
De niño nómada a héroe mundialista: la historia del arquero de Irán
Alireza Beiranvand, arquero iraní Mundial 2026. Créditos: Reuters
De las montañas de Lorestán a las calles de Teherán; de la pobreza, el frío y la exclusión a una tercera Copa Mundial de la FIFA. La historia de Alireza Beiranvand, el arquero y plusmarquista de las dificultades, que aprendió a resistir mucho antes de aprender a atajar.
Teherán. Enero de 2010. Es invierno y el frío parece descender desde los montes Alborz para colarse por calles, plazas y cualquier otro escondrijo urbano que sirva de refugio. El país vive días de protestas sofocadas, desencanto y vigilancia. Un adolescente de apenas diecisiete años, que meses atrás había abandonado su hogar para perseguir el sueño improbable de ser futbolista, pasa una nueva noche en la calle. No es un mendigo, pero a los ojos de muchos lo parece. Intenta no congelarse, resistir el hambre y no renunciar. Muy cerca de ese lugar se alza la emblemática Torre Azadi. Mucho más lejos quedan su familia y un padre que nunca le entendió.
Los Ángeles, Estados Unidos. 22 de junio de 2026. Temperatura agradable, aunque el clima político resulta bastante menos benigno. Aquel adolescente, hoy veterano de tres Mundiales, firma una actuación heroica. Las crónicas deportivas hablan de siete grandes intervenciones, paradas de mérito que evitaron la derrota.

Esta vez no había frío ni hambre ni mantas, solo Bélgica enfrente y una Copa Mundial de la FIFA en la que Irán compite bajo condiciones que ningún otro participante enfrenta. Ante él y sus compañeros, la antigua costumbre, esta sí compañera de vida, de aguantar y oponer resistencia.
De los 1.248 futbolistas convocados a este torneo, Alireza Beiranvand tiene quizá una de las historias de superación y resiliencia más extraordinarias. Una historia de improbabilidad y obstinación que merece ser conocida.
Nació en 1992 pocos años después del final de la guerra entre Irán e Irak. Llegó al mundo en un país que todavía reconstruía carreteras, ciudades y heridas, en el entorno de una familia nómada acostumbrada a seguir el ritmo de las estaciones, al pastoreo, a trasladar rebaños y tiendas por las montañas del oeste de su país. Antes de conocer los estadios, conoció caminos escarpados y la vida tribal. Antes de vestir la camiseta nacional aprendió que la vida podía medirse en kilómetros recorridos y en noches a la intemperie.
Así, durante sus primeros años jugó en terrenos improvisados e irregulares. Antes de porterías reglamentarias, un par de piedras marcando un arco. Antes de botines especiales, un calzado gastado para impedir que los pies sangraran. Antes de los guantes profesionales, las manos desnudas de un muchacho empeñado en detener balones.
Tal vez su afición terminó de formarse en esos inviernos en que su familia, como otras familias nómadas, descendía de las montañas y se asentaba en pequeños centros urbanos. Aun en calles polvorientas, con otros niños que compartían el mismo interés, el fútbol dejaba de ser apenas un juego ocasional para convertirse en una posibilidad. Empezó como delantero, pero un día reemplazó a un arquero lesionado, hizo una gran atajada y quedó como otros grandes de ese puesto “condenado” al arco.
Nada le sería fácil. Su padre no veía en el fútbol una profesión posible. Quería que trabajara, que cuidara su rebaño y a sus hermanos menores. Según el propio Beiranvand, cuando manifestó su interés en llegar a ser profesional, su padre llegó incluso a romperle los guantes y la ropa deportiva para desanimarlo. Mientras su padre solo veía el presente, su joven hijo veía un futuro, aunque improbable y sin garantía. Y ese deseo persistió.

