
Cerro Seco, el bosque que protege el agua de Santa Marta
Este sábado 15 y el domingo 16 de agosto, la Corporación Colombia Crea Talento, CoCrea, realizará en Honda, Tolima, el III Encuentro Ciudadanos del Río: Comunidades Creadoras, en alianza con La Magdalena Fest. La Fundación Cerro Seco, de Santa Marta, es uno de los proyectos que forma parte de esta iniciativa.
El III Encuentro Ciudadanos del Río: Comunidades Creadoras será un espacio que reunirá a investigadores, líderes comunitarios, empresarios, sabedores ancestrales, pescadores artesanales, guardianes de ríos y manglares, artistas y organizaciones nacionales e internacionales comprometidas con la conservación de los cuerpos de agua.
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Además de charlas, talleres, exposiciones y recorridos por el río Magdalena, se conformará la Red Biocultural Ciudadanos del Río, en la que participarán organizaciones como WWF, Tropenbos y The Nature Conservancy (TNC), junto con representantesde las comunidades de diferentes regiones del país.
Dentro de este mapa de iniciativas que entienden que proteger el agua también implica proteger la cultura y los conocimientos de las comunidades, está la Fundación Cerro Seco, en Santa Marta. Su trabajo por preservar el bosque seco tropical, sus fuentes hídricas y los saberes asociados al territorio, hace parte de esta estrategia de CoCrea que busca dar a conocer experiencias de conservación desde una perspectiva biocultural y conectar a comunidades, organizaciones, empresas y otros actores alrededor del cuidado de los ecosistemas.
Cerro Seco, el frágil umbral del paraíso
Por Ana Roda (*)
Mario de Jesús Daza, líder ambiental de la vereda de Buenos Aires en Santa Marta, se ha echado encima la tarea de proteger un ecosistema en peligro: las 200 hectáreas de bosque seco tropical en las que vive su pequeña comunidad, un delicado sistema hídrico y medioambiental del que en buena parte depende la ciudad y que corre el riesgo de desaparecer si no se toman medidas urgentes.
Este proyecto se enmarca en la estrategia 'Ciudadanos del Río: Comunidades Creadoras' con el que CoCrea busca fortalecer la conservación de cuerpos de agua en Colombia mediante el reconocimiento de la cultura y las prácticas ancestrales como ejes de la sostenibilidad ambiental, y cuenta con el apoyo del Grupo de Energía Bogotá.
Mientras el jeep en el que viajamos a la sede de la Fundación Cerro Seco da saltos por el camino de tierra, Mario Daza, su director, señala los predios arrasados y llenos de escombros que se extienden a lado y lado de la carretera. “Esto lo recorríamos a pie, estaba cubierto de árboles gigantes, centenarios”, explica. “No había esta sequía. Esta era un área muy lluviosa, húmeda. Los vecinos cultivaban y muchos de ellos hacían carbón vegetal. Pero la gente cuidaba. No vinieron a arrasar el monte”.
Como tantos otros vecinos, los hermanos Daza llegaron a lo que hoy es la vereda de Buenos Aires con su madre, Ana Barrera Fuentes, en la década de los ochenta. Construyeron un rancho en el pie de monte y se dedicaron a sembrar patilla, melón, pepino blanco, y lo que se diera. Era para el gasto de la casa, pero las cosechas fueron tan abundantes, que en las fiestas del mar los niños salían a venderlas en el mercado. Allí se quedaron y formaron una pequeña comunidad rural que aún subsiste.
Tratamos de imaginar lo que Mario nos cuenta, porque ya no queda nada verde en esos terrenos llanos que han extendido la ciudad de Santa Marta hasta el umbral de la Sierra. Sólo escombros, basura y sequedad para los estudiantes y las familias que viven en esa zona de las afueras de la ciudad.
El calor agobia cuando empezamos a subir por una pequeña trocha hacia la vereda. Poco a poco el paisaje cambia, aparecen árboles, algunas flores y matas de monte desperdigadas sobre un suelo arenoso. Más allá, la montaña con su vegetación tupida. Se agradece la frescura y el ruido de las aves. Bajo un gran cobertizo adornado con plantas colgantes y un par de ventiladores, nos reciben los hermanos Daza y algunos miembros más de esa pequeña comunidad de cerca de 200 habitantes.
Es la sede de la fundación Cerro Seco, creada hace ya más de cinco años por Mario Daza, sus hermanos y algunos vecinos de esa vereda, con el fin de proteger el bosque seco tropical y sus recursos ambientales e hídricos, ese delicado sistema del que en buena parte depende la vida y bienestar de los habitantes de Santa Marta.
