24 Junio 2022

Carta entreabierta a mi maestro

La reconocida actriz y escritora Laura García revive el género epistolar para reconstruir su encuentro con José Luis Gómez, director de teatro, actor, miembro de la Real Academia de la Lengua Española y fundador del Teatro de La Abadía de Madrid.

Laura y José Luis.

Querido José Luis Gómez:
Nos propusimos una entrevista mientras mi estancia en tu afable chalet al lado del parque de la Quinta de la Fuente del Berro en Madrid, en el barrio moteado como Salamanquilla, que no pudo ser. Estábamos muy atribulados. Tú con tu próximo espectáculo Vuelan palomas, yo con toda esa belleza que no terminaba de asimilar y recién traída de la Italia de los Césares, los Borgia y los Médicis. Pero albergo cada una de tus enseñanzas de estos pasados días. Las que me diste sin pretender, porque eso hace a quien las trasmite más sapiente.

Lo que te hace una estrella es tu capacidad para guiarnos y darnos a entender que solo viviendo en perenne movimiento podemos seguir siendo artistas.


Para comenzar, espero que tal vez por fin aceptes que, aunque eres eminente miembro de la RAE, sí hablamos la misma lengua mas no el mismo idioma. Apenas natural. Aunque entendí tus razones para distraerme de esa sutileza que, tal vez, solo nosotros los americanos podemos enjaezar. Porque al estar allí en España, así lo percibimos. Porque además corroboré, una vez más, que usamos signos orales que están en Cervantes, imagínate. Aclarado esto, prosigo: lo que te hace una estrella es tu capacidad para guiarnos y darnos a entender que solo viviendo en perenne movimiento podemos seguir siendo artistas. Solo moviendo el culo, a lo que te conminaba tu padre. Verte hacer tu rutina de ejercicios de tu asesor oriental al lado del almez/elefante, como lo llamas a tu principal árbol —apertrechado desde su primera mota verde en el patio interior—, todas las noches y con algún lastre en tus muñecas, para hacerlo más útil. Luego de contarme que este año montas ese espectáculo difícil basado en los sermones católicos que te sugirió un filólogo amigo, y que comes poco porque en enero arrancas los ensayos con Ana Belén de una versión de Romeo y Julieta, y ella está muy delgada (tú también). Y ya con un día atrás de entrevistas, llamadas, lecturas, indicaciones y hasta elaboraciones en tu cocina de gazpacho, ajo blanco, paté de sardinas o simples crudités, para ser acompañados de un austero pan artesanal y un tinto rebajado con alguna poca agua. Y, además, con un sueño a cuestas de la noche anterior que no ha sido más largo que cinco horas, porque tal vez no requieres de más, te veo sentado a medianoche frente a Kurosawa, Akiro, no el otro director japonés del mismo apellido, porque “a los clásicos siempre hay que verlos de nuevo”.

