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Vista aérea de una herida de deforestación abierta en el corazón del bosque amazónico continuo.
Investigación especial

Selva herida: el dramático, silencioso y acelerado deterioro de la Amazonía colombiana

Más de 8.500 kilómetros de trochas y carreteras han sido abiertos en los últimos siete años en esta región. CAMBIO recorrió los parques nacionales naturales de Tinigua, La Macarena y Chiribiquete y encontró las huellas de una transformación que amenaza al importante ecosistema del país.

Por Armando Neira · CAMBIO Investigación · Fotos: FCDS
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8.500 km
de trochas y carreteras abiertos en los últimos siete años en la Amazonía colombiana
727.416
hectáreas de deforestación acumulada desde 2017 en los 15 municipios del arco noroccidental
86,1%
creció el hato ganadero del arco amazónico noroccidental entre 2017 y 2024
90%
de la superficie deforestada está a menos de 1,9 km de un tramo vial construido en la región

La avioneta monomotor Cessna 206 sobrevuela la espesa vegetación del Parque Nacional Natural Chiribiquete, un tesoro natural y cultural reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mixto de la Humanidad, y a Rodrigo Botero García se le humedecen los ojos.

Aunque el director ejecutivo de la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) ha realizado más de 150 sobrevuelos de monitoreo ambiental y lleva más de tres décadas dedicado a la protección de la Amazonía colombiana, se conmueve por la majestuosidad de este lugar.

—¡Es demasiado hermoso! —grita para hacerse escuchar sobre el estruendo del viento que entra por las ventanillas abiertas, necesarias para que el fotógrafo de CAMBIO capture mejores imágenes.

A lo lejos, entre guamos, arenillos, caimarones, dormilones, cabos de hacha y otros arboles gigantes que superan los 40 metros de altura, permanecen intactas unas 70.000 pinturas rupestres. Son escenas hiperrealistas que parecen moverse sobre la piedra y que narran la historia de una cultura que entendió, mucho antes que la actual, la importancia de convivir en armonía con su entorno.

Pero la belleza se rompe al mirar hacia el otro costado de la aeronave. Allí aparece una línea amarilla que se pierde en el horizonte. Una carretera. Una cicatriz abierta en mitad de la selva.

¿Quién la construyó? ¿Cómo lograron abrirse paso hasta aquí? ¿En qué momento alguien decidió pasarle un bisturí a este inmenso tapete verde?

Y no es la única. Más de 8.500 kilómetros de trochas y carreteras han sido abiertos en los últimos siete años en esta región. Detrás de esta expansión están la ganadería, el acaparamiento de tierras y, en algunos casos, economías del narcotráfico. Es una amenaza que cerca los parques nacionales naturales de Tinigua, La Macarena y Chiribiquete. Se trata de una transformación tan silenciosa como inclemente.

El vuelo de CAMBIO dura cuatro horas. Es un recorrido por una geografía privilegiada, estratégica y vital para el presente y futuro. Un territorio que fue santuario de la guerra durante décadas y donde hoy se libra otra batalla, menos visible pero igualmente trascendental: la lucha por la supervivencia de la Amazonía colombiana.

Aquí, entre las aguas del río Guayabero y la región del Duda, se movió durante años Manuel Marulanda Vélez, ‘Tirofijo’. Desde estos territorios se fortalecieron las antiguas FARC, la guerrilla que desafió al Estado colombiano durante más de medio siglo.

Ahora, hay otras amenazas más las de los herederos de las FARC que se bautizaron como disidencias. Ya en tierra, a orillas del río Guaviare, frente al aeropuerto de San José del Guaviare un enorme mural advierte: “La Amazonía agoniza”. Allí Botero responde una pregunta inevitable.

¿Por qué ese mensaje tan catastrófico? “La ciencia ha demostrado que la Amazonía funciona como un sistema completamente interconectado. No es necesario destruir toda la selva para provocar su colapso. Basta con romper algunos de sus puntos estratégicos para que deje de funcionar”, explica.

