22 Julio 2022

¿Es la ciencia de izquierda o de derecha?

A propósito de la discusión sobre el ‘diálogo entre saberes’ que propone Gustavo Petro para el Ministerio de Ciencia y Tecnología –y que tanto ha enardecido a los científicos–, Eduardo Sánchez, experto en informática, trae a colación las llamadas “guerras de la ciencia”, que enfrentaron a relativistas y científicos duros acerca de si la ciencia es o no una mera construcción social. ¿A qué conclusión llegaron?

Por: Eduardo Sánchez

El debate reciente sobre las políticas que debería impulsar el próximo ministro de Ciencia y Tecnología es un nuevo capítulo, con sabores locales, de un debate más amplio que existe desde hace un cierto tiempo en los medios académicos y científicos sobre el carácter relativista o no de la ciencia. Para entenderlo mejor, puede ser útil volver la vista atrás y estudiar otro capítulo que sacudió fuertemente estas comunidades: el caso (o affair) Sokal.

Para uno de los campos enfrentados, la ciencia es relativista: sus conclusiones no pueden ser objetivas y absolutas, puesto que son el resultado de una construcción social, parte de la cultura. En la segunda mitad del siglo XX, los defensores de esta posición eran grandes intelectuales, a menudo franceses, representantes eminentes de las llamadas ciencias blandas (sociólogos, historiadores, psicólogos y filósofos, tales que Jacques Derrida, Bruno Latour, Jacques Lacan, Michel Serres, Jean-François Lyotard, entre otros), para los cuales las leyes de la naturaleza son construcciones sociales. Es decir, las conclusiones de la ciencia no están libres de sesgos sexistas, militaristas, capitalistas, racistas o colonialistas, por ejemplo. Esta concepción de la ciencia, llamada posmoderna, se opone entonces a unos supuestos autoritarismo y elitismo que serían inherentes a la ciencia tradicional. 

Para sustentar este relativismo, sus defensores se apoyaban a menudo en las teorías más modernas y complejas de la ciencia dura por excelencia: la física. En efecto, la relatividad del espacio y el tiempo de Einstein, así como la imposibilidad de describir al mismo tiempo la posición y la velocidad de una partícula a nivel cuántico, eran citados como pruebas del carácter no objetivo del conocimiento de la naturaleza. Y, en casos extremos, se llegaba inclusive a negar la realidad de la existencia de la naturaleza. Todo esto dicho con una comprensión bastante incompleta, por decir lo menos, de estas teorías, de las cuales se guardaba solo una fachada simplista en el fondo y confusa en la forma, dando lugar a discursos incomprensibles para el profano y ridículos para los físicos competentes en estas materias.

Al lado opuesto de los relativistas se situaban entonces miembros de las llamadas ciencias duras (físicos, químicos, matemáticos, biólogos, etc.), para los cuales la naturaleza, como dice Steven Weienberg, premio nobel de física y gran divulgador científico, “está estrictamente gobernada por leyes matemáticas impersonales”. Y para quienes la objetividad de las conclusiones de la ciencia está garantizada por el rigor del método científico: la búsqueda de la verdad debe pasar por una serie de hipótesis, validadas únicamente por experiencias independientes, que son las mismas para hombres y mujeres, así como para los pueblos de todas las culturas. El famoso principio TINA (There Is No Alternative) que los neoliberales invocan para justificar sus decisiones económicas, se aplica para los científicos no relativistas: no pueden existir teorías múltiples para explicar un mismo fenómeno. Pero la hegemonía de la ciencia es intelectual, no social: en la determinación de la verdad o falsedad de una teoría, la autoridad cuenta por muy poco.

La confrontación entre los dos campos alcanzó tal intensidad que el debate fue llamado las guerras de la ciencia. Y, por ejemplo, el Institute for Advanced Studies de la Universidad de Princeton, uno de los centros de investigación más prestigioso de Estados Unidos (donde Einstein terminó su carrera), tuvo que renunciar al nombramiento de Bruno Latour, antropólogo de la ciencia francés y uno de los relativistas más conocidos, como miembro permanente de su Facultad de ciencias sociales, ante la oposición de sus matemáticos y físicos.

En este clima de lucha intelectual, la revista estadounidense de estudios culturales Social Text, próxima de las tesis relativistas, propuso un número especial dedicado a las guerras de la ciencia, que fue publicado en mayo de 1996. Uno de los artículos incluidos fue “Transgressing the boundaries: Toward a transformative hermeneutics of quantum gravity”, escrito por el físico estadounidense Alan Sokal. Y si el título es incomprensible, el contenido del artículo lo es aún más, a fuerte razón: como Sokal lo reveló unos días más tarde en la revista Lingua Franca, su texto no es más que una broma, una parodia de los textos relativistas, mezclando frases sin sentido con un supuesto fondo de física cuántica, con frases reales y no menos absurdas de relativistas conocidos como Jacques Derrida.

Por supuesto, el escándalo fue mayúsculo y las reacciones, en pro y en contra, florecieron en todo el mundo. Una de ellas, la de Bruno Latour, publicada en el diario francés Le Monde el 18 de enero de 1997, nos interesa particularmente por citar a Colombia: según Latour, Francia sería para Sokal “otra Colombia, un país de dealers que produce drogas duras –derridium, lacanium– que los estudiantes estadounidenses de doctorado son incapaces de resistir aún menos que al crack”.

Es interesante notar que si las críticas a la ciencia clásica se sitúan generalmente a la derecha política (por ejemplo, el anti-darwinismo popular en Estados Unidos), la mayor parte de los relativistas se sitúan a la izquierda. Lo cual no quiere decir que Sokal es derechista, todo lo contrario: es un izquierdista que participó como profesor voluntario de matemáticas en la Nicaragua sandinista y que, en sus propias palabras, escribió su “parodia no para defender a la ciencia contra las supuestas hordas bárbaras de la sociología, sino para defender a la izquierda académica estadounidense contra las tendencias irracionalistas que, aunque estén de moda, no dejan de ser suicidas”.

Lejos de los excesos denunciados en su parodia por Sokal, hay que reconocer que, si las conclusiones de la ciencia pueden ser objetivas, la escogencia de los temas de investigación que serán o no impulsados y financiados por políticas gubernamentales, así como la aplicación tecnológica de esos resultados, son construcciones sociales, culturales. Y el estudio y definición de esas políticas debe ser la prioridad primera de un ministerio de ciencia y tecnología.

Bibliografía: La revista Lingua Franca, donde Sokal, reveló su broma, publicó una excelente compilación de artículos sobre el caso, en pro y en contra, incluyendo el articulo original: The Sokal Hoax – University of Nebraska Press – 2000.
Sokal se asoció a Jean Bricmont, físico belga, para publicar un análisis crítico de textos de los principales intelectuales franceses relativistas (Derrida, Lacan, Latour, Kristeva, Deleuze, etc). Publicado inicialmente en francés, la traducción española es: Imposturas intelectuales – Alan Sokal, Jean Bricmont – Ediciones Paidós – 1999.