
Hay un cuento de J. D. Salinger que me hace recordar a mis amigos imaginarios de la infancia. Se trata de El tío Wiggily en Connecticut, en el que aparece una niña miope de lentes gruesos llamada Ramona que tuvo un novio ficticio llamado Jimmy Jimmereeno que fue atropellado por un carro. Sin embargo, una noche su madre, Eloise, la sorprende durmiendo en el borde de la cama para no lastimar a Mickey Mickeranno, otro amigo imaginario con el que la pequeña conversa y juega todo el tiempo.
Releyendo este hermoso cuento de Salinger no dudo de que mis amigos imaginarios me ayudaron a sobrellevar muchos momentos de soledad en la infancia. Muchos salían de los libros y eran personajes de novelas de aventuras con los que yo prolongaba la trama o cambiaba desenlaces con la complicidad de mis juguetes. Otros salían de las películas y terminaban conviviendo con los héroes y heroínas literarias. También recuerdo mis prolongadas conversaciones con ellos y los entrevistaba, de igual forma, para periódicos o noticieros imaginarios. En la niñez siempre pensé que yo era muy raro por tener esos amigos hasta que ya en la edad adulta supe que todos, en mayor o medida, también los tuvieron.
Traigo estos recuerdos a propósito de las nuevas soledades que vivimos. Nos sentamos frente a las pantallas y se nos va la vida pasando imágenes. Muchos conversan con la Inteligencia Artificial (IA), le cuentan sus problemas, le confían sus miedos y consultan con ella los pequeños asuntos de cada día. Todo eso me trae de regreso a nuestros amigos imaginarios, aunque ellos, a diferencia con la IA, nosotros les prestábamos la voz y nacían de nuestra infinita imaginación.
La soledad nos ha acompañado desde que sabemos que somos humanos y habitamos la Tierra y ha sido una de las grandes preguntas de nuestro paso por el mundo. La vida ha sido una larga conversación con la soledad. Antes conversábamos con dioses y fantasmas. Escribimos cartas y diarios íntimos y la literatura se convirtió en uno de los grandes pactos entre los hombres y sus soledades. Por eso inventamos personajes para no estar solos. Robinson Crusoe, abandonado en su isla, necesitó a Viernes, pero mucho antes de encontrarlo ya había comenzado a poblar su soledad con palabras. Casi tres siglos después, Chuck Noland, el personaje principal de Náufrago, de Robert Zemeckis, protagonizado por Tom Hanks, sobrevive a un accidente aéreo en una isla del Pacífico y convierte a una pelota de voleibol en Wilson, su amigo y confidente al que le dibuja un rostro con el que discute, habla, se ríe y llora. Cuando Wilson desaparece en el océano vemos una de las escenas más conmovedoras de la película.
Pienso también en Edward Hopper y sus personajes que parecen salidos de una eterna cuarentena. Pocos artistas pintaron con tanta intensidad la soledad moderna. Sus habitaciones de hotel, sus ventanas, sus estaciones de gasolina, sus mujeres sentadas al borde de una cama o mirando hacia la calle parecen anticipar nuestra época. ¿Cómo pintaría Hopper nuestro tiempo? ¿Cómo serían sus personajes a la luz de hoy sentados con sus celulares y pantallas?
Por eso, la literatura ha sido siempre una de las grandes respuestas humanas contra la soledad. Cuando leemos ocurre el milagro de escuchar la voz de alguien que nos acompaña y que viene de lugares lejanos o de un tiempo muy antiguo. Es una voz y una presencia a la que le damos rostro y un carácter y que empieza a formar parte de nuestras vidas para siempre. Al igual que lo hizo Ramona con su novio Jimmy y su amigo Mickey nos llenamos de amigos imaginarios que nos defiendan del silencio y la soledad. Eso es la literatura, la forma más genuina de llenar de palabras la soledad y de reconocer en tantos personajes a los mejores interlocutores para confiarles nuestros miedos y grandes preguntas. Porque al final del día necesitamos testigos de nuestra existencia. De ahí la pertinencia y actualidad de los versos del poeta cubano Fayad Jamís del poema El ahorcado del café Bonaparte: “En mis bolsillos traigo cartas estrujadas / que me escribí yo mismo / para engañar mi soledad”. Nos llenamos de papelitos y alarmas, de señales y rituales de paso que nos recuerden que al final del día no estamos solos, a pesar de las pantallas, a pesar del mundo que vivimos. Que los amigos imaginarios acudan a nosotros hoy para salvarnos de este tiempo tan extraño y distópico.
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