Luego recurre a una comparación sencilla:

“Imagine el cuerpo humano. Si se interrumpe el funcionamiento de órganos vitales o de las arterias principales, todo el organismo entra en crisis. Eso mismo está ocurriendo aquí.”
Rodrigo Botero García · Director ejecutivo, FCDS

La Amazonía colombiana constituye uno de los últimos corredores biológicos que conectan la planicie amazónica, la Orinoquia, la cordillera de los Andes y el escudo guayanés. Esa conectividad está siendo fragmentada por la deforestación, la apertura de vías ilegales y la ocupación acelerada del territorio.

“Es como si estuviéramos cercenando la aorta que comunica la cabeza con el resto del cuerpo”, resume.

Las consecuencias trascienden la selva. La afectación de estos ecosistemas impacta directamente la disponibilidad de agua en ciudades como Bogotá. La Serranía de La Macarena actúa como una barrera natural que influye en los ciclos climáticos y en la formación de lluvias. Si ese sistema pierde estabilidad, el impacto se sentirá mucho más allá de la Amazonía.

Botero habla entonces de los llamados “ríos voladores”: enormes corrientes de humedad generadas por la evapotranspiración de los bosques amazónicos que luego se transforman en lluvias en otras regiones del continente. “Si se rompe ese ciclo, el resultado será un colapso amazónico”, advierte.

Vista aérea de trochas que se ramifican sobre el bosque deforestado, con una vivienda aislada.
Cada trocha nueva adelanta la frontera: la deforestación sigue el trazado de las vías.Fotos: FCDS
Las cifras de una transformación
Arco noroccidental amazónico, 2017–2025 — Fuentes: FCDS, IDEAM
90%
De la superficie deforestada, junto a una vía, entre marzo de 2018 y marzo de 2025 se ubica a menos de 1,9 km de un tramo vial construido en la región. A la deforestación sigue, de manera casi inmediata, la apertura de nuevas carreteras.
8.500 km
De vías ilegales se construyeron al interior de seis áreas protegidas amazónicas entre 2018 y 2025, y permitieron consolidar las tierras apropiadas mediante la deforestación, principalmente a través de la expansión de la ganadería.
86,1%
Creció el hato ganadero: entre 2017 y 2024, el número de bovinos en el arco amazónico noroccidental aumentó en 1.499.355 cabezas. Hoy la región concentra 3,24 millones de reses, equivalentes al 11,4 % del total nacional.
727.416
Hectáreas de deforestación acumulada registran desde 2017 los 15 municipios del arco noroccidental amazónico, según el IDEAM. De cada diez, 8,3 se convierten en pasturas, 1,5 en coca y 0,2 en vías ilegales.
50.342
Hectáreas de coca concentraban los municipios del arco noroccidental para 2023, equivalentes al 78 % de todos los cultivos presentes en la Amazonía colombiana y cerca del 20 % del total nacional.
4.805
Hectáreas de coca están distribuidas en cinco áreas protegidas. El PNN Tinigua ha perdido el 40,7 % de su bosque original desde 1990, y el PNN Sierra de La Macarena acumula 68.838 hectáreas deforestadas en el mismo periodo.
Crecimiento del hato ganadero 2017–2024 — por territorio
La Macarena
240,5%
Cartagena del Chairá
179,4%
Arco noroccidental
86,1%
Promedio nacional
25,5%

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Peligro inminente para el corazón verde de Colombia

La deforestación avanza sin freno y amenaza la integridad ecológica de los parques nacionales naturales de Tinigua, La Macarena y Chiribiquete, tres de los ecosistemas más estratégicos para la biodiversidad del país.

