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Marta Ruiz
Puntos de vista

El entierro

Colombia siempre ha tenido personajes pintorescos en la política. En los años noventa se destacaba Regina Once, la bruja mayor, una mentalista muy popular, senadora, que sacaba la escoba para barrer a los corruptos. En aquellos años solía decir que César Gaviria, con quien se había enfrentado en las presidenciales, era un “guaquero” porque se había encontrado la Presidencia en un entierro. Se refería al momento en que el hijo mayor de Luis Carlos Galán le dijo, en el sepelio: “en nombre del pueblo y de mi familia le encomendamos las banderas de mi padre”.

La expresión “guaquero” es un poco fuerte, y quizás no le hace justicia. Pero lo que ha hecho Gaviria en los últimos años ha sido pisotear esas banderas que le fueron entregadas en nombre del pueblo y de Galán. El corolario ocurre ahora, cuando el otrora glorioso Partido Liberal se declara parte del gobierno más antiliberal de nuestra historia desde la Regeneración.

Alguna vez le escuché a Alberto Cienfuegos, estratega de la campaña de Gustavo Petro en 2022 y de Cepeda en la más reciente, que en Colombia existe un gran sedimento liberal en el pueblo y que ese pueblo, huérfano de liderazgos que lo representen, constituye buena parte de las bases sobre las que la izquierda ha crecido. 

No en vano, Petro se vistió de rojo en su campaña, evocó la revolución en marcha, y apeló a la memoria histórica de Gaitán. Acogió las frustraciones de esas mayorías rojas a las que tantas veces han dejado colgadas de la brocha, y cuyas derrotas están retratadas en Cien años de soledad.

Una de las características de los partidos tradicionales en Colombia era que constituían identidades políticas que atravesaban todas las clases sociales. En el caso del Partido Liberal, eso produjo fuertes tensiones internas y, muchas veces, divisiones. Los sectores de las élites terminaron imponiéndose casi siempre y pactando incluso con sus adversarios en contra de los intereses populares. Así ocurrió con el gobierno modernizante de Alfonso López Pumarejo, que terminó en pausa. También con la reforma agraria de Carlos Lleras, a la que ilustres gamonales y terratenientes liberales le dieron el golpe de gracia en la hacienda El Chicoral (Tolima).

Jorge Eliécer Gaitán pareció entender esto, y por eso no hablaba tanto de la división entre liberales y conservadores como de la que existía entre pueblo y oligarquía. Pero lo mataron, y nunca supimos si un gobierno suyo habría cambiado o no el rumbo de la historia. 

Las élites políticas lanzaron al país a la violencia y luego, sin pestañear, pactaron un arreglo pacificador y de repartición del poder. Al tratar de enmendar la carnicería, dejaron a buena parte de sus guerrilleros y chulavitas a la deriva. Como premio les pusieron el mote de “bandoleros” y los persiguieron con todo el peso de las armas. 

Muchos de los guerrilleros liberales terminaron engrosando las filas comunistas o insurgentes, donde tampoco encajaban del todo. ‘Tirofijo’, por ejemplo, nunca soltó el trapo rojo. Su famoso programa agrario recogía, en buena medida, la reforma que los liberales habían dejado inconclusa. Desconfiaba tanto de los “cachiporros” que prefería sentarse a negociar la paz con los conservadores, a quienes consideraba verdaderos adversarios. 

A César Gaviria hay que reconocerle que se la jugó por la Constitución de 1991, un ideario profundamente liberal, al que, sin embargo, le clavó el cuchillo con una apertura económica anticampesina y con su fiebre neoliberal. Bueno, y con lo que siguió.

Los noventa hicieron hilachas al que fuera el partido mayoritario de Colombia. Primero volaron los sectores más oligárquicos, muchos de los cuales terminaron alineados con el uribismo. Sí, porque la parapolítica involucró más que todo a caciques y clanes de origen liberal. Luego se le fue estrechando el espacio a los socialdemócratas que ya no pintaban nada al lado de Gaviria. Como dijo en estos días el exsenador Juan Carlos Losada, el partido terminó convertido en una fábrica de avales, consumido por el clientelismo, que fue su sello y su perdición.

Las bases liberales han sido tan importantes en momentos decisivos de la historia que Juan Manuel Santos le entregó a César Gaviria la campaña por el Sí en el plebiscito. Por esa derrota nunca se le pidió rendición de cuentas al señor Gaviria, quien a los pocos meses ya estaba en la campaña de Iván Duque, donde prometían hacer trizas la paz. ¡Con razón lloraba el niño!, dicen en mi tierra.

Hace un siglo, Laureano Gómez y otros godos irredentos tildaban de comunistas a los liberales, en un país donde los verdaderos comunistas eran apenas un puñado de intelectuales y obreros. Había curas que decían que ser liberal era pecado, y se sumaron a la violencia, en nombre de Cristo Rey y de la Virgen. Ahora Gaviria y su partido se ponen a la cola del neo-laurenanismo, cuando se declaran partido de gobierno. Y como quien peca y reza empata, añaden en la última línea de un comunicado que también podrán criticarlo. 

Mi amiga Jenny Pearce me dejó pensativa en estos días cuando me dijo que ya el capitalismo no necesita a los liberales. Que esa congruencia entre capitalismo y liberalismo duró poco en el mundo y, tristemente, es cosa del pasado. Al capitalismo de hoy, y a sus modos de producción, le estorban los valores liberales. Eso parece ser el experimento que tenemos en marcha también en Colombia. Construir riqueza sin enredarse en eso de los derechos sociales, que les suena muy woke.

Pero el sedimento de ese pueblo liberal está allí y engrosó la muy robusta votación por la izquierda en las pasadas elecciones. Está por verse si en la Alianza por la Vida, que promueven, entre otros, Gustavo Petro, Ernesto Samper y Claudia López, hay espacio para esas bases expósitas que conservan sus aspiraciones históricas. O si, realmente, lo que hay es un espacio libre para un nuevo partido de corte socialdemócrata, como lo propuso en su reciente columna el economista Mauricio Cabrera, y que tuvo tanta resonancia. 

Más allá de la supervivencia de un aparato, Gaviria le ha dado un entierro de quinta categoría al Partido Liberal. Esta vez sin guaca.

Nota: Mi solidaridad con Vladdo, que ha sido censurado por una imagen que, por cierto, yo cité de manera inexacta en mi columna anterior.

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