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ESTA SEMANA EN CIRCOMBIA

ESTA SEMANA EN CIRCOMBIA
Daniel Samper Ospina
Los Danieles

ESTA SEMANA EN CIRCOMBIA

A ustedes les consta que he tratado de militar en el zucarismo por las ventajas que ofrece: uno queda del lado correcto de la historia, no corre el riesgo de que lo censuren y hasta lo pueden nombrar en cargos importantes, y desnombrar a los pocos minutos, como le sucedió al hoy exdirector del DANE, Ricardo Valencia: lo despidieron apenas un par de semanas después de posesionarse. Cayó víctima del síndrome de Ariadna Gutiérrez: la colombiana que fue Miss Universo durante apenas 47 segundos, hasta que Steve Harvey hizo lo que Marlon Becerra con sus clientes: le cambió la corona. 

El Steve Harvey de esta ocasión fue el propio presidente therian: cuando se enteró de que Valencia había dicho que el gobierno de Berto no había manipulado las cifras del DANE, le rapó el cetro, lo declaró insubsistente y coronó a Juan Manuel Alvarado, de quien todos los zucaritos esperamos mayor obediencia.  

El doctor Valencia, en todo caso, no se puede quejar: el zucarismo le mejoró la hoja de vida. Ahora es todo un exdirector del DANE. Su paso por la institución fue breve pero dejó huella, aunque no en la arena, a diferencia de lo que sucedió con los congresistas del Pacto Histórico que asistieron a la plenaria en chanclas y pantaloneta. En la moción de censura al ministro-pastor, también conocido como “el ministro playero”, el petrismo convirtió el Capitolio en el espacio más contaminado de Bocagrande. Había honorables representantes del Pacto en esqueleto, toalla y vestido de baño. Carito Corcho por poco asiste en bikini para confirmar que es la soltera más cotizada del país, como alguna vez dijo. Llevaron flotadores, balones playeros, incluso vendedores de gafas. Dos congresistas intentaron treparse encima del senador Wally para utilizarlo como chorizo inflable. 

Una postal memorable de Circombia, aunque no tanto como la del gobernador de Caquetá y el alcalde de Florencia, que decidieron lanzar la liga de boxeo enfrentándose en el coliseo de la ciudad: ataviados con guantes y uniformes de púgiles, dieron un golpe de opinión, si se me permite el término, y se trenzaron en una pelea que duró apenas un asalto: fue un asalto en todos los sentidos. La noticia le dio la vuelta al mundo. Se trataba, en fin, de dos políticos enfrentados en un ring: los únicos rectos fueron los golpes que se lanzaron. El encuentro podría servir de ejemplo para que Kid Papucho e Iván “Mano de Piedra” Cepeda diriman sus rivalidades de la misma manera. Imaginémoslos en  la Arena de Barranquilla, adecuada para la ocasión con una fachada de la Casa Blanca. Kid Papucho atacaría con un gancho de ultraderecha; Mano de Piedra se agacharía. Todavía más. Kid Papucho amenazaría con destriparlo y luego entonaría un aria; Mano de piedra sacaría un papel y lo leería. Kid Papucho entraría en una modorra que lo adormecería hasta tocar la lona, pero haría un buche de ron Defensor y sorprendería a su rival con golpes de su tamaño: bajos. Mano de piedra, entonces, contratacaría con una combinación escalofriante, comparable apenas a la de Claudia López con Gustavo Berto, que pasó de detestarlo públicamente a mostrarlo como la única salida contra la corrupción y el fascismo. Al final Kid Papucho ganaría por menos de un punto, pero Mano de Piedra no aceptaría el resultado y montaría una pelea alternativa de boxeo en la sombra.  

Y, sin embargo, la noticia más llamativa de la semana —por lo menos para quienes nos encontramos en el empeño de ser recibidos por Abelardo— fue la solicitud del ministro de Agricultura, Indalecio Dangond, de llamar “empresarios del campo” a los campesinos, para que recuperen la dignidad. Por fin alguien entendió el problema del campo colombiano: era de branding. Es el ministro de la Patria Milagro. De la patria mil-agro-ingreso-seguro. 

Tan pronto como escuché esas palabras quise compartirlas con José, el cuidandero de una pequeña finca que compré en el segundo día más feliz de mi vida: porque el primero —como dice el adagio popular— será el día que logre venderla. 

—José —le dije—, vengo a devolverle la dignidad: en adelante usted será el Country Manager de esta unidad de negocio.
—¿Cómo así?
—Que usted dejará de ser cuidandero: será CEO de esta Business Unit.
—¿De qué?
—Debe adaptarse a la cultura corporativa y levantarse a las cuatro de la mañana a ordeñar, por ejemplo.
—Eso ya lo hago.
—Perfecto. Y debe también organizar alianzas estratégicas con la mujer que tiene una start-up avícola.
—¿Cómo así?
—¡La que vende los huevos, José! 
—¿Doña Nubia? ¿La de las gallinas ponedoras? 
—No las llame así, hombre, deles dignidad: son activos que generan dividendos…
—… 
—También le iba a recomendar que ampliáramos el portafolio… ¡Estamos poniendo todos los huevos en la misma canasta!
—¿Como doña Nubia?
—Me refiero a que deberíamos comprar otra vaca. Aunque no sea bueno para liquidez.
—¿Para la liquidez de la vaca? ¿O sea, de ordeño?
—U otro animal… 
—¿Un marrano de engorde? 
—Se dice activo que se está valorizando, José: ¡tenga dignidad!
—Pero, don Daniel, si me toca hacer todo eso yo no doy abasto… Le tocaría contratar un jornalero.
—No se dice jornalero, José: se dice freelancer. Haga algo de networking en el marketplace el domingo a ver si consigue un prospect a buen precio.

Pero no quiso adaptarse a la cultura corporativa, por lo cual me tocó volverlo a llamar “cuidandero”: José duró como CEO lo mismo que el Ariadno Gutiérrez del DANE. 

Al menos alcanzó a mejorar la hoja de vida:
—¿Experiencia laboral?
—Una ordeñada como CEO.

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