Mapa de Colombia: los parques nacionales de Tinigua, La Macarena y Chiribiquete, el corazón verde amenazado por la deforestación.
Mapa: CAMBIO

Desde el aire, el equipo de CAMBIO observó una realidad inquietante. No se trata únicamente de árboles talados. Lo que aparece bajo las alas de la aeronave es una red vial cada vez más extensa, infraestructura ganadera, asentamientos humanos y extensas áreas transformadas por actividades económicas que avanzan sobre territorios protegidos. También quedaron a la vista antiguas trochas utilizadas por las FARC y hoy aprovechadas por quienes en su niñez y juventud formaron parte de esa organización, se apartaron del proceso de paz y son veteranos comandantes de las disidencias: lideradas por Iván Mordisco y alias Calarcá.

Días antes del sobrevuelo, ambas estructuras protagonizaron en Barranco Colorado uno de los episodios más sangrientos de la violencia en 2026. Los enfrentamientos dejaron cerca de medio centenar de muertos, entre ellos once menores de edad. Los cuerpos quedaron allí durante varias horas descomponiéndose ante el despiadado sol. Los noticieros lo contaron y el público vio el hecho de reojo pero no hubo reacciones ante la sangre derramada.

Si eso pasa con las vidas humanas, ¿a quién podría interesarle la vegetación, los ríos, las montañas? Por eso, la selva sigue perdiendo terreno. Las vías clandestinas facilitan, además, el transporte de cocaína, ganado, maquinaria y personas. Son corredores que conectan Meta y Caquetá con zonas fronterizas de Venezuela y Brasil, convirtiendo al Guaviare en una pieza clave dentro de las economías ilegales.

Desde la avioneta se observan largas columnas de ganado avanzando por carreteras abiertas en medio del bosque.

Cada nueva vía multiplica el desastre ecológico. Las cifras son contundentes: más del 92 por ciento de la deforestación registrada en la Amazonía colombiana ocurre a menos de dos kilómetros de una carretera, y la totalidad de la pérdida de bosque se concentra dentro de los primeros cinco kilómetros alrededor de los ejes viales.

Por eso Botero insiste en que el problema no es únicamente ambiental. Es estructural. “Estamos perdiendo cobertura forestal, conectividad ecológica y capacidad de regulación climática. Estamos comprometiendo el agua que consumimos y la energía que mueve nuestras ciudades”, afirma.

A medida que avanza el recorrido, se desvanece la imagen romántica de una selva infinita y uniforme. La Amazonía ya no es completamente verde. Está atravesada por franjas amarillas, manchas negras de incendios, claros convertidos en potreros y extensiones donde prosperan los cultivos ilícitos.

Es la región de toda la cuenca amazónica con la mayor densidad vial por kilómetro cuadrado y, paradójicamente, una de las menos pobladas. La explicación es simple y brutal. La tierra se ha convertido en un negocio. Miles de hectáreas de terrenos públicos han sido apropiadas mediante procesos de colonización que luego son consolidados con ganadería extensiva.

En los últimos ocho años se han incorporado cerca de un millón y medio de cabezas de ganado en los municipios ubicados sobre el arco de deforestación amazónico. En ese mismo periodo desaparecieron más de 750.000 hectáreas de bosque y se construyeron los 8.500 kilómetros de vías que hoy fracturan el territorio.

Ganado disperso en amplios potreros ganados a la selva, junto a un caño que serpentea.
Ganado en potreros ganados a la selva: la ganadería es el principal motor de la transformación.Fotos: FCDS
El nuevo botín

El oro, el factor que multiplica la disputa

Y a esa ecuación se suma otro factor: el oro. El incremento sostenido de su precio internacional ha impulsado la expansión de la minería ilegal. Para las organizaciones criminales, el metal precioso representa una fuente adicional de ingresos y una herramienta eficaz para el lavado de activos. La consecuencia es una mayor disputa territorial y una creciente presencia de grupos armados.

Precisamente, Calarcá y Mordisco se disputan las 5.000 hectáreas sembradas de coca, una cifra que representa cerca del 2 % del total nacional y se distribuye principalmente en los cuatro municipios del departamento, con concentraciones mayoritarias en El Retorno y Miraflores.

