
La última imagen de Gustavo Petro como presidente es la visión fiel de un espejo que no miente; una de las más reveladoras escenas de sus cuatro años de gobierno. Mientras la atención de Colombia y del mundo estaba puesta en Cali, donde Abelardo de la Espriella recibía la banda presidencial, Petro abandonaba la Casa de Nariño acompañado por unos pocos. Salió con su hija Antonella, y su hijastro, Nicolás Alcocer. La familia que había entrado unida y feliz cuatro años antes, se había dispersado en medio de escándalos de engaños y corrupción. El panorama hoy es muy distinto. El mismo Petro lo reconoció, refiriéndose a las palabras que pronunció cuando salió de la Casa de Nariño: “no publicaron mucho mis palabras”. Cierto. El interés del país estaba en otra parte.
Difícil imaginar un final que le hubiera gustado menos a Gustavo Petro, un hombre que hizo de la atención pública la piedra angular de su manera de ejercer el poder. Gobernó hablando, polemizando, trinando sin control, convocando plazas, señalando adversarios, amenazando, especulando, defendiendo lo indefendible, segregando, maltratando subordinados, teorizando desde la ignorancia; pero eso sí, obligando al país a discutir alrededor de él. Incluso cuando se equivocaba o divagaba sin rumbo, conseguía mantenerse en el centro de la conversación nacional. Por eso es tan poderosa esa última escena: mientras comenzaba otro gobierno, el protagonista de los cuatro años anteriores abandonaba el escenario casi en silencio y con poca atención de la ciudadanía. Abelardo se fue para Cali y Petro quedó prácticamente solo, frente a la plaza vacía que había convertido en la catedral de su política.
Entonces recordé a Aureliano. Cuando militaba en el M-19, Petro eligió llamarse Aureliano, llevado de cabestro por su admiración por García Márquez e inspirado en el coronel Aureliano Buendía de Cien años de soledad. No era una elección trivial o vacía de intenciones. Aureliano puede identificarse con el revolucionario, el hombre de las causas. Pero al mismo tiempo es el combatiente que libra 32 guerras y las pierde todas; el personaje que convierte la confrontación en una forma de vida hasta que ya no puede distinguir si pelea para cambiar el mundo o porque no sabe vivir sin pelear. Esa condición también afecta a muchos otros —fuera de las páginas de un libro— que terminan haciendo de la pelea la causa de su vida.
Algo de esa condición acompañó siempre a Petro. Fue guerrillero, congresista, denunciante, alcalde, opositor y finalmente presidente. Durante décadas procuró tener enfrente un establecimiento al cual combatir. Pero cuando llegó a la Casa de Nariño ocurrió algo extraño: Petro conquistó y ejerció el poder sin dejar de comportarse como si todavía estuviera luchando contra contra lo que él mismo representaba.
Siempre tuvo una batalla pendiente. Contra los empresarios, contra los medios, contra el Congreso, contra las cortes cuando contrariaban sus propósitos, contra antiguos aliados, solo contra algunos criminales, contra presidentes y naciones extranjeras, alcaldes y gobernadores de su país y funcionarios de su propio Gobierno. Sus adversarios cambiaban con el paso de las semanas, pero la vocación de confrontación permanecía intacta.
Y es allí cuando el Aureliano de Cien años de soledad se tropieza con su tocayo de Ciénaga de Oro. El coronel empieza sus guerras creyendo en una causa. Pero García Márquez nos va mostrando con los pasos de la historia cómo el combate termina apoderándose del combatiente. Aureliano acumula poder y simultáneamente pierde cercanía con quienes lo han rodeado siempre. Entre más importante se vuelve, más solo se queda. El combate ya no es una elección para conquistar un sueño y se convierte en una triste forma de destino.
