DE ABELARDO ESPERO…

Invité a mi tío Ernesto, al expresidente Santos y a Paloma Valencia a criticar los pormenores de la posesión de Abelardo como si se tratara del Reinado Nacional de Belleza de los años noventa: soñaba con ofrecerles mis exiguas reservas de whisky fino, pedir una pizza, comentar los discursos con sarcasmo y despotricar de los invitados de la primera fila como otrora lo hacíamos en el desfile de la pasarela, mientras Pilar Castaño describía los trajes de fantasía y Jairo Alonso comentaba los gustos y aficiones de cada candidata.
—Hace su debut en la pasarela Álvaro Uribe: sus medidas son 1,50 de estatura; le gustan los caballos y compartir en familia.
Así sucedería con los demás: con Gianni Infantino, por ejemplo, a quien el Tigre invitó a la ceremonia no solo como un guiño a la familia de Germán Vargas Lleras, sino para enviar un mensaje sobre su política de transparencia. Si llega a perder el puesto en la FIFA, se da por descontado que será zar anticorrupción del gobierno del Tigre.
Imaginaba, pues, el reencuentro de mi tío y de Santos. Mi tío, todo un tomador de pelo. Santos, hombre de pocas palabras. Llegarían poco antes de las tres. Se instalarían en la sala. Mi tío procuraría sentarse en la poltrona de la mitad, pero yo lo mandaría para el sofá de la izquierda porque la tendría reservada para Paloma Valencia, que ahora se cree de centro. Los tres se saludarían con timidez, pero poco a poco entrarían en confianza, porque la exclusión los uniría: son los nuevos Nadies, los otros Nunca. Yo, entonces, ubicaría en el televisor la señal del canal Caracol. Mi tío sugeriría ver la imagen en la pantalla, pero seguir la narración por radio, como si se tratara de un partido de fútbol. Les ofrecería algo de comer. Paloma pediría una ensalada rociada con glifosato, en un ejercicio inverso a lo que proponía en campaña, cuando quería regar los cultivos de coca con vinagre. Santos pediría un scotch (así lo diría). La ceremonia se alargaría. Infantino impondría pausas de hidratación en el eterno discurso de Abelardo. Paloma se haría amiga del gallo que se le salió a Maia. Los cuatro terminaríamos prosternados en tierra, con las rodillas y los codos en el suelo como el mismísimo gabinete durante su retiro espiritual, cuando la Patria Milagro obrara su primer milagro: el momento en el que, tras la larga intervención de dos curas, un rabino y un pastor, bajo un sorprendente efecto de teletransportación, el presidente Papucho reapareció por arte de magia en el Batallón Pichincha para rendir homenaje a nuestros héroes con un discurso de hora y media, durante el cual las tropas pudieron sudar a sus anchas, sin inmutarse, bajo el peso de sus uniformes. El homenaje que cualquiera soñaría.
Para entonces mi tío se habría acabado el chicharrón y habría dicho que no fue él, que fue a sus espaldas, y Santos nos habría dejado sin whisky:
—Páseme otro scotch.
—Usted se lo acabó.
—Me acabo de enterar. Pero pida a Rappi.
Yo pediría, entonces, un Scotch cocina, un rollo entero, para limpiar los inevitables regueros de los invitados sobre la mesa, que comentarían en desorden los sucesos de los protagonistas con frases ambiguas:
—¡Semejante mercachifle que se jura italiano, tiene implantes y bota la plata en zapatos de marca!
Según lo dijera Paloma o mi tío Ernesto, sabríamos si se referían a Berto o a Abelardo. O los tres a Infantino.
En la mitad del discurso presidencial, Paloma comenzaría a gritar que Uribe es su papá, y, ante el súbito ataque de papitis, yo mismo tendría que llamar al expresidente Uribe para pedirle que la recoja:
—Yo se la bajo a la portería para que no tenga que subir, porque acá está Juan Manuel —le confesaría.
***
Sobreestimé, pues, mi poder de convocatoria porque ni siquiera respondieron a mi invitación, y seguí los pormenores de esta nueva fiesta de la inclusión y la democracia como Petro en su salida por la plaza de Bolívar: en la más deprimente soledad.
Todo me causó sorpresa. El ingreso de asistentes semejante al de los premios TVyNovelas, por la alfombra roja. El saludo de Abelardo con Milei, semejante al apareamiento entre un tigre y un león. El hecho de que los invitados terminaran observando el discurso central a través de una pantalla: con una transmisión en vivo le habrían ahorrado el viaje al rey de España.
Pero lo más sorprendente, en todo caso, fue que la posesión fuera posible. Porque con Berto cualquier cosa podía suceder: tres días atrás, en la noche del martes, cuando aún era presidente, enlazó los canales nacionales para publicar las esperadas pruebas del fraude que ha denunciado con valentía y persistencia. Arropado bajo una discreta ruana de papagayo, le dio la palabra al organizador de conciertos de heavy metal Carlos Oñoro, que se autopercibió ingeniero cuántico y en instantes demostró robos sistemáticos en 150 mil pueblos, nos invitó a usar la imaginación y le explicó a Berto quién era Automan:
Pero en Circombia, país frívolo por naturaleza, nadie tomó en serio al hombre que pasó de ser experto en meta-leros a experto en meta-data, acaso porque no pueden observar la réplica de Temu de Álex Saab con un mínimo de respeto.
En consecuencia, el abogado del verdadero Álex Saab fue entronizado en aquella ceremonia en la que dijo que jamás convocará una asamblea constituyente, asunto que le dio el triunfo a él y se lo quitó Cepeda, y se resistió a cantar el himno: dos momentos que hacen contrapeso a la forma en que saludaba con un repaso de brazo de costado a costado, en un gesto semejante al de cantantes de pop como Chayanne (aunque Chayanne, a diferencia del Tigre, ejecuta el saludo sin lanzar vivas a Cristo Rey).
Entramos en una nueva era. Dios estará presente en al menos tres ministerios (y puede que otros, si consigue disputar las cuotas al partido de la U). Este, pues, es el precio de salir de Berto.
Que, por el bien del país, el gobierno tenga buena mar y podamos brindar por sus éxitos. Así sea con un Scotch de la mejor calidad: absorbente y doble hoja.
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