Un territorio sagrado
Estamos en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, ese imponente cordón montañoso que rodea la ciudad. La fundación Cerro Seco está ubicada en el Parque Distrital Paz Verde, primera franja de bosque en el ascenso hacia las partes altas. Más allá se encuentra Minca, y luego los páramos y picos nevados que se elevan a 5.775 metros sobre el nivel del mar. La Unesco declaró esta región como Reserva de Biosfera y Patrimonio de la Humanidad. Para los pueblos indígenas es un territorio sagrado.

La zona del parque natural Paz Verde en la que nos encontramos está cubierta de matas de monte y árboles de troncos retorcidos, muchos de ellos espinosos. Es lo que se conoce como bosque seco tropical y, aunque parece árido, alberga una inmensa variedad de fauna y flora que se ha adaptado a sus condiciones extremas. Pese a su cercanía con la ciudad, forma parte del sendero natural del jaguar y es lugar de migración de todo tipo de aves, loros y guacamayas.
Este ecosistema es uno de los más amenazados del territorio nacional, al punto que hoy solo queda, y de manera fragmentada, un 8 por ciento de las 8 millones de hectáreas que tuvo originalmente el país. Con su extinción desaparecen especies completas de fauna y de flora, se pierden recursos hídricos y se da vía al calentamiento y la desertificación. Por eso es tan importante para el país y para el equilibrio hídrico y medioambiental de Santa Marta proteger el Parque Nacional Paz Verde y esa franja de 400 hectáreas de bosque que linda con la ciudad.
“Aquí al cemento se le llama progreso”
Hace unos años, sin embargo, la paz rural se estremeció con el sonido metálico de las excavadoras. Contra toda lógica y sin previo aviso, el Distrito le otorgó licencia a una cantera para extraer materiales de construcción en los linderos del parque. Una licencia por 30 años, que abría las puertas de la deforestación. Miles de voces se levantaron para hacer entrar en razón a las autoridades: “La autorización de una licencia para explotar materiales de construcción está generando un detrimento ecológico sin precedentes en pleno corazón de Santa Marta. Cientos de miles de especies de flora están siendo arrasadas sin control, afectando la ruta del jaguar y el hábitat de especies como el puma de Araguay y la guacamaya verde azul, que sólo se encuentra en esta región del mundo".
El equilibrio entre desarrollo urbano y preservación natural es tema crucial en Santa Marta, una ciudad que crece de manera acelerada impulsada por el turismo y que enfrenta hoy serios problemas de abastecimiento de agua. “Aquí al cemento se le llama progreso —comenta Mario—: así fuimos educados”. Junto con su familia y un puñado de vecinos, se propusieron demostrar que había otras formas de vivir y de hacer las cosas en esos montes que aún refrescan la ciudad. Surgió así la fundación Cerro Seco, que trabaja en la protección de los cerros a partir de la educación ambiental, la transmisión cultural y el turismo ecológico.

Empresarios de la conservación
Apoyados en sus propias habilidades, crearon el Parque Temático Cerro Seco Natural Training, una pequeña estructura de economía comunitaria en la que todos participan como guías, proveedores de alimentos, entrenadores y hasta músicos. Y llevan, así, siete años ofreciendo servicios turísticos a una ciudad que empieza a reconocerlos. Hoy cuentan con espacio para actividades recreativas, pista de bicicrós, rutas para avistamiento de aves y gimnasio al aire libre.
Esto les permite vivir, como dicen ellos, como empresarios de la conservación. Pero su propósito va mucho más allá. “Lo que buscamos es detener la deforestación y vincular a la comunidad para que sea agente activo en la conservación de este ecosistema que es el pulmón de los samarios”, explica Mario. Y mientras caminamos por los senderos del bosque cuenta una historia llena de imágenes que ayuda a comprender la verdadera dimensión de su proyecto.
Además de su importancia biológica, explica, esa franja verde opera como un mitigador ambiental, como un escudo entre el mar y la Sierra. Con la deforestación, las brisas cálidas llegan directamente a los territorios altos, como un secador que soplara directamente sobre la montaña, alterando su clima y produciendo una progresiva desertificación. “De seguir así, en diez años los niños de hoy lo único que verán aquí es un desierto".
Pero esta degradación del territorio no sólo afecta las zonas altas de las montañas. La ciudad de Santa Marta se nutre en buena parte del delicado tejido hídrico que recorre estos bosques de las estribaciones. En invierno, sus arroyos se llenan de agua, una parte de la cual desemboca en las quebradas y ríos, y otra se absorbe y alimenta los pozos subterráneos que abastecen la ciudad. Con la construcción descontrolada y la deforestación se corta el flujo natural del agua, y los arroyos, ojos de agua y acuíferos subterráneos se van secando, con graves consecuencias no solo para la ciudad, sino también para los árboles de raíces profundas, los bosques de galería y el sinnúmero de animales que viven en ellos.
