Ir al contenido principal
Gozar leyendo

Gozar leyendo: las pasiones y emociones de Charles Dickens

Conocido más que todo como novelista, Charlers Dickens fue un destacado periodista. 'Pasiones públicas, emociones privadas' es una antología de sus trabajos como reportero y cronista, en los que abordó temas de la más variada índole.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Charles Dickens, Pasiones públicas, emociones privadas

Dolores Payás, la persona que seleccionó y tradujo esta antología de trabajos periodísticos de Charles Dickens (1812-1870), comienza diciendo que Dickens “fue periodista antes que novelista y que permaneció sólidamente vinculado a la prensa durante toda su vida”. En efecto, desde sus 17 años comenzó como reportero y nunca más abandonó el periodismo. Además, su primer libro no fue ni novela ni cuentos, sino una compilación de materiales periodísticos.

Dice Payás: “Hablamos, pues, de un volumen ingente de artículos, reportajes y relatos breves. Textos que abordan infinidad de materias: administraciones incompetentes, leyes, política, laberintos burocráticos, pobreza, exclusión social, salud pública, insularidad, temas culturales, asuntos humanos. Los tonos y géneros son también diversos; hay sátira y hay farsa, pequeños melodramas, estampas costumbristas, artículos de opinión, ensayos breves. Las voces literarias que nutren el corpus periodístico de Dickens conforman un coro fabuloso repleto de registros, algunas veces estentóreos y robustos, y otras, líricos y refinados; algunas veces sentimentales, moralistas y otras, humorísticos, airados y acusadores. El resultado final es de una riqueza sin parangón, fascinante y vivaz, lleno de emoción y de una comicidad descacharrante”.

Del enorme inventario de materiales periodísticos escritos por Dickens, Dolores Payás hace una selección por temas, y en cada uno de los diez temas que encuentra, escribe una nota introductoria llena, por igual, de información y de entusiasmo. Y comienza por uno carísimo a Dickens: dice la traductora y presentadora que desde el siglo XIV existían en Londres las workhouses (ella las rebautiza en castellano como ‘casas de indigentes’), que, “lejos de funcionar como lugar de acogida y redención para los más necesitados, la workhouse victoriana pasó a ser, de facto, una prisión o, mejor dicho, un campo de concentración en el que el Estado confinaba a sus elementos más marginales y vulnerables. Ingresar en una workhouse era muy fácil; salir de ella resultaba bastante más difícil. Cualquier intento de fuga se penalizaba con dureza”. Para la época en que vivió Dickens había 80 workhouses en todo Londres.

Pues bien, para abrir su antología, Dolores Payás presenta dos crónicas de nuestro amado Dickens sobre las workhouses. La primera comienza contando que había ido a un servicio religioso en la capilla de una workhouse. Habla Dickens: “Se respiraba una atmósfera general de sumisión y abatimiento, y los rostros, a excepción de los de los niños, estaban apagados y faltos de color. Había personas de todas las edades y tipologías. Ancianos balbuceantes, de ojos legañosos, con o sin gafas, estúpidos, sordos, cojos. Viejos que parpadeaban con expresión vacua cuando algún intempestivo rayo de sol reptaba desde las losas de patio exterior hasta colarse por la puerta abierta. Otros que se protegían los ojos con las manos marchitas o se las llevaban a la oreja para oír mejor (…). Y las ancianas esqueléticas y estrambóticas, que parecían bonetes y abrigos llenos de aire, lagrimeaban sin cesar y se secaban los ojos con pañuelos mugrientos. Y había arpías, en sus versiones femenina y masculina, cuya expresión de perversa complacencia y regocijo resultaba más que desasosegante. Si tuviera que definir la asamblea a grandes rasgos, diría que me hallaba en medio de ese gran dragón llamado ‘indigencia’. Allí estaba, en su más descarnada manifestación. Un monstruo desdentado, sin colmillos, frágil, impotente, apenas respirando con dificultad, tan debilitado que ni siquiera merecía la pena mantenerlo encadenado”.

Luego de la misa, Dickens recorrió el lugar, “un pequeño universo habitado por una población de unos mil quinientos o dos mil necesitados”. Después de atravesar un patio, “llegamos luego a la sala llamada, sin faltar a la verdad, ‘de los sarnosos’, pues es el lugar donde despiojaban a los pobres que entran en el asilo”. La encargada del sitio, “ella misma otra indigente escuálida y fláccida, sucia, desaseada y con un aspecto tan tosco y descorazonador como el de la sala que tenía a su cargo”. Dickens le preguntó por sus pacientes y ella “se nos puso a llorar desconsoladamente. No con un llanto y profunda aflicción. Estaba desolada (…) ¿Qué podía haber causado tal sufrimiento a alguien como ella, a la indigente a cargo de los sarnosos? Pronto lo supimos. ‘El bebé abandonado que había muerto una hora antes. El niño, un recién nacido que alguien había encontrado en la calle, y al que ella había estado cuidando desde que lo trajeron al asilo, acababa de fallecer. ¡Oh, qué dolor! Su amada criatura yacía inmóvil bajo una sábana. El bebé abandonado era minúsculo, tan poca cosa que ni la misma Muerte hubiera debido considerarlo una presa atractiva”.

