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ES INDIGNACIÓN SELECTIVA

ES INDIGNACIÓN SELECTIVA
Daniel Samper Ospina
Los Danieles

ES INDIGNACIÓN SELECTIVA

Colombia. Año 2026. Unos científicos colombianos llevan a cabo la fase final de su experimento: descongelar al primer grupo de humanos de izquierda sometidos a un proceso de criogenia que ha logrado mantener dormidas, durante cuatro años, algunas funciones de su organismo. Entre ellas, la capacidad de indignación. 

El lugar: un gigantesco hangar situado en Zipaquirá, la tierra donde el presidente Berto estudió bajo la influencia espiritual de Gabriel García Márquez.  

Lo primero que sorprende del espacio es el silencio: un silencio profundo, casi clínico, interrumpido apenas por el zumbido de las máquinas de refrigeración, semejantes algunas de ellas al revolotear de los insectos: no tanto al de las mariposas amarillas como al de un moscardón. 

Alineados en perfecto orden, con el logo de la Colombia Humana, los nevecones tienen las compuertas selladas de forma hermética, pero a través de sus cristales pueden observarse los pacientes que contienen adentro:  se ve la cara plácida de una Clara López, diferente a la que se le observa en sus tik toks; el gesto de pleno reposo de David Racero, fresco como una lechuga de su Fruver; las mechas de Isabel Zuleta, la mujer que pasó de quemar a Fajardo a congelar sus ímpetus de protesta. 

El comandante científico de la misión —bata blanca, tenis blancos, pelo blanco: voto en blanco— se instala en el centro de monitoreo y oprime el botón rojo. Un mecanismo hace avanzar la hilera de neveras: se encienden las luces, suena una alarma y, una tras otra, las puertas se abren de forma sincronizada. 

Los pacientes, entonces, empiezan a salir por orden de rango, porque el primero en hacerlo es Iván Cepeda. Mueve lentamente cada extremo, él, que para algunos es tan extremista. Sacude las muñecas —las propias: no de la mafia, como llamaba su mentor y amigo a las periodistas—. Con dificultad eleva la mano, estira los dedos,  junta  el pulgar y el índice para saludar a la manera de los k-poppers y dice con la voz todavía entumecida: 

—¡Es-tán-ma-tan-do-a-los-lí-de-res-so-cia-les! 

Al decirlo, abandona el sarcófago de hielo. La tremenda jiba no alcanza a librar el marco de la puerta. Debe agacharse. Aún más. 

Como si se tratara de un batallón de zombis, los demás pacientes abandonan sus respectivos frigoríficos. Sorprende el exyoutuber y ahora senador Wally. Una escarcha morada recubre su tremenda humanidad, incluido su peinado de emo, pero el calor de la luz infrarroja que cae sobre él lo reactiva lentamente, y su reanimación es exitosa. Después de cuatro años de silencio, con la indignación preservada a temperaturas bajo cero, el senador recupera el movimiento; después, la vehemencia. Y por último, el celular. 

—¡Es-tán-ha-cien-do-nom-bra-mien-tos-a-de-do! —escribe en su cuenta de Twitter, mientras las manos,  todavía, se desentumecen. 

Unos vociferan consignas: 

—¡Abelardo-dilapida-la-plata-de-los-impuestos-en-vuelos-de-helicóptero! 

Otros, trinos indignados: 

—¡En-los-bombardeos-están-matandO-niños! 

Y poco a poco los pacientes recobran por completo el vigor, como si jamás lo hubieran perdido: la rabia vuelve a correr por las venas; la indignación recupera sus niveles normales. 

Únicamente resulta sospechoso el caso de un equipo refrigerador debajo del cual se observa  un pequeño charco. 

—¿Puede ser consecuencia del deshielo, profesor? —pregunta el asistente. 

—Imposible. Nuestro proceso carece de componentes hídricos. No debería haber charco alguno. 

La alarma cesa cuando comprueban que se trata del frigorífico de Álex Flórez. 

Una vez que abandonan el hangar, vociferando contra las infamias del actual gobierno, el científico da una orden por altavoz desde la cabina del centro de monitoreo. De inmediato ingresa una cuadrilla de operarios en overoles blancos: limpian las neveras, revisan las conexiones, barren los restos de escarcha y reemplazan el logo de la Colombia Humana por el de Defensores de la Patria. Sobreponen a la fachada del hangar una réplica en estuco de la Casa Blanca. En pocos minutos, todo queda dispuesto para recibir a los nuevos ocupantes que comienzan a llegar uno por uno. 

Algunos son militantes conocidos. Vemos a Daniel Briceño, por ejemplo, a quien asignan el mismo nevecón que ocupaba David Racero. Y a otros hombres y mujeres muy vehementes que protestaban contra la liquidación de las EPS, el derroche en vuelos, el nepotismo y demás abusos y malas prácticas del gobierno pasado. 

—¡No más roscas familiares! —grita un miembro de la dinastía Gómez, quejándose de los nombramientos de Guillermo Alfonso Jaramillo, exministro de Salud. 

—¡Respeten a la prensa! —ruge la mismísima Vicky Dávila, en referencia a sí misma, poco mientras la introducen en una de las urnas de vidrio. 

Antes de que su grito pueda interpretarse como una queja por la censura sufrida contra Vladdo, el científico oprime un botón: las compuertas se cierran y la indignación de los nuevos pacientes queda herméticamente congelada por los próximos cuatro años.

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