
Hace unas semanas escribí sobre la batalla de Pienta.
Después, sobre aquel 21.
Luego, sobre una camiseta.
Parecían tres columnas distintas: una batalla olvidada, una fecha que no deberíamos convertir en herida, un símbolo común que la política quiso volver contraseña.
En realidad, hablaban de lo mismo.
De Colombia.
De cómo antes de Boyacá siempre hay una Pienta: una batalla silenciosa donde un país empieza a decidirse. De cómo cuenta votos sin incendiar sus instituciones. De cómo cuida lo que todavía nos pertenece a todos cuando las campañas intentan volverlo propiedad de una parte.
No escribo para decirle a nadie por quién votar ni para participar en campaña alguna.
Escribo porque hay momentos en que la conciencia debe hacer dos cosas a la vez: nombrar sus reparos y asumir su decisión.
Colombia llega otra vez frente a un puente. Y frente al puente no basta con gritar desde la orilla. Hay que mirar el camino completo. No toda decisión democrática nace del entusiasmo. Algunas nacen de la preocupación, de la memoria o de la necesidad de poner un freno.
Pero un freno no puede ser una licencia.
Ese es el punto.
Hay decisiones que no se toman por admiración, sino por responsabilidad. No apoyo muchas de las formas de una alternativa que ha hecho de la arrogancia un estilo; tampoco respeto su manera de relacionarse con la diferencia, la prensa y la dignidad de los otros. Me preocupan su lenguaje, su idea de autoridad y su tentación de convertir la fuerza en espectáculo.
Pero ante la continuidad de un proyecto que ha gobernado desde el sobresalto, la hostilidad a la empresa, el desprecio institucional y el arrebato permanente, mi prioridad es trazar una raya al proyecto que ya mostró cómo entiende el poder.
Esa es la conclusión que no quiero esconder.
No es adhesión.
Es contención.
Se puede estar cansado de la improvisación sin enamorarse de la arrogancia. Se puede rechazar el caos sin aplaudir la humillación. Se puede pedir orden sin avalar el abuso. Se puede defender la empresa, la inversión y el trabajo sin olvidar que la dignidad humana no depende de la ideología, del género, de la orientación sexual, de la fe ni de la rabia del momento.
Colombia no aguanta más política de sobresalto.
No aguanta que el Estado sea una tarima permanente. Que la nación viva pendiente del próximo arrebato, del trino febril, de la madrugada convertida en consejo de ministros. Que cada crítica sea tratada como conspiración, cada empresario como sospechoso, cada institución incómoda como enemiga y cada ciudadano que discrepa como traidor.
Tampoco aguanta que se gobierne contra quien produce.
La empresa no es enemiga de la justicia social. La inversión no es un privilegio vergonzante. El trabajo formal no nace del resentimiento. La riqueza bien creada, bien regulada y bien distribuida no es pecado: es una condición para financiar derechos, oportunidades, educación, salud, infraestructura y movilidad social.
Un país que espanta la confianza termina espantando el futuro.
Y necesitamos futuro.
Pero del otro lado tampoco hay patente de corso.
No necesitamos pasar del iluminado al bravucón. Ni de la soberbia mesiánica a la arrogancia viril. Ni de la tarima ideológica al espectáculo personal. Ni de una forma de desprecio a otra.
La democracia no se defiende relativizando el decoro.
No se defiende cerrando los ojos ante el machismo. No se defiende burlándose de las personas diversas. No se defiende tratando a una mujer periodista como escenario de una broma de poder. No se defiende despreciando al que cree distinto, ama distinto, habla distinto o vive distinto.
La diversidad no es una concesión.
La equidad no es un adorno.
El decoro no es un lujo superfluo.
La dignidad no se somete a segunda vuelta.
Y esto no es asunto trivial. El país que debemos cuidar también se mide en la forma como se trata a las mujeres, a los periodistas, a las personas diversas, a los contradictores, a los jueces, a las instituciones y a quienes votan distinto.
Por eso, precisamente porque considero que la raya más urgente es una, no puedo dejar de nombrar la otra.
Quien reciba votos de ciudadanos preocupados no recibe absolución. Recibe una obligación: cuidar también a quienes no se parecen a él.
Un voto incómodo no borra las objeciones.
Las vuelve más exigentes.
La pregunta de fondo no es solo quién gana. Es qué país queda al día siguiente.
¿Uno que celebra la derrota del otro como si media Colombia dejara de ser Colombia? ¿Uno que usa las urnas para cobrar cuentas emocionales? ¿Uno que convierte el triunfo en permiso para arrasar? ¿Uno que reemplaza una rabia por otra? ¿O uno que entiende que gobernar no es vengarse, sino responder por todos?
Vengo de escribir que la camiseta es Colombia.
Lo sostengo.
No es de un presidente, de un candidato, de un partido ni de una campaña.
La camiseta es de quien trabaja, paga impuestos, emprende, enseña, cura, cuida, protesta, duda, vota, pierde y vuelve a empezar.
También es del que no piensa como uno.
Ese debería ser el mínimo común antes de cualquier resultado.
A todos nos enseñaron la Batalla de Boyacá. A casi nadie, la de Pienta. Tal vez por eso creemos que los países se deciden solo en el puente famoso, en la imagen final, en el día que después queda en los libros.
Pero muchas veces un país se decide antes.
Se decide cuando un ciudadano entiende que votar no es odiar. Cuando otro entiende que ganar no es humillar. Cuando una sociedad comprende que la rabia no puede ser programa de gobierno. Cuando recordamos que ningún miedo justifica entregar la conciencia.
No estamos en una guerra contra compatriotas.
No estamos frente a enemigos.
Estamos frente a una elección.
Y una elección, por importante que sea, no suspende la decencia.
Yo no puedo ni quiero decirle a nadie qué hacer con su voto.
Pero sí puedo decir qué me exige este momento: ponerle freno al proyecto que convirtió el poder en sobresalto y exigirle frenos a la alternativa que puede reemplazarlo.
Esa diferencia importa.
Porque no es lo mismo apoyar que optar. No es lo mismo admirar que decidir. No es lo mismo entregar la conciencia que usarla.
Hay momentos en que la democracia no ofrece una opción para celebrar, sino una decisión para asumir.
Este es uno de esos momentos.
Colombia no se cuida con fanatismo.
Se cuida con conciencia, instituciones, respeto y memoria.
Se cuida recordando que la democracia no nos pide entregar el alma a una campaña. Nos pide responder por el país que queda después de la campaña.
Antes de Boyacá fue Pienta.
Antes del resultado debe estar la conciencia.
Y ahora estamos frente al puente.
No para odiar.
No para humillar.
No para obedecer.
Para decidir sin dejar de cuidar.
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