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Juan Fernando Cristo
Puntos de vista

29 años después

Son ya 29 años papá con su ausencia. Toda una vida. La de su nieta Daniela llega a 31. Acababa de cumplir apenas dos años en Atenas cuando las balas asesinas del ELN cambiaron nuestras vidas para siempre. Menos de dos meses antes, usted la había acompañado en su fiesta de cumpleaños. Tienen toda la razón quienes afirman que la vida pasa rápidamente sin que nos percatemos. Solo nos detenemos a repasar aquello importante en nuestra existencia cuando llegan golpes tan duros, brutales, inesperados, injustos e irracionales como que la violencia nos arrebate a quien queremos y admiramos desde el día que llegamos a este mundo. Ese 8 de agosto, tan lejano y tan cercano, tan definitivo en mi vida, tan triste y doloroso, jamás lo olvidaremos papá. Dicen que el tiempo sana el dolor y se equivocan,  lo transforma, lo hace más sereno y profundo, los recuerdos nunca se van. Para los demás la tragedia se convierte en una historia que cada tiempo se repite en el pueblo. Para quienes lo extrañamos la dura realidad es que sin su presencia tenemos que seguir adelante, con la misma tenacidad y fuerza que ud lo hacía en todos los retos que la vida le impuso. No fueron pocos ni fáciles. Los superó todos, menos el de esquivar la muerte violenta, que estoy seguro nunca pensó que llegaría así, cuando disfrutaba una maravillosa etapa de su vida. 

Hace 29 años el país se preparaba en medio de la violencia para elegir un nuevo Presidente de la República, en una difícil coyuntura de violencia y aguda confrontación política. En muchos aspectos hoy parece que se repite la historia. Se posesiona un nuevo jefe de Estado tras triunfar en una campaña inédita, tras el final de un gobierno en el que quienes siempre gobernaron se aglutinaron en una coalición de oposición heterogénea. Un gobierno en el que aquellos que durante toda la historia republicana ejercieron la oposición al establecimiento pasaron a diseñar  y ejecutar  políticas públicas. En eso fundamentalmente consistió el “Gobierno del Cambio”, en la mayor apertura democrática que Colombia ha tenido, en la llegada a las posiciones oficiales de quienes nunca habían tenido la oportunidad de hacerlo, en la representación e inclusión en las políticas de Estado de los afros, indígenas y campesinos que se empoderaron, en la posibilidad, por fin, de colocar en el centro de la agenda pública la necesidad de reducir las brechas sociales, derrotar la pobreza y disminuir la desigualdad. El gobierno de Petro lo logró en medio de complejidades y contradicciones que muchos ciudadanos no entendieron, de un estilo de gobierno caudillista que desprecio el liderazgo colectivo, del aprovechamiento indebido e ilícito de muchos que traicionaron la confianza de millones de compatriotas partidarios del cambio, de la dificultad para construir consensos y de entender que nunca se tiene la verdad absoluta. También de la radicalidad de sectores reaccionarios del establecimiento político y económico que se niega a ceder privilegios, que defiende al ultranza el statu quo que los beneficia, que no entiende que es imposible conseguir cohesión social y paz con tan profundas desigualdades sociales y territoriales, con unos sectores de la clase dirigente que aún se creen dueños del destino nacional y que en muchos casos desprecian al ciudadano por su color de piel o o su origen social o étnico. También sufrimos la incapacidad del Gobierno del Cambio para convocar y entender que en 4 años no era posible hacer las transformaciones que han tardado 200, mientras una elite lejana e indolente se negaba a comprender la necesidad de avanzar en unas necesarias reformas sociales. La radicalidad de unos y otros, nadie escapa a su dosis de responsabilidad, nos llevó a un clima de permanente confrontación que impidió el avance en muchos frentes. 

