
No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Así que, aquí estoy escribiendo esto con las mariposas en el estómago, como cualquier quinceañero que lucha contra sí mismo, mientras deja de ser niño para volverse hombre.
En realidad, el quinceañero es mi hijo. Y estoy nervioso porque, en algún momento, leerá estas palabras. El 20 de marzo de 2021, hace ya cinco años, cinco meses y 24 días, publiqué en el portal 2 Palabras un texto titulado de igual forma que éste, con una frase final que transcribo de forma literal:
- Debe haber mil canciones más para dedicar, pero espero que cuando mi hijo cumpla 15, en la sala de mi casa, yo se la pueda cantar al oído. Completica.
Bueno, no hay plazo que no se cumpla. Ayer me llegó, exactamente anoche. Este fin de semana, mi niño cumplió 15 abriles y yo, que no canto ni en la ducha, le susurré esa canción, que es tal vez el poema más especial de ese prodigioso poeta negro del Chocó. Y, como estaba escrito hace ya cinco años, cinco meses y 24 días, en la sala de mi casa se la canté al oído. Completica.
Cuando él sea grande podrá contar con sus palabras lo que sintió. Yo sentí pánico escénico, pero cerré los ojos y me olvidé del público asistente, que intentaba escuchar las frases de la canción que todo el mundo se sabe, testigos del profético momento a medida que yo las tarareaba al oído de mi niño que se volvía hombre. Bueno, eso cree él.
La escena es algo melodramática, pero no me importa. Así soy yo. Y así quiero que sea él. Que dramatice sin vergüenza, que mire a los ojos cuando hable con alguien, que apriete la mano cuando salude, que se duela del dolor ajeno, que fracase queriendo salvar el mundo, que se ría duro, que ame como si fuera la última vez, y que llore, que llore fácil, que llore sin miedo porque —lo he dicho mil veces y lo diré otras mil— llorar limpia el alma.
Mi hijo tiene tres pecas que sólo yo beso. ¡Ay de aquella que se atreva! Mi hijo es un flaco esgalamido que corre como si se fuera a caer, pero nunca se cae y, por el contrario, es el bastión del medio campo en su equipo de fútbol, donde ya es el capitán porque —entre otras cosas— tiene el don de la palabra. Herencia de la mamá.
Mi hijo, en esencia, es un buen tipo. Mi huella en este mundo. Mi hermoso quinceañero de pobladas cejas divinamente delineadas; y divididas por su perfecta nariz: la envidia de la familia.
Como en La mujer que yo quiero, de Serrat:
- Tiene muchos defectos, dice mi madre
y demasiados huesos, dice mi padre.
- Pero, ella es más verdad que el pan y la tierra,
mi amor es un amor de antes de la guerra,
para saberlo.
Sí, mi hijo debe tener algunos defectos, pero yo no se los veo. O no se los quiero ver. O no los acepto. O no son importantes. O no me importan. O todas las anteriores. Yo sólo veo a mi niño que está a punto de alcanzarme en estatura, que me abruma con su presencia, que me enorgullece con sólo verlo, que me paraliza cuando me abraza, que mata de amor cuando me besa. Yo sé que esto es lo que sienten todos los papás con sus hijos, no se hagan los fuertes, yo lo sé. Yo lo sé y no me da pena decirlo. Por el contrario, lo grito a los cuatro vientos. Y lo dejo escrito, para que lo lean cada vez que puedan. Y corran a buscarlos, a llamarlos, a abrazarlos, a besarlos. No se hagan los duros, que ustedes son unas melcochas humanas.
Yo lo sé.
Después de cumplida mi profecía, le cantamos las otras cuatro canciones que la mamá y yo le hemos dedicado desde que nació: una de Raphael, una de Natalia Lafourcade, una de Diomedes y una del inolvidable Sandro de América, todos melodramáticos a más no poder. A él le encantan. En esta época de ese espantoso reguetón, él tiene estas canciones en su playlist. Y ya oye solito a Soda Stereo. En ese aspecto, mi tarea está hecha.
Mi hijo y yo hicimos el primer brindis oficial con champaña. Dijimos palabras, secamos lágrimas, entonamos canciones, comimos carne, destapamos regalos, bailamos vallenatos y al final, todos se fueron. Yo busqué a mi niño y cuando encontré a mi hombre le besé despacio cada una de sus tres pecas. Y me dijo: “Gracias papi, te amo mucho”. Y se fue a dormir.
Y yo saqué un cigarro que tenía guardado para la ocasión y me lo fumé todo. Y siendo hombre, lloré como niño chiquito. Y me derrumbé. Y aquí estoy, escribiendo esto con el alma viva, con su olor en mi nariz, con su abrazo en mi piel.
Sí, melodramático. Qué le voy a hacer.
@JaimeHonorio
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