Por eso —explica—, es tan importante aprender a conocer y cuidar las fuentes de agua, por pequeñas que sean. “Normalmente cuando hablamos de ríos y de agua pensamos en las cuencas grandes y no les damos importancia a los arroyos y quebradas del bosque seco que son afluentes de muy poco caudal que toman agua durante el invierno y luego se secan, al punto que muchas personas piensan que se trata de un ecosistema muerto. No se dan cuenta de la inmensa importancia medioambiental que tienen.” Esta frase, dicha de paso mientras me señalaba el cauce de un arroyo, tan seco en esta época del año, fue quizás la que más me conmovió en todo el recorrido. Porque representaba la esencia misma de su enseñanza y la dimensión de la tarea que habían asumido en este territorio de frontera, tan vital pero tan frágil y amenazado.

Construir redes para el cuidado ambiental
Sacar adelante un proyecto como estos, y sobre todo hacerlo sostenible a largo plazo, es una tarea que excede las capacidades de una pequeña comunidad rural. Conscientes de la necesidad de tejer alianzas y buscar aliados, a finales de 2024, y con motivo de la celebración de los 500 años de Santa Marta, diseñaron la iniciativa Del Aula al Bosque, un programa de educación ambiental que busca convocar a los estudiantes de la ciudad e integrarlos a la tarea de proteger el bosque y sus recursos hídricos.
Este programa encontró resonancia en los objetivos de CoCrea y, particularmente, en su estrategia Ciudadanos del Río: Comunidades Creadoras. Gracias a la intermediación de CoCrea, y mediante el mecanismo de incentivo tributario que promueve la participación del sector privado en iniciativas culturales y creativas, Enlaza —empresa filial del Grupo de Energía de Bogotá— decidió sumarse al proyecto. Con su experiencia en el desarrollo de infraestructura eléctrica en el país y su apuesta por la transición energética y el desarrollo territorial, Enlaza encontró en CoCrea y en este programa una oportunidad para aportar de manera sostenible al desarrollo y bienestar de la región, a partir de la educación, la cultura ancestral y el trabajo comunitario.
Del Aula al Bosque busca sacar a los estudiantes de los salones de clase e internarlos en ese bosque seco para que respiren su aire, sientan la frescura de los árboles, conozcan las fuentes y los ciclos del agua y, por medio de cantos, juegos y conocimientos transmitidos a través de la tradición oral, aprendan sobre la importancia del medioambiente y el cuidado de las fuentes hídricas, y comprendan hasta qué punto su cultura y su vida misma están asociadas a la naturaleza.
Así lo explica Mario Daza. Los relatos de los viejos de la región, cuenta, narran una historia que a las nuevas generaciones les ha llegado fragmentada, sin que ellos mismos sepan el origen de mucho de lo que a diario oyen y ven. Las viejas canciones de los juglares retomadas por los cantantes de moda están llenas de menciones a árboles, paisajes, ríos, quebradas y oficios que han hecho parte de la vida de muchas generaciones de la gran región caribe. Ahí están para la muestra El higuerón de Abel Antonio Villa, Palito de Santa Cruz de Pedro Hernandez, Tamarindo seco de Salomón Mancera, o La cañaguetera de Isaac Carrillo Vega; y también, innumerables palabras que a cualquier samario les son tan familiares como suan, malambo, carreto, pivijay, carito, pereguétano, trupillo que hoy son los nombres de sus barrios y pueblos pero que desde siempre han sido árboles.

Les cuentan también los mayores a los jóvenes estudiantes que las plantas tienen usos medicinales, que muchas de ellas tienen fibras que se usan en la construcción y las artesanías, que se puede innovar en la gastronomía a partir de frutos como el mamón, el ciruelo dulce o el guacho, que por el olor se sabe cuándo está cerca el jaguar y lo que hay que hacer para proteger a los animales de corral. Les enseñan a conocer la ruta de migración de las aves y por qué no deben cazar las iguanas, ni bajarse con honda a la torcacita o a la guartinaja. Con ellos aprenden todo lo que la naturaleza les da y lo importante y frágil de su equilibro.
“Lo que no se conoce, no existe”, finaliza Mario, y explica: muchos de los niños y jóvenes de Santa Marta han vivido siempre aquí, pero ni ellos ni sus padres tienen idea del valor de estos suelos ni de los animales y plantas que los rodean. Simplemente hay que retomar la relación con la naturaleza y comprometerlos con su cuidado. “Y, sobre todo, explica, salvaguardar la biblioteca más sagrada que tenemos. Los adultos mayores, ya que cada vez que muere uno y no se comparte su conocimiento, es un libro que se cierra sin poderse abrir nunca más".
