
Acabo de recibir de manos de Vicenç Fisas Armengol —fundador de la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de una treintena de libros— su nuevo ensayo La violencia colectiva como ideología: tecnofascismo, autocracia y violencia estructural. En sus páginas, Fisas analiza la nueva extrema derecha y el supremacismo como construcciones ideológicas capaces de alimentar la deshumanización, la excepcionalidad y la polarización. Su tesis es contundente: cuando la violencia colectiva adquiere una dimensión ideológica, deja de ser un episodio circunstancial y pasa a instalarse de forma permanente en la vida social. “Yezid —me dice—, este es un tema que llevo estudiando y procesando desde hace varios años, a partir de la experiencia histórica y presente de Europa y de la situación que hoy atraviesa América”.
A la luz de lo que está ocurriendo en Colombia en las últimas semanas, el ensayo de Fisas resulta especialmente oportuno. A un país marcado por una violencia enquistada se ha sumado, desde el pasado 7 de agosto, un Gobierno que parece convertir la amenaza, la descalificación, la censura, la arbitrariedad y la represión gratuita en valores simbólicos. A la violencia ya cronificada, ejercida por toda suerte de agrupaciones armadas y criminales, se ha añadido ahora la retórica violenta de Abelardo y de otros miembros del Gobierno, cuya extravagancia evoca a los personajes de Fargo, la serie de los hermanos Coen. En Colombia sabemos, además, que la charlatanería no es un asunto inocuo: en no pocas ocasiones, sus efectos pueden resultar más letales que los de un fusil de asalto.
La violencia acompaña inevitablemente al fascismo. La historia de Europa lo demuestra con claridad: los regímenes totalitarios suelen comenzar persiguiendo y castigando a poblaciones estigmatizadas, para después dirigir su maquinaria represiva contra todo ciudadano que se atreva a disentir del autócrata o cuestionar al régimen. En Colombia, el proceso avanza más rápido de lo que algunos ilusos llegaron a imaginar. Las primeras señales de la deriva autoritaria de Abelardo y sus cachorros ya recaen sobre sus propios funcionarios y sobre los periodistas de los grandes medios que se atrevieron a preguntar, cuestionar o caricaturizar aquello que el régimen prefiere mantener intocable. Asimismo, se amenaza a la tradicional autonomía universitaria, se desconoce al campesinado como sujeto y se estrangula financieramente a la cultura, el deporte y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), un tribunal de justicia transicional que ha contribuido a sacar a la luz hechos de violencia que durante años afectaron a miles de inocentes entre sus víctimas.
“La democracia es un bien precioso: nos entrega el don de la libertad y, al mismo tiempo, el poder de acabar con ella. Cuando llegue el momento, la aboliremos”, afirma el protagonista de Mussolini: el hijo del siglo, la serie que narra el auge y la caída del fascismo italiano. Es el retrato de un demagogo que recurrió a la violencia, la cárcel y el asesinato para someter a su propio pueblo y arrastrarlo a una guerra devastadora. Un conflicto que, junto con la persecución y los campos de concentración, provocó una de las mayores catástrofes humanas del siglo XX. Algunos dictadores, como Pinochet, murieron en la cama; otros, como Benito Mussolini, terminaron ejecutados después de ser capturados por los partisanos que lucharon hasta conseguir la derrota del fascismo.
Las primeras decisiones de Abelardo no auguran nada bueno para la democracia de Colombia. Una atmósfera de miedo y desconfianza comienza a erosionar el optimismo de los colombianos y las colombianas. Y cuando las cosas empiezan mal, rara vez terminan bien. “¿Qué somos sin violencia?”, interpela a Mussolini uno de los esbirros que lo sigue a lo largo de la serie.
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