En medio de esa confrontación el país asistió a las urnas y salimos divididos en dos partes iguales, como hace 10 años con el plebiscito por La Paz. Seguimos en las mismas y tal vez peor,con más agresividad e insensatez. En el plebiscito el NO se impuso por menos del 0.5%de la votación total, en la segunda vuelta presidencial De la Espriella triunfó por menos del 1%. Y así arranca un nuevo gobierno de extrema derecha que reemplaza al primer gobierno de izquierda democrática en Colombia. Sin matices de ninguna clase en ambos lados del espectro, sin comprender el gobierno que comienza aquello que tampoco logro entender el que termina: que los 13 millones de votos que obtuvo no constituyen un cheque sin condiciones que los ciudadanos giraron al ganador por sus propuesta, sino que buena parte de ese apoyo se debió al voto en contra de lo que representaba la otra opción. Nos acostumbramos a votar en “contra de”y no “a favor de”. Es la triste e inevitable consecuencia de la polarización social y política que padecemos y de la figura de la segunda vuelta presidencial que inauguramos con la Constitución del 91.Comienza un gobierno que se dedicara a demoler toda la obra del que termina y así seguiremos una y otra vez, cada 4 años, mientras no entendamos en Colombia que construir consensos, dialogar, ceder, no es sinónimo de debilidad sino de fortaleza de quienes se encuentran en orillas opuestas. La buena noticia es que pasamos de un extremo a otro en democracia, sin sobresaltos a pesar de los anuncios de catástrofes democráticas de muchos. 

Hoy, papá, muchos celebran la salida del líder que deja la Casa de Nariño más que la llegada de su nuevo inquilino. Y en la otra mitad de Colombia se percibe tristeza, desolación, pesimismo, miedo y hasta planes de exilio. Esas no son buenas noticias. La democracia colombiana y la institucionalidad demostraron su fortaleza para asegurar una transición, pero seguimos en deuda cuando constatamos que la gente que salió a votar el 21 de junio lo hizo casi que como una cuestión de vida o muerte, con muchos pensando que serían destripados si ganaba el candidato de la derecha como anunció durante la campaña y otros convencidos de que si ganaba el de la izquierda sucedería una tragedia. La Colombia de hoy papá es un mejor país que el de hace 29 años a pesar de todas sus dificultades. Hay más desarrollo, más riqueza, millones han salido de la pobreza y la misma violencia es menor que entonces aunque hemos sido incapaces de lograr una paz estable y duradera. Sin embargo, persiste el racismo, el clasismo, la exclusión y al confrontación social que no nos permite desapegar en forma definitiva hacia la construcción de un país en el que realmente quepamos todos y tengamos las mismas oportunidades. 

Mientras tanto papá la vida sigue igual para todos que tenemos que seguir trabajando por cumplir nuestros sueños. Sus nietos ya trabajan, luchan y buscan un mejor futuro. Si papá, la vida sigue sin su sonrisa socarrona, sin sus actitudes reflexivas y serenas, sin su voz tranquilizadora, sin sus cuentos e historias que siempre traían una enseñanza y en no pocas veces una carcajada, sin su presencia que llenaba todos los espacios, sin su cucuteñeidad hoy casi desparecida en su amada ciudad. Desde hace ya más de dos décadas Cúcuta perdió su rumbo e identidad en medio de las mafias criminales que se apoderaron de cada esquina ante la mirada impotente de la ciudadanía y unas autoridades desbordadas por el crimen y la complicidad política. Su ciudad tranquila y alegre de antaño, la de buenas costumbres que alcanzamos a disfrutar y que empezamos perder unos años antes de su bárbaro asesinato,nunca volvió a ser la misma. Los violentos siguen merodeando y los criminales propios y foráneos, los pillos, siguen haciendo de las suyas. Son ya 29 años y la herida no cicatriza por su temprana ausencia que nunca imaginamos. Acá seguimos luchando por el país que usted soñó, con sus mismos ideales y convicciones, con su misma terquedad y sin renunciar a librar unas y otra batalla por defender el inmenso legado que nos dejó. Un abrazo lleno de nostalgia querido papá.

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