
La cultura es mucho más que un ministerio
Músico del programna Sonidos de Esperanza que impulsan la Fundación Batrutra y el Ministerio de Cultura.
Casi un año después de haber comenzado el actual gobierno, la cultura sigue siendo un panorama incierto. Gonzalo Castellanos, experto en gestión cultural, ofrece este análisis del sector.
Por Gonzalo Castellanos V. (*)
Apenas pasadas 24 horas desde su posesión en la que proclamó un gobierno comprometido como nunca antes con la sociedad del conocimiento, la cultura y con las aspiraciones de una juventud hastiada, el 8 de agosto de 2022 el gobierno de Gustavo Petro radicaba una reforma tributaria en la que se eliminaban los más importantes incentivos hacia los sectores artísticos y culturales en el país.
Una movida a todas luces insólita, pues en general la población joven es la que con mayor profundidad se nutre de la cadena de creatividad, trabajo y circulación en campos audiovisuales, escénicos, musicales o artesanales.
Algo empezaba así por no encajar, pues en ese momento existía la idea generalizada de que la cultura ahora tendría más y más aire para expresarse y participar de algo así como una reconstrucción.
Al Ministerio de Cultura llegaba un símbolo respetable, Patricia Ariza, con un grupo de gente joven, activistas sociales, y entonces no podía menos que esperarse una visión remozada que, a partir de lo construido con brío en años anteriores, trabajara con más ánimo, por ejemplo, en frentes culturales abiertos a los lejanos lugares del país, que solucionara brechas de acceso de los jóvenes a la oferta cultural, que apoyara la disminución de precios en los libros, que promoviera infraestructuras y centros culturales en todos esos sitios a los que el país había dado la espalda, que potenciara la importante red de bibliotecas públicas o que le diera a este país musical y de danza un piso sólido.
Los artistas, gestores y trabajadores de la cultura masivamente apoyaron el llamado al cambio; habían visto o habíamos visto con ilusión la posibilidad de un resurgimiento ante el sombrío gobierno de Iván Duque en materias de derechos humanos, en su negación a los compromisos con el acuerdo de paz, o su postura obtusa ante las protestas sociales que fueron reprimidas de la forma más violenta en la historia local.
Es indispensable que el Ministerio de Cultura y sus funcionarios dejen de ser la noticia para que esta sea todo cuanto acontece en la mágica vida cultural, en la creatividad en estos campos en el mapa nacional.
En años precedentes de gobiernos de derecha, en tiempos de paramilitarismo, de violencia, las expresiones de las artes y la vida cultural fueron una coraza, un campo resiliente, una propuesta enérgica de diálogo (Manifiesto cultural por la paz 2015); Colombia había llegado a ubicarse entre las cuatro mayores industrias culturales en el terreno editorial, audiovisual y una referencia mundial de resistencia a la violencia desde la cultura viva de las comunidades.
Lo que vino
Como en el Naufragio de la Medusa, cuadro de Géricault en el que náufragos aferrados a astillas piden ayuda a un barco que se aleja, empezar gobierno suprimiendo incentivos no era buen augurio.
Pese a eso algunos incentivos se salvaron gracias a la gestión intensa de voceros culturales que le mostraron al Ministerio de Hacienda, porque además de un profundo daño social, eliminarlos le daba un golpe a las finanzas nacionales que han podido comprobar, por decirlo gráficamente, que el gobierno pone un peso y la cultura (cine, artes, fiestas tradicionales, patrimonio, literatura, escenarios musicales) le devuelve tres.
Splo en los últimos momentos la ministra se montó en esta defensa e incluso agradeció públicamente a su homólogo de Hacienda, jamás al sector que asumió con empeño cuidar sus incentivos.
Ariza generó entonces una idea de desconocimiento del pasado edificado en Cultura, perdiendo de vista caminos abiertos, los aportes del sector, de la gente del sector; situación impropia en un gobierno que plantea reivindicar la memoria.
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