El momento culminante del programa es la siembra de 500 plantas nativas. Para ello construyeron un pequeño vivero con el milagro de un riego de aspersión alimentado por paneles solares, en el que reposa el futuro bosque compuesto por banco voladores, guásimos, macurutús, caritos, sangregados y ceibas que será la ofrenda que estos niños y jóvenes le dejarán a Santa Marta en sus 500 años. Una ofrenda que lleva consigo un poderoso mensaje de futuro para una ciudad.
“Siempre decimos que los niños son el futuro del planeta; pero eso es mentira, a los niños no les estamos dejando el futuro: les estamos dejando problemas que ellos tendrán que resolver. Así que no, los niños no son el futuro del planeta, los niños son los agentes del cambio actual. Porque esa información que ellos tienen, esos árboles que van a conocer, esos animalitos que van a ver, quizás en 15 o 20 años ya no existan”, concluye Mario.
Aprender a convivir con un medio ambientalmente rico y diverso pero frágil, proteger sus especies y sus fuentes de agua, luchar contra la extracción, la depredación y el empuje urbanístico, y sumar a niños y jóvenes en esta tarea, es una labor titánica a pequeña escala y ejemplo de lo que una comunidad organizada puede lograr para mejorar su vida y la de los demás.
Por eso vale la pena el esfuerzo y la determinación de los actores que se han unido y apoyado este proyecto, y que le recuerdan a Santa Marta, en sus 500 años, que lo más valioso que tiene es su inigualable entorno natural y las comunidades que han aprendido cómo protegerlo y vivir con él.

¿Por qué una empresa de ingeniería termina involucrada en un proyecto de esta naturaleza?
Juan Pablo Tobar, gerente de Proyectos de Valor Compartido, de Enlaza, filial del Grupo Energía de Bogotá, explica las razones. Como empresa de transmisión de energía eléctrica en el país, su función es construir la infraestructura eléctrica que conecta las regiones. Esto quiere decir, que su labor se lleva a cabo en los territorios. Más allá de instalar torres de transmisión, deben hacerse cargo de los procesos de operación y mantenimiento a largo plazo. Así que son vecinos de las comunidades, y lo serán por mucho tiempo.
“Cuando se solicita una licencia ambiental para poder construir, esta va asociada a una serie de medidas de mitigación porque vas a generar impactos, eso hay que reconocerlo. Pero es importante cambiar la visión de que esto será una confrontación con las comunidades, e identificar oportunidades de trabajo conjunto; es ahí cuando aparece el escenario concreto”. Sin embargo, explica, la dificultad está en venderle la idea a instancias de aprobación que tienen en la cabeza números, a ingenieros que ven torres y líneas de transmisión. “Hay que empezar por generar una sensibilidad interna para esta clase de proyectos".
Gracias al apoyo de CoCrea y de todas las áreas de Enlaza y del Grupo Energía Bogotá, lograron construir una cultura empresarial que le apuesta genuinamente a estos procesos, y crearon un equipo de trabajo para la estructuración de proyectos con un retorno social importante, que hoy forma parte de las metas del corporativo.
“Hay dos cosas que a mí me gustan de este proyecto”, comenta Juan Pablo Tovar refiriéndose a la fundación Cerro Seco. “Número uno, más del 90 por ciento del presupuesto del proyecto se queda en el territorio. Y número dos, que este piloto nos permite escalar la experiencia a otros departamentos".
Otro elemento fundamental es garantizar la sostenibilidad y para ellos esto se traduce en dejar capacidad instalada en el territorio. “El presupuesto tiene que reflejar la apuesta en sostenibilidad en el tiempo de los proyectos en el territorio. Un proyecto que no asegure que al menos el 70 o 80 por ciento del recurso no quede en el territorio es un proyecto que desde el punto de vista de la sostenibilidad habría que revisar con mucho cuidado".
Por eso le dieron tanta importancia a todos los procesos comunitarios y conocimientos involucrados en el proyecto y, particularmente, a la formación de los casi 500 jóvenes que participan en el proyecto Del Aula al Bosque. Y para ello incluyeron en la propuesta la construcción del vivero. “Finalmente, el bosque seco tropical se cuida manteniendo las especies nativas del territorio, y preservando así, además, el recurso hídrico”, dice María Alejandra García, miembro del equipo de la gerencia de Proyectos de Valor Compartido de Enlaza.
“Mi mensaje —concluye el gerente—, es que no podemos crecer como empresas si no le apostamos a la riqueza cultural de los territorios. No es sostenible”.
(*) Ana Roda es licenciada en Filosofía y Letras y cuenta con una amplia trayectoria en el campo de la literatura, la edición y la gestión cultural. Ha trabajado como editora en el Grupo Editorial Norma y el Fondo Cultural Cafetero; ha dirigido la Biblioteca Nacional de Colombia y el área de Lectura y Bibliotecas de la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá. También fue directora de la Red de Bibliotecas del Banco de La República y de la Luis Ángel Arango y ha sido consultora externa de CoCrea.
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