Cuando rompió los lazos con su familia y escapó sin dinero a Teherán, descubrió que perseguir ese sueño conllevaría en primera medida el reto de sobrevivir. Así como hemos descrito, antes de los diecisiete, durmió en la calle, trabajó en fábricas, lavó automóviles, repartió comida y aceptó cualquier empleo que le permitiera acercarse un día más al fútbol profesional. En una ocasión despertó con algunas monedas a su lado. Algunas personas que pasaron por allí creyeron que debajo de aquella manta dormía algún vagabundo. Al menos, como alguna vez dijo, aquella mañana desayunó gracias a la caridad destinada a otro.
Nada le fue fácil. Espigado, de cara angulosa y nariz aguileña, su rostro duro y pétreo refleja la vida que le ha tocado vivir.
Años después, el mundo lo conocería por una habilidad extraña. De niño jugaba en las montañas al Dal Paran, un juego tradicional que consiste en lanzar piedras tan lejos como sea posible. Aquellos lanzamientos infantiles terminaron convirtiéndose en su marca registrada. En 2016, en un partido de clasificación al Mundial entre Irán y Corea del Sur en el estadio Azadi de Teherán, lanzó el balón 61,26 metros, una distancia extraordinaria incluso para el fútbol de élite y Guinness certificó ese récord mundial, una marca que aún ostenta. Sin embargo, la distancia más larga de su vida no figura en ningún libro de récords. Fue la que superó contra todo pronóstico y que llevó a aquel niño nacido en una tribu nómada a ser el referente de su país en tres copas del mundo.
Quizá por eso la situación de Irán en este Mundial parece escrita para él. Mientras otras selecciones descansan en territorio estadounidense y preparan sus partidos con comodidad, los iraníes deben regresar a Tijuana después de cada encuentro. Juegan en Estados Unidos, pero no pueden permanecer allí. Cruzan fronteras, acumulan horas de viaje y viven sometidos a restricciones que ningún otro participante enfrenta.
Su campamento se encuentra en una ciudad que también conoce la violencia, la incertidumbre y la exclusión. Tijuana, como tantas ciudades fronterizas, sabe algo sobre los que esperan, los que cruzan y los que deben demostrar una y otra vez que tienen derecho a soñar. Quizá por esto, los tijuanenses le expresan a esta selección excluida su apoyo cada vez que sale de su hotel.
No resulta difícil imaginar que, entre todos los integrantes de la delegación iraní, Beiranvand sea quien mejor entiende el significado de esas incomodidades. Hay hombres a quienes la adversidad sorprende. A él lo acompañó durante gran parte de su niñez y juventud. El frío de Teherán, la incomprensión de su padre, el hambre, la soledad, los rechazos en categorías menores, las puertas cerradas y las largas distancias fueron sus primeros entrenadores.
Por eso, cuando Bélgica atacaba una y otra vez en Los Ángeles, cada parada extrema parecía contener algo más que reflejos. Era como si el mismo muchacho que una noche durmió bajo la sombra de la Torre Azadi siguiera allí, negándose a rendirse.
Muchas veces asociamos injustamente las nacionalidades de los deportistas con regímenes fundamentalistas y situaciones geopolíticas que poco a nada tienen que ver con ellos. Para muchos, Alireza es un luchador solitario en un mundo enfermo de odio y polarización. Un mundo que esta copa parece no conseguir sanar del todo. Por su parte, la selección iraní carga una pesada mochila que sus jugadores no merecen: la de un equipo condenado a vivir en tránsito y a participar de una fiesta deportiva en la que merece estar, pero cuyo anfitrión restringe su ingreso.
Guinness registró la distancia de sus saques. La FIFA contabiliza sus partidos internacionales y sus tres copas mundiales. Ayer fue el MVP y gran artífice del empate, pero ninguna estadística consigue medir la distancia más importante de todas: la que recorrió Alireza Beiranvand entre una noche de invierno en Teherán y la tarde en que volvió a vestirse de héroe para salvar a su selección.
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