
El martes 11 de septiembre de 2001 llegué alrededor de las 7:30 de la mañana a la casa del poeta Mario Rivero en el barrio La Candelaria de Bogotá. Aquel día él tendría una lectura de sus poemas en la ciudad de Tunja y un vehículo contratado por los organizadores del evento nos recogería esa mañana y nos traería de regreso en la noche al finalizar el acto. Por esos días yo era el subdirector de la revista Golpe de dados, fundada por Rivero, y asistía y apoyaba al poeta en esos eventos y viajes literarios debido a su avanzada edad y algunos de achaques de salud. Tomamos café y conversamos sobre algunos temas sin importancia mientras llegaban por nosotros al tiempo que una vieja radio transistor sonaba al fondo cuando escuchamos un boletín de última hora que informaba sobre un avioneta o avión (no era clara la noticia) que se había estrellado contra una de las torres gemelas de Nueva York. Fueron pocos minutos, pero suficientes para especular sobre qué podía haber ocurrido cuando diecisiete minutos después las noticias confirmaron que un segundo avión se estrellaba contra la segunda torre.
De ahí en adelante fue un viaje en carretera hasta la ciudad de Tunja y durante un poco más de tres horas escuchábamos las noticias y comentábamos lo ocurrido. Desde el comienzo, Mario, con su impresionante lucidez y sentido del pragmatismo y la realidad, afirmó que se trataba de un atentado y que desde hacía varias décadas se sabia que un evento de este tipo podía ocurrir en territorio estadounidense. Y durante el trayecto, el conductor y yo escuchamos de su voz algunos episodios de la historia contemporánea y política de los Estados Unidos y de sus equivocaciones militares que podían haber llevado a este desenlace de aquella mañana.
Así, llegamos al medio día a Tunja y todos los televisores estaban encendidos con la transmisión en vivo de los eventos. No había por supuesto otro tema, pero de todas formas el acto literario seguía programado y se llevó a cabo. Mario prefirió leer unos poemas sobre la violencia y algunas de las baladas en las que hablaba de la guerra de Vietnam y los asesinos en serie en Norteamérica. Esa tarde conocimos al escritor, investigador y promotor cultural Darío Rodríguez, un gran memorialista de la poesía colombiana del siglo XX, y desde entonces recordamos esa amistad que nació entre las noticias del fin de mundo. Tal y como estaba previsto, al finalizar el evento, alrededor de las cinco de la tarde, nos devolvíamos a Bogotá en el mismo vehículo y conductor del trayecto matutino.
Así es la memoria de selectiva y caprichosa. Por lo general sabemos exactamente qué estábamos haciendo el día de un gran acontecimiento y a partir de ese recuerdo se teje un relato o una narración. Para mí, el 11 /09 / 01 está habitado por la presencia de Mario, Darío y el conductor, las voces de Juan Gossaín y Darío Arizmendi en la radio y los reporteros del mundo comentando la noticia que iba a inaugurar de una vez por todas el siglo XXI.
Me gusta pensar en ese día y en esa lectura de poemas. Había una catástrofe que conmocionaba al mundo y en un salón de la ciudad de Tunja todo se detenía para escuchar los versos de un poeta. El siglo comenzaba frente a todos mientras decíamos Adiós al siglo XX con los versos de Eugenio Montejo; “Miro el instante donde muere un milenio /y otro despunta su terrestre dominio. // Mi siglo vertical y lleno de teorías... / Mi siglo con sus guerras, sus posguerras / y su tambor de Hitler allá lejos, / entre sangre y abismo”. En ese momento, unos poemas en la voz de Mario Rivero abrían el nuevo siglo que acaba de comenzar con este desastre.
El mundo que despertó el 12 de septiembre ya era otro. Luego vino Afganistán, Irak, Guantánamo, guerra contra el terrorismo y nuevas y más estrictas formas de vigilancia y control. El miedo fue la idea transversal del mundo desde ese momento y todos nos volvimos sospechosos en los aeropuertos.
Han pasado veinticinco años después de aquel viaje por carretera hacia Tunja con Mario Rivero. Él ya no está para comentar y recordar ese día y todo lo que ha cambiado desde ese momento. Para mí, el siglo cambió en esa carretera. Allí crucé todas las calles que nos recordó Montejo en su poema y, sin saberlo, fue mi frontera personal con el nuevo siglo y todo aquello que se clausuraba para siempre frente a nuestros ojos. Desde entonces hemos vivido en el mundo que comenzó aquella mañana mucho más vigilado, temeroso y desconfiado. Un mundo que todavía intenta comprender qué hacer con las ruinas de todos sus desastres.
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