
Hace poco, una periodista que admiro me dijo que deberían clonarme. Con mucha vergüenza le contesté que no sabía con qué finalidad alguien querría hacer semejante cosa, pues soy una persona con muchos defectos. Es más: si le preguntan a mi esposa, estoy seguro de que ella diría que no hay ninguna razón para hacerlo. Lo que pasa es que, por valorar la mano de obra, la gente cree que yo soy una especie de madre Teresa de Calcuta. Y eso no es así. Lo que yo hago es lo mismo que se hace en los países desarrollados más exitosos, que es que la dignidad y el trato justo sirvan de combustible para que las empresas sean más prósperas y productivas.
Este principio, aplicado al sistema capitalista, hace que cualquier negocio sea rentable. No hace falta romantizar la valoración de la mano de obra. Y no porque esté mal hacerlo, sino porque los empresarios debemos entender que pensar distinto es buen negocio. Por supuesto que esto implica cambiar algunas actitudes que desafortunadamente siguen arraigadas.
El fin de semana pasado, por ejemplo, a una mujer le tocó regresar descalza a su casa porque en el lugar que trabajaba le pidieron que devolviera sus zapatos de dotación. Eso, más allá de cualquier argumento jurídico, es atentar contra la dignidad humana. La primera obligación de quienes tenemos la oportunidad de dirigir un negocio, sea grande o sea pequeño, es velar por la felicidad y el bienestar de quienes trabajan con nosotros. Porque el mejor trabajo es el que realiza un trabajador contento, no un trabajador que es maltratado u oprimido.
Y velar por la felicidad de los trabajadores significa valorarlos por lo que son: seres humanos que trabajan para salir adelante. Ellos no trabajan por hacer un favor, ellos trabajan por un sueldo justo. Y si a ese sueldo le agregamos una retribución económica por las utilidades que ayudan a producir con su esfuerzo, no solo estarán más motivados, sino que ese ingreso adicional representará más eficiencia e ingresos para la compañía. Pagar bien no empobrece; pagar bien enriquece y hace que todos prosperemos.
Cuando un trabajador es tratado con dignidad y es bien retribuido, eso le permite ahorrar y que su familia pueda vivir tranquila. Entonces eso redunda en su desempeño laboral y en el éxito de la empresa que eligió para progresar.
Por eso, al final, lo que hay que hacer es ponerse en los zapatos de los trabajadores, no quitárselos: asegurar sus empleos, lograr que cada día estén mejor y entender que la única forma de desarrollar cualquier empresa es darles un trato digno y justo para que su prosperidad aumente cada día más.
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