Antes me has dado opiniones sobre el rey emérito y su devuelta encandilada a pasear en yate por las costas españolas, la supuesta enfermedad de Putin y su relación con la guerra en Ucrania, la violencia de género, tan pródiga ahora en número de víctimas, el director italiano Eugenio Barba y el fin del Odin Teatret, que te lo acaba de anunciar Lluís Pasqual y su traslado en 2020 a Madrid después de salirse de la dirección del Teatro Lliure de Barcelona, por el independentismo y un falso feminismo. Y ya me has contagiado de más viajes cuando me cuentas que presentarás tu Mío Cid en el Festival de Guanajuato en México este año, por lo cual no ves por qué no podrías deslizarte hasta Colombia y representarlo allí, con la duda de si nos gustaría, a lo cual replico que, por supuesto, nos encantaría. Y hacemos planes, entonces, para que puedas venir a Colombia, y yo pueda ir al Festival de Otoño de Madrid con el montaje de El coronel no tiene quien le escriba, planes de niños cómplices que tratamos de que se materialicen, una vez vencida la burocracia querendona. Y luego, en ausencia de tu encantadora Rebeca, nos cruzamos cuitas de familia. Hablamos de hijos, hijas, padres, madres. Y de mi libro, que inauguras en algún rincón de tu salita donde comes frente al televisor. Y de ti, el chaval de Huelva, el que salió de allí para Bochum, en Alemania, sin hablar alemán, para estudiar artes escénicas, templar el carácter andaluz a fuego teutón, para volver luego a reconquistar tu España y ganarte laureles con la película Pascual Duarte en Cannes a tus treinta y cinco añitos, y luego filmar con la Chaplin y con Saura Los ojos vendados, y multitud de otros filmes con Almodóvar, Losey, Forman, Loriga y Pilar Miró. Y montajes teatrales, como actor y como director o ambas, que no se pueden contar ya con los dedos de las manos, aún si añadiéramos los de los pies: Shakespeare, Valle-Inclán, Sanchis Sinisterra, Calderón, Lorca. Hasta alzar la vista ante una de tus más preciadas almenas: el Teatro de La Abadía, fundado por ti en la Calle Fernández de los Ríos en 1995, que dirigiste hasta hace poco y que ahora encabeza el ganador del Premio Princesa de Asturias, el dramaturgo Juan Mayorga.
La Abadía, un espacio moral en la escena española, como lo ha señalado Mayorga. Un espacio de encuentro de comunidades y creadores internacionales. Que labora arduamente, con creces, y que está allí por tus ingentes batallas ante gigantes y molinetes de viento y uno que otro burócrata administrativo que gustará más de los espectáculos ligeros de ropa. El Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte de Valle-Inclán, Castillos en el aire de Fermín Cabal, Entremeses de Cervantes, Mesías de Berkoff, Memoria de un olvido de Cernuda, El rey se muere de Ionesco, Informe para una academia de Kafka, La paz perpetua de Mayorga, Unamuno: venceréis pero no convenceréis sobre textos de Unamuno y La Celestina de Fernando de Rojas, entre muchos. La Abadía, un emplazamiento de las artes escénicas con dos salas y un público adicto y fundamental, y bienvenido siempre. También un templo de educación actoral para quienes se arriesguen a darse cuenta de que ser cómico, como se autonombraba con orgullo Fernando Fernán Gómez, no es para los débiles. Que la palabra hay que entrenarla. La cartografía física y psíquica, dominarla. El ego, deconstruirlo. Las coartadas, machacarlas. La vanidad, contemplarla como una amable debilidad, pero una debilidad, al fin y al cabo.

Hasta alzar la vista ante una de tus más preciadas almenas: el Teatro de La Abadía, fundado por ti en la Calle Fernández de los Ríos en 1995.

Y verte ese lunes de San Isidro, entre jóvenes prospectos de tu escuela, salir de allí, de esa clase exigente que presenciamos, huyendo, porque de pronto la nostalgia te hacía una mala pasada… ello habla de esa infinita ternura que tratas de soslayar con una reciedumbre que pretende escamoteárnosla a ratos para hacernos creer que no te habita también. Y un domingo, con Silvia, la viuda de Carlos Fuentes, de figura aporcelanada, inteligentísima, nos llevas a la RAE y te saco una foto en tu puesto donde se reúnen los académicos los jueves en la tarde para decidir si las novedades del lenguaje, alquitranadas algunas, son avaladas o no. Y nos paseas por los antiguos ficheros, las pilas de diccionarios, los retratos de todos los directores, y nos cuentas que el presidente de Nicaragua acaba de cerrar la Academia de Nicaragua. ¡Qué monstruosidad! La tierra de Rubén Darío. Y un día, antes de yo partir, mi amistad te toma de las manos y te hace prometer que vas a bajarle a las revoluciones del corazón porque no puedes controlarlo todo. Y ya yo sé que quizás no lo vas a hacer, aunque te diga que creo que eres más sabio que yo.
Vuelvo a América. Me vas a faltar. Gracias por el fuego, maestro. ¡Más larga vida! Vale.