
Cuando se anunció el restablecimiento de las relaciones entre Venezuela y Colombia, varios en su momento sugerimos que los nuevos entendimientos deberían conducir a un mejor tratamiento e incluso una solución para los miles de migrantes venezolanos que todos los días abandonan su país huyendo de la precariedad económica y el cierre de su sistema político. Pero, sorpresivamente, el Gobierno de Gustavo Petro ahora parece empecinado en invisibilizar el problema migratorio e incluso en negar su existencia.
Las señales son múltiples y provienen de muy diversas esquinas. El discurso ya es oficial. El mismo presidente, en su rueda de prensa con el secretario de Estado, Antony Blinken, dijo que de acuerdo con los datos que tiene (¿?) el flujo migratorio se había invertido y ahora eran los colombianos los que estaban llegando a Venezuela y no al revés. No es la primera vez que el presidente les queda debiendo rigurosidad a sus declaraciones. Pero en esta ocasión, la irresponsabilidad con el manejo de la información puede generar una despreocupación en el interior del Gobierno que, a su vez, prevendrá la generación de políticas públicas concretas y efectivas para pasar de la regularización al goce efectivo de derechos por parte de los ciudadanos venezolanos.
En su columna de El Espectador, Txomin Las Heras cita otras instancias: el embajador Armando Benedetti ya está hablando de un “supuesto éxodo” y estas declaraciones desde los más altos niveles sumadas a la ausencia de una política migratoria clara, hacen sospechar que el Gobierno está en el plan de invertirle mucho capital político al negacionismo en esta materia.
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