en cadena de las barreras comerciales. Primero, Rusia y su aliado, Bielorrusia, frenaron sus exportaciones. Esto significó que países de esta zona de Europa, como Moldavia y Serbia, también tomaran medidas para proteger sus mercados locales. Finalmente, esto también provocó que países importadores asumieran posturas proteccionistas. Es el caso de Egipto, el mayor importador de trigo del mundo, cuyos principales proveedores son Rusia y Ucrania. A principios de marzo, el país africano prohibió la exportación no solo de trigo, sino también de maíz, aceite, lentejas, harina y habas, con el fin de garantizar el abastecimiento nacional.

Otro ejemplo es el de los aceites vegetales. El primer golpe a la comercialización de estos productos lo originó la guerra misma, pues Rusia y Ucrania son los mayores exportadores de aceite de girasol a nivel mundial. Luego, a finales de abril, se produjo la reacción de Indonesia, de lejos el principal exportador de aceite de palma, que decidió prohibir las exportaciones de aceite de palma, tanto crudo como refinado. La medida se implementó para controlar los precios de los alimentos, un problema que ya estaba causando protestas en el país.

Según escribió la economista Trinh Nguyen para el Carnegie Endowment for International Peace, la cura terminó siendo peor que la enfermedad. Luego del anuncio de la prohibición, la moneda indonesia cayó a lo más bajo en ocho meses. “Al tratar de proteger a sus ciudadanos más vulnerables, Indonesia aumentó inadvertidamente los costos de las importaciones a través de la depreciación de su moneda y probablemente generó picos de precios más altos”.

Lo peor es que el impacto se esparce por el mundo. Los primeros en sentir el golpe son los principales importadores, como India. Sufren también los grandes compradores de aceite de palma como Nestlé, Procter & Gamble y Unilever, y todas las industrias que lo utilizan. También se afectan otros productos, en este caso el aceite de soja, que tras el anuncio de Indonesia alcanzó un precio histórico de 83,21 centavos de dólar por libra en la Chicago Board of Trade, la bolsa donde se comercializan futuros de productos agrícolas. Al final, sufren los consumidores.

En Latinoamérica no hay restricciones, pero sí inflación

El auge de medidas proteccionistas no ha llegado a Latinoamérica. La razón es que no se siente la amenaza de la escasez tan directamente como en otras regiones. Según el Global Trade Alert, Latinoamérica es la subregión en donde se han registrado menos cambios en las políticas relacionadas con comercio de alimentos y fertilizantes.

Los países que tienden a la imposición de barreras comerciales son contados. Uno de ellos es Argentina, donde, según Marcelo Elizondo, analista y consultor de negocios internacionales de ese país, la restricción no obedece a la guerra en Ucrania sino a una política que viene de años atrás. “El comercio exterior está nacionalizado y solo se pueden pagar importaciones cuando el banco central autoriza la disposición de dólares al efecto y eso es proteccionismo marcado, pero esto no es consecuencia de la guerra”, afirma.

Sin embargo, la más reciente medida de Argentina sí está motivada por el conflicto en Ucrania: elevar las cuotas de derechos de exportación de la harina y el aceite de soja –productos de los que es el principal exportador mundial– del 31 al 33 por ciento, por lo que resta de 2022. Así, el gobierno pretende dar recursos a un fondo para la estabilización del precio del trigo.

Y es que, aunque la escasez no amenace a la región, los altos precios que se derivan del conflicto, y del dominó que empieza a caer en otros lugares del mundo, sí llegan hasta Latinoamérica. Según el informe de la Universidad de St. Gallen, sería un error concluir que el aumento de restricciones a las exportaciones relacionadas con alimentos es un problema que se da en todo el mundo por igual, pero el aumento de los precios de alimentos y fertilizantes sí es un asunto global.

Esto es cierto también para Colombia, donde el precio de los alimentos es uno de los principales motores de la inflación. Como señala Javier Díaz, presidente de la Asociación Nacional de Comercio Exterior (Analdex), aunque el comercio del país con la región en conflicto es de menos del 1%, lo que sucede en Ucrania ha tenido un efecto indirecto: “Los precios de los alimentos y de los fertilizantes han aumentado de manera extraordinaria; creo que eso sí nos está afectando, porque generó una inflación a nivel mundial, y Colombia no es ajena a esa situación”. Díaz añade que la dificultad para conseguir fertilizantes lleva a una menor producción de productos agrícolas, y eso también se está sintiendo en el país. Si bien la subida de precios de estos productos no comenzó con la guerra, sí se ha agudizado desde entonces.

Los pobres siempre pierden

La crisis bélica, además de golpear al comercio internacional, ya debilitado por la pandemia, ha puesto en marcha también una crisis de alimentos. La directora de la Organización Internacional del Comercio, Ngozi Okonjo-Iweala, dijo en la presentación de las previsiones comerciales para 2022-2023 que, "como resultado de la reducción de los suministros de alimentos y de la subida de los precios de los mismos, los pobres del mundo podrían verse obligados a prescindir de ellos. No se debe permitir que eso ocurra. No es el momento de encerrarnos en nosotros mismos. En una crisis se necesita más comercio para asegurar un acceso estable y equitativo a los artículos de primera necesidad”.

De hecho, según el Fondo Monetario Internacional, África enfrenta un nuevo shock por cuenta del aumento de precios que deja la guerra. Los alimentos representan alrededor del 40 por ciento del gasto de los consumidores en esta región, y alrededor del 85 por ciento del trigo es importado. Además, el aumento de precios de fertilizantes y combustibles también afectará la producción nacional de alimentos, factores que perjudicarán “desproporcionadamente a los pobres y aumentarán la inseguridad alimentaria”.