GOLPE DE ESTADO DESDE EL CIELO

Salvador de la Patria: la profesión más antigua del mundo.
Millor Fernandes
Hace unos meses, cuando supe que el candidato Abelardo de la Espriella (ADLE) había adoptado como nombre de campaña el Tigre, me apresuré a descartarlo como posible vencedor. No tanto por haber sido abogado de mafiosos, promotor de rones y celoso maniquí, sino porque imaginé que el apodo felino era de los que alejan a la gente, como Judas, Nerón o Atila.
Creía entonces que semejante mote lo descalificaría en el mundo de la política y las elecciones, pues conectaba de inmediato con dos personajes de ingrata recordación. El primero, el caudillo liberal José María Obando, a quien se acusa de haber dispuesto el asesinato del ejemplar prócer Antonio José de Sucre, asaltado y muerto en las montañas de Berruecos, Nariño, en junio de 1830. Pedro José Figueroa, pintor de la época, recreó la escena donde se ve al agónico Sucre y no lejos de él a un tigre de rasgos humanos que se lame las garras. Desde un principio se atribuyó el crimen a Obando, que luego ejerció el poder dos veces en Colombia (1831 y 1853) y cargó para siempre el secreto remoquete del Tigre de Berruecos.
Ciento cuarenta años más tarde, la historia nacional topó con otro temible felino, aunque de menor tamaño. Al político santandereano Carlos Augusto Noriega lo llamaban el Tigrillo, y a él atribuye el fraude electoral que entregó la silla de Bolívar a Misael Pastrana y hurtó el triunfo al general Gustavo Rojas Pinilla. La relación del feroz carnívoro con la política colombiana es, pues, degradante y rayada de sospechas. O lo era, porque la ignorancia nacional sobre el pasado cubre de olvido a los tigres peligrosos y les permite renacer triunfadores.
Un tercer tigre deja ahora su huella. Se trata del autodenominado Tigre Abelardo, que protagonizó el sábado uno de los juramentos más insólitos de nuestros dos siglos de democracia. Es difícil definir de qué clase de fiesta hablamos, pues oscila entre académica y teatral, civil y militar, sesión solemne y feria, función republicana y acto de campaña. El coctel tiene su encanto, sobre todo para quienes somos más de feria que de ceremonia, y era absurdo pedir que la costa celebrara el gran acontecimiento con el ceño adusto del cachaco. Pero reconozco que en la velada flotó a veces un aire levemente corroncho, y que la inesperada presencia en el escenario del señor Gianni Infantino, trapichero de la Fifa y lambón oficial de Donald Trump, no ayudó a enaltecer el acto. Tampoco el retraso petresco con que empezó la posesión espriellana, ni las variaciones algo desafinadas del himno nacional en las voces del nuevo presidente y una premiada intérprete de tropipop latino.
El problema es, como veremos luego, que la gente tampoco sabía si era una ceremonia religiosa o una gala civil. Pero como no quiero ingresar en la lista de “activistas que quieren parecer periodistas” señalaré algunos de los aciertos del —lo digo con cariño— patriótico aquelarre. Me gustó el discurso del presidente del Senado, doctor Honorio Henríquez, a quien no tengo la dicha de conocer. Aplaudo que otras ciudades entren a la geografía administrativa de Colombia, tan centralizada, y que el presidente circule por diversas sedes de mando, diversos climas y habitantes de diversos colores de piel.
En la parte oratoria, sin embargo, se me aparecieron “mis sueños de otras épocas”, como le ocurrió a José Asunción Silva, y sobre todo tenaces pesadillas. Me pareció ver el fantasma de un exprocurador extremista. Noté también copiosa presencia de cierta familia conservadora que desde 1911 ayudamos a sostener los contribuyentes. El tono del discurso acudía a viejos trucos de Jorge E. Gaitán, que elevaba la voz en ciertos párrafos como anuncio retórico a la espera de aplausos. Y me aterró reconocer, representado por algunos de sus pajes, a un odioso espectro rubio que habita en Washington pero asusta en el mundo entero.
Lo más insólito de la jornada fue el golpe de Estado teológico que propició el recién posesionado. Lo que iba a ser un acto ajeno a creencias religiosas se pobló de rabinos, pastores, obispos y gritos píos a cargo del mandatario y otros personajes. Hace poco De la Espriella había proclamado públicamente su ateísmo; pero el Creador, entusiasmado por los votos que aportan las iglesias, obró el prodigio de convertirlo en creyente (creyente con cachucha, porque no se la quita ni en el templo) y ofrecerle la colaboración de muchas personas religiosas al gobierno.
Como parte del golpe celestial, el jefe del Estado se pasó por el copón el artículo 19 de la Constitución que juró defender. En ella se garantiza la libertad de cultos, mientras que la sentencia C-350 de 1994 de la Corte Constitucional declara que “Colombia es un Estado laico”. Nuestra historia enseña que la mezcla de religión y política ha sido siempre una vía dolorosa. Incorporar a la posesión presidencial agentes de la fe, sermones, lecturas bíblicas, gritos en pro de países teocráticos, imágenes de santos, estatuas de vírgenes y símbolos confesionales quebranta la estructura legal colombiana.
En otros tiempos, los juramentados invocaban de manera genérica a “los dioses de la patria”, lo que incluye deidades indígenas, ritos africanos, orientales y árabes… Me inquieta que ese “Viva Cristo Rey” con el que cerró su discurso ADLE anticipe un retroceso que discrimine y persiga, o, lo que es igual, que el gobierno se disponga a defender una noción de patria que no es la de todos.
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