Y aunque en porcentaje comparativo es menor con respecto a otros departamentos, la trascendencia está en que el Guaviare posee una geografía selvática difícil, surcada por ríos caudalosos, que lo convierte en un corredor natural idóneo para mover mercancías ilícitas sin ser detectadas por la Fuerza Pública.

Las disidencias controlan pasajes fluviales y corredores viales clandestinos conocidos como trochas del narcotráfico. Estas conectan el centro del país, pasando por Meta y Caquetá, con fronteras internacionales estratégicas en Venezuela y Brasil, facilitando el flujo internacional de cocaína.

350.000
dólares al mes puede generar una sola draga industrial operando en el río Puré, donde se extrae ilegalmente oro con presencia activa en Colombia, Brasil, Perú y Venezuela.
PNN Río Puré — 130 registros de minería ilegal
RNN Puinawai — 92 registros
PNN Amacayacu — 75 registros
Áreas protegidas más afectadas por minería ilegal
PNN Río Puré130
RNN Puinawai92
PNN Amacayacu75
PNN Yaigojé ApaporisActivo*
* Frente de minería ilegal activo, aún sin un conteo consolidado de registros.

La construcción de las vías se está haciendo a plena luz del día. Es un fenómeno que de paso atrae poblaciones que sin medir las consecuencias va desyerbando para alimentar el ganado, una actividad que fragmenta peligrosamente el tejido de estos parques nacionales.

Sin embargo, Botero insiste en que reducir el problema a los grupos armados ilegales sería un error. “Muchas de estas carreteras fueron cofinanciadas con recursos públicos. Muchas aparecen registradas en planes de desarrollo municipales o departamentales. Mientras un sector del Estado habla de conservación, otro impulsa la expansión de la frontera agropecuaria”.

Ese es, quizás, el núcleo de la contradicción. Por un lado, Colombia celebra la ampliación de Chiribiquete, hoy el parque nacional más grande del país con 4,2 millones de hectáreas. Por otro, las vías, la ganadería y la deforestación avanzan cada vez más cerca de sus límites.

“Lo que estamos viendo es un proceso de contraordenamiento territorial”, denuncia Botero. “No es espontáneo. Tiene planificación, intereses económicos y objetivos de largo plazo”. Detrás aparecen la tierra, los cultivos ilícitos, los minerales estratégicos, los hidrocarburos y la creciente demanda mundial de materias primas.

Un parche de bosque resiste rodeado de tala reciente y troncos caídos.
Un fragmento de bosque resiste, cercado por la tala: así se rompe la conectividad de la selva.Fotos: FCDS

Las advertencias
de Rodrigo Botero

Rodrigo Botero García
Rodrigo Botero García
Director ejecutivo, FCDS

Con más de tres décadas dedicadas a la protección de la Amazonía colombiana, ha realizado más de 150 sobrevuelos de monitoreo ambiental sobre los parques nacionales del país y dirige una de las organizaciones de conservación más influyentes de la región.

No es necesario destruir toda la selva para provocar su colapso. Basta con romper algunos de sus puntos estratégicos para que deje de funcionar

Si se rompe ese ciclo, el resultado será un colapso amazónico

Lo que estamos viendo es un proceso de contraordenamiento territorial. No es espontáneo. Tiene planificación, intereses económicos y objetivos de largo plazo

Cuando el vuelo termina, la sensación es inevitable. La selva sigue allí. Inmensa. Poderosa. Pero también vulnerable.

La avioneta emprende el regreso hacia Villavicencio mientras el verde infinito desaparece poco a poco bajo las nubes. Entonces vuelve a la memoria una frase de La vorágine, la novela de José Eustasio Rivera que mejor entendió el drama de estas tierras:

“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia”.
La vorágine · José Eustasio Rivera

Un siglo después, la violencia sigue presente.

Solo que ahora también tiene forma de carretera.