'Pasiones públicas, emociones privadas' de Charles Dickens

Dickens sigue contando dickensianamente algunas de las escenas que encuentra: “Durante dos horas caminamos por un paisaje en el que había un bosque de criaturas en brazos de sus madres o bien de otras mujeres, en campos llenos de camas con enfermas, junglas de lunáticos y de hombres que aguardaban la cena (…), enjambres de ancianos que se aferraban a la vida no se entiende ni cómo ni por qué”.
A veces, los habitantes de aquel infierno cometen faltas con el único fin de que los trasladen a una cárcel, pues consideran preferible la cárcel a la workhouse. Entonces, demoledor, aparece el Dickens periodista y crítico: “de modo harto subrepticio y silencioso, nuestro gobierno actual no ha colocado en una situación, tan absurda como peligrosa, en que cualquier canalla de conducta criminal recibe mejor trato –alojamiento más limpio e higiénico, mejores cuidados, comida de más calidad– que un pobre de vida honesta”.

La segunda crónica sobre lo mismo es una historia muy Dickens. Una noche, raro en él, sale con un amigo a caminar por Londres. “Llovía a cántaros”. Pasan por un asilo de indigentes y ven que en la puerta “cinco bultos inmóviles, similares a otras tantas pilas de harapos, se acurrucaban en el pavimento embarrado. Estaban apoyados sobre el muro del asilo y la lluvia inmisericorde les caía encima. Nada dejaba entrever que fueran seres humanos (…). Cinco cadáveres exhumados de su tumba, atados por la nuca y los pies, y cubiertos de andrajos, hubieran tenido el mismo aspecto que estos cinco fardos de la vía pública sobre los que resbalaba el agua de la lluvia”. Se pone a averiguar. Indigentes que están ahí, afuera, porque no hay cupo en el asilo. En otras palabras, pues, las workhouses son el infierno y, aún peor, la miseria es tal que hay gente que hace cola para entrar al infierno.

Una vez que, de entrada, la traductora/comentadora de esta selección nos ha mostrado un periodista Dickens en el lugar y los temas del Dickens novelista, pasa a mostrarnos otras facetas del periodista, para empezar, cuando está en clave humorística. Para criticar a un idiota que pretende que se usen los cuentos para niños como vía para imponerles conductas, lo que hace es una parodia de La cenicienta. Y es inmisericorde cuando inventa a un político perteneciente al partido Verborrea: “… es un hombre tan profundo e insondable que nadie ha conseguido saber jamás el significado preciso de sus o de su voto. (…). Cuando dice SÍ, podría muy bien ser, o más bien es casi seguro, que está diciendo que NO”.

Dickens no tiene compasión: “Vivimos en una sociedad cuyo Estado deja mucho que desear (…). Sucede que los Comunes piensan en el Pueblo como una mera abstracción. Lo ven como una especie de niño crecido al que hay que engatusar y dar palmaditas en la mejilla durante la época de las elecciones, mirar con desaprobación en tiempos de exámenes, castigar de cara a la pared los domingos y sacar de paseo para que vea desfilar la carroza de la reina en días de fiesta nacional. Un colectivo sentado en el pupitre escolar para siempre jamás, sometido la amenaza de la vara desde el lunes por la mañana hasta el sábado por la noche. En suma, un niño levantisco que no sabe lo que quiere. A ratos hay que mimarlo y halagarlo, a ratos hay que regañarlo y castigarlo, tan pronto hay que cantarle canciones de cuna como denunciarlo a la oficina de impuestos. A vueltas es merecedor de besos, a vueltas merecedor de azotes. En cualquiera de los casos, es imprescindible que siga en pañales y bajo ninguna circunstancia debe permitírsele que eche a andar por sí solo”.

En cierto momento, sentí que Dickens abandonaba su siglo y su isla, y venía a este presente, y se asomaba al mundo, y escribía: “Es hora de que nuestros trabajadores planten cara a los políticos. Deben negarse a ser el arma arrojadiza utilizada por los partidos y sus diversas facciones, deben rehusar convertirse en moneda de cambio que todos utilizan para sus propios fines. Ningún partido o facción política puede arrogarse el derecho de utilizar su nombre, no hasta que todas las viviendas que habitan hayan sido desinfectadas, saneadas y modernizadas como es debido. Y, por supuesto, en tanto a ellos no se les garanticen medios suficientes para que puedan vivir de modo simple y decente”.

Carlos Marx, su coetáneo, incluía a Dickens dentro de la “espléndida hermandad de escritores de ficción ingleses actuales cuyas elocuentes y vívidas páginas han expuesto ante el mundo más verdades políticas y sociales de las que jamás han sido pronunciadas por todos los políticos profesionales, propagandistas y moralistas juntos”. Y no era extraño que reconociera a un Dickens capaz de escribir: “El permanente agravio que se comete contra la clase trabajadora es monstruoso y merecería una respuesta de simétrica radicalidad”. Por otra parte, es muy clara su diferencia con Marx: “Resulta innecesario puntualizar que la posición de este periódico respecto a la violencia es de tolerancia cero”.
En esta antología hay artículos sobre muchos temas, primero que todo su Londres, después su comparación con lo no-inglés y, al final, la antologista nos asoma chismosamente a los amores secretos de nuestro héroe.

Charles Dickens
Pasiones públicas, emociones privadas
Gatopardo Ediciones 

'En el fin del mundo'

La Diligencia Libros - Tienda en línea

Recomendado de la quincena: En el fin del mundo de James Huntington y Lawrence Elliot.

La diligencia Libros

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir artículo en redes sociales