Petro llegó a la Presidencia en 2022 acompañado por una enorme coalición política, una familia grande y feliz que participó de su posesión y una multitud que celebraba la llegada del primer presidente de izquierda de Colombia. Cuatro años después, aquella fotografía había cambiado radicalmente. Muchos de quienes lo acompañaron al comienzo ya no estaban, algunos —incluso— se habían convertido en implacables contradictores; su coalición original se había fracturado, algunos amigos estaban huyendo o en la cárcel y la familia presidencial también se había desintegrado.
La soledad no fue solo política. Fue también un progresivo aislamiento personal.
En el tramo final de su mandato, incluso en el plano internacional, su figura quedó enredada entre tensiones, advertencias y escándalos personales. Su nombre apareció en debates incómodos, en revelaciones de poca estatura moral y, para completar, en el ostracismo de la Lista Clinton, junto con su exesposa, su hijo mayor y su ministro del Interior.
En el inicio y el final de los gobiernos es posible apreciar con mayor facilidad que el poder tiene una extraña capacidad: reúne multitudes alrededor de quien llega y deja ver con nitidez qué clase de persona es la que queda cuando llega la hora de irse. De esta manera es posible empezar a distinguir las diferencias fundamentales entre Petro y el personaje literario que tanto admira. Aureliano Buendía termina comprendiendo la inutilidad de sus guerras. Firma la paz, abandona las armas y regresa al taller de Macondo. Allí fabrica sus pescaditos de oro, los funde y vuelve a fabricarlos. Es el círculo perfecto dibujado por García Márquez: después de intentar cambiar el mundo, el coronel termina encerrado en una labor que comienza exactamente donde termina.
Petro todavía no parece haber llegado a esa certeza. Se fue de la Presidencia conservando una burlona y vulgar retórica de confrontación, y sin reconocer políticamente a su sucesor como corresponde a la normalidad republicana. Al abandonar la Casa de Nariño, advirtió: “Dijeron que me quedaría en este edificio. Y no”. Habla con una arrogante torpeza, como si hecho elemental de entregar el poder necesitara ser presentado como la última batalla ganada.
Tal vez por eso aquella imagen del 7 de agosto tenga tanta fuerza. A kilómetros de allí estaba Abelardo, rodeado por los símbolos del nuevo poder que comienza: invitados, cámaras, dirigentes, expectativas y atención internacional. En Bogotá estaba Petro, dejando el Palacio acompañado por unos pocos mientras el foco se desplazaba inevitablemente no hacia cualquiera, hacia su némesis.
Petro vivió la más dolorosa derrota de los últimos cuatro años: dejó de ser noticia.
Atormentado por su nueva condición de sombra que desaparece con la llegada de la luz, hizo un comentario sobre la imágen del nuevo presidente en el Batallón Pichincha. Petro escribió una destemplada frase, aparentemente menor: “Pues yo le enseño a marchar”. Tal vez sin proponérselo, resumió en seis palabras la dificultad de abandonar el personaje que protagoniza. Petro todavía se ve enseñando el camino, encabezando la marcha, señalando hacia dónde deben ir los demás, y cómo deben hacerlo.
El coronel Aureliano Buendía también pasó buena parte de su vida marchando. Protagonizó muchas guerras, regresó, volvió a combatir y —a pesar de haber querido terminar con ese tormentoso destino circular disparándose en el pecho— sobrevivió y terminó atrapado y derrotado por la repetición de su propia historia. Petro parece aferrarse también al destino literario del Aureliano de Macondo.
Quizás por eso aquella imagen desoladora de su salida de Palacio resulta tan impactante, a pesar de estar refundida entre mil noticias más. Mientras Colombia miraba hacia la posesión de Abelardo de la Espriella y comenzaba otro gobierno, Petro abandonaba la Casa de Nariño acompañado por unos pocos, con su familia dispersa y buena parte de su proyecto político desajustado. Sin duda no era el final que se imaginó alguien que se sentía el centro del mundo. Este Aureliano —el de Petro— quiere seguir señalando el camino, sin darse cuenta de que el país, simplemente, comenzó a marchar hacia otro lado.
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