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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

El último autógrafo

La fotografía, al igual que un buen poema, captura un instante, sugiere y condena a la eternidad el momento. No importa si fue casualidad o no, las fotos detienen el tiempo. De igual forma hay quienes afirman que toda foto anuncia una muerte futura y que nos anticipa la ausencia al igual que otras tantas tienen un aura sagrada. Hay una foto que me estremece cada vez que la veo. Fue tomada por casualidad por un fotógrafo aficionado llamado Paul Goresh a las cinco de la tarde aproximadamente, en la puerta del edificio Dakota en Upper West Side de Manhattan, en la esquina noroeste de la calle 72, frente al Central Park, el 8 de diciembre de 1980.

El fotógrafo, por supuesto, ignora que está a punto de capturar el punto de inflexión de una época. Congelará para siempre esa bisagra. Sin embargo, allí queda John Lennon, encorvado, firmando un disco de Double Fantasy a un aficionado que sonríe mientras se estampa el autógrafo. “Quieres algo más”, le dice Lennon al aficionado de gafas que cinco horas más tarde le dispararía cuatro veces allí, en ese mismo lugar. 

Mark David Chapman ya sabía que faltaban pocas horas para acabar con la vida del cantante y recibe uno de los últimos actos de cortesía de un hombre hacia su asesino. Chapman, como muchos de los asesinos más famosos, había sufrido bullying en el colegio. Se burlaban de él por ser gordo y no practicar ningún deporte. Por eso quizás se refugió en las páginas de una de las novelas más famosas y populares de los Estados Unidos: El guardián entre el centeno, de Jerome David Salinger, un libro cuyo protagonista Holden Caulfield ha inspirado a miles de jóvenes de distintas generaciones en todo el mundo. 

Aquella noche decembrina, Chapman llevaba un ejemplar de ese libro en su bolsillo. Lo había firmado no con su nombre sino con una frase, “Esta es mi declaración”, como si fuera un credo para rezar con fervor: “Creo en Holden Caulfield y en el libro y en lo que estaba diciendo a una generación perdida, de gente falsa” son las primeras palabras de la película Capítulo 27 dirigida por Jarrett P. Schaefer y que recrea esa fatídica noche. 

Quizás para Chapman, Lennon se había convertido en lo que Holden más desprecia o tan solo quería ser famoso y quedar atado para siempre a la vida del exBeatle. Lo cierto es que ese crimen truncó el sueño de una generación entera que soñaba con volver a los ver a los Beatles juntos. Sin embargo, Holden no quiere matar a nadie  en la novela. Quiere tan solo pararse al borde de un campo de centeno para atajar a los niños que juegan y evitar que caigan en un precipicio que ellos no ven por estar jugando. Me decía el poeta Juan Felipe Robledo, lector apasionado de Salinger, que lo que quiere Holden es preservar la infancia y evitar su caída. Prolongar un poco el sueño de seguir siendo niños en una sociedad hostil y detener el tiempo justo antes de que el mundo les arrebate la inocencia. 

Chapman  en cambio, nos arrebató esa posibilidad. La muerte de Lennon fue el fin de la inocencia para muchos y nos impidió seguir un rato más en la promesa de sus canciones antes de vivir el mundo adulto. Lennon hasta ese día seguía creyendo en utopías y en la posibilidad de un mundo distinto y en paz. Por eso, Imagine o Give peace a chance continúan siendo himnos de la paz mundial.  Esa fue la otra traición de Chapman al agarrar con obsesión una novela sobre un adolescente que odia a los farsantes y sueña con salvar a los niños del abismo y asesinar al hombre que representaba para una generación entera la inocencia y la utopía. 

Por eso, la foto de Goresh me sigue conmoviendo como la evidencia de que las últimas horas de una era se anunciaba con un afanado gesto de cortesía y la concentración en la firma sobre la portada de un vinilo a su asesino. Chapman ya tiene la pose de quien se cree superior y ya se intuye instalado en el papel de quien cree que está cuidando a los niños del precipicio. 

A propósito de aquel asesinato, pocos días después, Gabriel García Márquez, en la emotiva columna que escribió en El País a raíz de la muerte de Lennon recordó que “los reporteros de la televisión le preguntaron en la calle a una señora de ochenta años cuál era la canción de John Lennon que le gustaba más, y ella contestó, como si tuviera quince: ‘La felicidad es una pistola caliente’. Un chico que estaba viendo el programa dijo: ‘A mí me gustan todas’. Mi hijo menor le preguntó a una muchacha de su misma edad por qué habían matado a John Lennon, y ella le contestó, como si tuviera ochenta años: ‘Porque el mundo se está acabando’. Y es cierto, el mundo se está acabando hace rato frente a nuestros ojos”.

Quizás por eso vuelvo a esa foto con la misma sensación tratando de buscar en ella la señal de algo que se nos escapó. El último instante en que el siglo XX todavía creyó en la inocencia y podíamos evitar que los niños cayeran al precipicio en el campo de centeno. Algo estaba a punto de romperse horas después de esa foto. Regreso a ella con la nostalgia de un tiempo que se quebró en mil pedazos para siempre y, a lo mejor, con la ilusión de imaginar que allí estaría Holden Caulfield aguardando, para detenernos antes del abismo. 

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