
He cambiado los nombres de las personas y lugares que aparecen en este relato para proteger su seguridad. Quiero contar esta historia porque estamos próximos a conmemorar los diez años del Acuerdo de Paz con las FARC. Y creo que es importante que valoremos los casos exitosos, sin desconocer las fallas y frustraciones de esa negociación y su implementación.
Conocí a Sandra hace un par de años en un viaje a un lugar remoto muy hermoso de Colombia, controlado por la guerrilla durante décadas. Y desde entonces hemos seguido en contacto por mi interés en saber cómo avanzan sus proyectos y averiguar si yo podía de alguna manera ayudar a su progreso. La semana pasada nos pusimos al día en detalle, y a continuación les narro lo que ha sucedido.
Sandra ingresó a la guerrilla a los 13 años por voluntad propia. Vivía en un sitio muy apartado, con sus padres y cuatro hermanos, sufriendo una agobiante pobreza. Por una trocha en mal estado se llegaba a su casa. El poco trabajo que tenía su padre a duras penas les servía para sobrevivir. No había colegio al que asistir. Desesperada, se unió a las FARC, grupo al que perteneció hasta su desmovilización (junto con 13,608 alzados en armas) en el 2016. En medio del conflicto tuvo varios combates y sufrió heridas en un bombardeo que la causaron una discapacidad permanente.
Pero su vida cambió con la llegada de la paz. Los diez años transcurridos han sido difíciles —ella y otros excombatientes tuvieron que ser trasladados a otro ETCR (Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación) porque fueron atacados por las disidencias de las FARC. Y la implementación de lo pactado ha sido muy lenta y parcial.
Con el apoyo de los tres gobiernos pasados y valiosas contribuciones de Noruega y la Unión Europea, Sandra y una docena de otras mujeres excombatientes organizaron un colectivo que les ha permitido tener hoy en día una vida digna y un futuro esperanzador. Su organización recibió 235 hectáreas que están convirtiendo en sus futuros hogares —haciendo carreteras, construyendo cabañas, sembrando maíz, yuca, plátano y cacao. Y desde hace unos años compran café a los cultivadores de la zona, lo procesan y lo venden. Han tenido muchas dificultades, el trabajo es agotador, siempre hace falta plata, y la ayuda es poca, pero ellas —con muchos sacrificios— están convirtiendo en realidad sus sueños.
Ojalá haya en Colombia en los próximos años más primeras y segundas oportunidades, para que no haya un solo colombiano que no pueda escapar de la violencia y de la pobreza extrema.
Posdata: Abrazo solidario a todas las personas que hayan perdido a sus seres queridos y que hayan sufrido daños materiales en el terremoto de ayer. Colombia entera los debe rodear con nuestro afecto y ayuda para hacer menos dolorosa su tragedia.
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