
Hace dos años largos suspendí el periodismo. Lo último que escribí fue una columna en El Espectador en la que expliqué los motivos de mi pausa y las razones que me llevaron a dejar el país y este oficio. También declaré las expectativas que llevaba en mi maleta. La ilusión de trabajar por la gente desde el servicio público y la necesidad de contraer un silencio que me permitiera escuchar desde otro lugar. Y así lo hice.
Trabajé en el servicio diplomático en México. Inicialmente desde la Embajada, donde me encontré con un mundo totalmente nuevo para mí. Un mundo que se puede dividir entre diplomáticos jóvenes (profesionales y bien formados) y antiguos (perezosos y llenos de mañas). En ese mundo los rangos, las maneras y los protocolos son determinantes; las intrigas por el poder son el medio y el código, y las posibilidades de trabajar son tan variadas como etéreas. En ese primer año, y de la mano de un inteligente y generoso funcionario de carrera, me dediqué a entender la migración de nuestra gente; la de quienes atravesaban las selvas del Darién con su vida en una mochila y un escapulario en la mano, como la de quienes eran detenidos en los aeropuertos de México y eran regresados solo por ser colombianos y, en especial, si eran pobres.
Desde la Embajada conocí el ecosistema de los diplomáticos. La diplomacia es un mundo parecido a la vida castrense, en la que el rango determina el alcance de las órdenes, el sacrificio es la premisa que rige la vida y la formación es tan exigente como acartonada. Y, cómo no decirlo, la carrera diplomática ––con importantes excepciones–– tiene un sistema de prácticas y privilegios que han formado un gremio que tiende a desconectarse de la esencia del servicio público. Ese primer año fue de mucho aprendizaje y algunas frustraciones, sin embargo, y por una situación imprevisible, fui nombrado cónsul en Ciudad de México, donde empecé una nueva tarea, casi que una nueva vida.
En el Consulado encontré otro mundo. Otra cara de la diplomacia. De la mano de un equipo de gente comprometida con nuestros connacionales me interné en los tremedales del dolor. Vi y oí historias de una crueldad sobrecogedora. Las de las madres e hijos buscando un desaparecido; la de una familia que entierra a quien dejó Colombia en busca de un sueño; la de las mujeres tratadas y explotadas sexualmente en condiciones de esclavitud inenarrables; las de soldados y policías que son engañados con una promesa de trabajo y terminan, también esclavizados, librando una guerra ajena con la bandera de un cartel; las de decenas de jóvenes llevados por violentas redes de gota a gota, que los explotan y someten a una violencia y una crueldad medievales; las de cientos de privados de la libertad, justa o injustamente, que también son víctimas de la precariedad y el abandono de nuestro Estado y enfrentan procesos judiciales sin garantía alguna solo por ser colombianos.
Y a pesar del mucho dolor y de tanta muerte, el Consulado fue una experiencia sanadora y trasformadora. Allí el ejercicio del servicio público es una realidad del día a día que se ejerce cada microsegundo. El equipo de funcionarios, y sobre todo funcionarias, fue el faro que me orientó en la espesura de la oscuridad. Su vocación y sacrificio son admirables y, tristemente, poco reconocidos. Nunca olvidaré mis días en el Consulado de Colombia en México, los recordaré entre los mejores de mi vida pues allí pude trabajar como nunca por las víctimas de toda clase de sufrimientos.
Ahora que me devuelvo los dos últimos años, vuelvo sobre el texto que escribí en el avión hacia México. En ese escrito prometí entregarme al silencio público para afilar la escucha, y eso hice. Escribí en mi cabeza las historias que la gente me confió. Y trabajé, como lo declaré ese día, sin descanso por los más vulnerables, por aquellos a quienes este país amado y maltrecho expulsa de sus entrañas a fuerza de cerrarles caminos y opciones de vida. Me entregué con pasión sincera a ahorrarles aunque sea un poco de dolor a esos migrantes que buscan camino para salir de la pobreza y la violencia y en esa huida encuentran un entramado corrupto y salvaje que los esclaviza, los despoja de su humanidad, los humilla y violenta.
Prometí cuando me fui que trabajaría por esa gente sin dejarme embelesar por el poder y las seducciones de la diplomacia, y lo cumplí: no descansé, y quienes fueron testigos de mi actuar saben que nunca aproveché el poder para beneficio personal. Ellos y ellas fueron testigos de mis trasnochos y angustias por la vida de la gente. Y fueron la fuerza que me permitió sobrellevar esa carga con terquedad y abnegación. A mis compañeros y compañeras del Consulado, y a mis amigos de la Embajada, les agradezco sus enseñanzas y su compañía; y a las personas que me abrieron sus vidas para intentar ayudarles espero haber honrado su voto de confianza. A México gracias por abrirme sus puertas y permitirme sentir en alguna forma mexicano, porque uno no nace en México, México nace en uno. Y a quienes me leen y me esperaron: aquí estoy de regreso, listo para seguir recorriendo este país en sus geografías del dolor y poner mi voz al servicio de quienes son atropellados por el poder. Al gobierno que empezó: sepan que cada día estaremos a la defensa de los derechos de la gente, porque como dijo Allende: “Volveremos y seremos miles”.
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