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Adriana Arjona
Puntos de vista

LA POSESIÓN

La palabra posesión, del latín possessiō, se refiere en su primera acepción al acto de poseer, ocupar o tener la propiedad de una cosa, corpórea o incorpórea. La ceremonia del pasado 7 de agosto me hizo pensar en esta palabra y en todo lo que ella contiene. 
En el acto de investidura presidencial, Abelardo de la Espriella tomó posesión de su cargo. Eso no significa que sea “dueño” del poder. Se supone que en una democracia el poder es una facultad, no una posesión. El poder no es un bien personal, sino una atribución legal que le otorga la Constitución a un presidente. Todos debemos recordarlo. Ojalá el nuevo presidente también lo haga, aunque resulta difícil confiar cuando su ídolo declarado es Trump, quien ha utilizado el poder para beneficio propio y el de su familia, aumentando su fortuna de manera exponencial desde que inició su segundo mandato. Varias investigaciones han puesto sobre la mesa la manipulación de mercados financieros, que enloquecen tras cada publicación suya en las redes sociales. ¿Conflicto de intereses por la posesión y uso de información privilegiada sobre compra y venta de acciones? Para nada. Pura inteligencia y buen olfato financiero, diría Trump.

Algo parecido ha ocurrido con Javier Milei, cuyo patrimonio aumentó 64,8 por ciento durante su primer año de gestión, según la declaración jurada que él mismo presentó ante la Oficina Anticorrupción. ¿Será por eso que la Universidad Santiago de Cali le otorgó un doctorado honoris causa en Administración justo antes de la posesión de De la Espriella? ¿Estar envuelto en el escándalo de una megaestafa cripto que afectó a millones de personas alrededor del mundo es motivo de premio? Y sobre todo: ¿ser responsable de la caída del empleo, el cierre masivo de empresas formales, el aumento de la morosidad, el descenso del consumo, la contracción de la industria y el alza en los servicios sin que suba el salario en su propio país es digno de reconocimiento académico? Parece que sí.

Empieza uno a sospechar que cuando se es presidente, el poder también es una posesión. Y no solo eso: se convierte en instrumento para ensalzar las posesiones de otros. Ahora Milei posee un doctorado. ¿Qué le dará a cambio a De la Espriella? ¿Cómo sumará a las posesiones, ya abundantes, de nuestro nuevo presidente? ¿Será un juego de “yo te premio, tú me premias, nosotros ganamos, los países pierden”? Por ahora, quien más ha perdido es la Universidad Santiago de Cali. Perdió todo prestigio y credibilidad.

Otra acepción. Se habla de posesión también cuando se describe el apoderamiento del espíritu de una persona por otro espíritu que actúa en ella como agente interno. Justo antes de la ceremonia de posesión, De la Espriella convocó a los miembros de su gabinete a un retiro espiritual, tras el cual aseguró haber sido “tocado por el Espíritu Santo”. No es una frase cualquiera: ahí se huele un marketing religioso bien delineado, con sus propios KPI, esos indicadores clave de desempeño que tanto le gustan al mundo empresarial.

Decir que el primer mandatario fue “tocado” por el Espíritu Santo sugiere que De la Espriella fue “elegido” por un poder superior; es decir, que hubo una especie de posesión divina. Se infiere así que no fue solo el pueblo colombiano el que lo escogió: fue Dios mismo quien lo hizo para actuar a través de él. Así, el nuevo presidente construye una visión maniqueísta del poder: él representa el bien, y todo lo que se le oponga será el mal.

Colombia es un país laico, pero en el acto de posesión presidencial participaron viarias figuras religiosas, entre ellas un obispo y un rabino. El obispo José Roberto Ospina realizó una “invocación a Dios”, cosa que ha generado indignación en muchos sectores, porque fue denunciado por abuso sexual en 2007. Hay quienes aseguran, entre ellos el periodista Juan Pablo Barrientos, autor de varios libros sobre abusos sexuales por parte de sacerdotes a menores de edad, que sus crímenes fueron encubiertos por el mismísimo Vaticano. Inevitablemente pienso en la palabra posesión como ese crimen imperdonable sobre los cuerpos de niños y niñas. Curas perversos creen ser dueños de esos cuerpos pequeños y vulnerables. Y la Iglesia tiene el poder para silenciar sus denuncias, esconder bajo la alfombra el horror, y seguir caminando con la cabeza erguida pretendiendo dar lecciones de moral al mundo. ¿Qué dirá su Dios de todo esto?
Después vino la intervención del rabino David Michaan, quien elevó una oración por la paz de Colombia. Cerró diciendo: “¡Viva Colombia y viva Israel!”. Esto fue, a mis ojos, la posesión de la posesión. El rabino se adueñó de un acto protocolario de un país soberano para convertirlo en una consigna política del Estado de Israel.

Se sabe que hay negocios andando con los israelíes: compra de armamento, entrenamiento de tropas,  acueductos y fracking “responsable”, que no es más que la posesión de las entrañas de la tierra y la desposesión comunitaria del agua. Muchos de estos negocios parecen avanzar sin licitación pública. ¿Dónde quedó la consigna anticorrupción que tanto usó De la Espriella en campaña?

Sentí orgullo cuando el presidente Petro rompió relaciones con Israel, un Estado genocida cuyo primer ministro es un presunto criminal de guerra y perpetrador de crímenes de lesa humanidad. Hoy siento devastación al ver que se reanudan relaciones con ese mismo Estado que se cree con derecho a tomar posesión de la Franja de Gaza, entre otros territorios, y a borrar del mapa al pueblo palestino. Un representante de ese Estado genocida usó la plataforma del 7 de agosto para poner en la misma frase a su país y al nuestro. Hoy soy dueña de la más grande indignación, y sé que no soy la única. Al menos 13 millones de colombianos creemos que Palestina tiene derecho a ser reconocida como Estado libre y soberano y que la vida de cada persona palestina vale exactamente lo mismo que la de cualquier otro ser humano. Nadie, rabino o no, le hará creer al mundo que Colombia entera respalda las monstruosidades que se están cometiendo.

Lo que más preocupa de la posesión de Abelardo de la Espriella es la desposesión que puede venir después. Por la forma en que asumió el poder, no es absurdo temer por la pérdida de derechos: puso el poder militar por encima de su rango civil, su religión por encima de las demás y muy por encima de quienes no profesamos ninguna fe, su ideal de familia tradicional por encima de la que predomina en Colombia, que es la uniparental, y sus alianzas con Estados criminales por encima del Derecho Internacional Humanitario. No me sorprendería que De la Espriella pronto se sume a Trump y Netanyahu en su cruzada por acabar con la Corte Penal Internacional, porque ¿a quién le interesa la existencia de un organismo capaz de juzgar crímenes de guerra como se hizo en los juicios de Núremberg con los nazis? A ellos no, por supuesto. 

La posesión ha vuelto a marcar la posición del primer mandatario. Posesión y posición: suenan parecido, pero pueden resultar opuestas. Porque la posesión de un presidente debería ser la de un país unido que se siente representado. Y esa representación peligra cuando la posición del mandatario le hace eco al poder fascista que hoy se impone en el mundo, cuando pretende convertir sus creencias religiosas en leyes, y cuando no solo su discurso sino la impostura de su voz, gestos faciales y ademanes, como los recurrentes golpes de su mano contra el atril, muestran a un hombre autoritario y prepotente. 

Hace ochenta años, Charles Chaplin cerró El gran dictador con un discurso demoledor contra el mismo tipo de poder por el que ahora tantas personas votan alrededor del mundo. Verlo hoy se siente como una advertencia que debemos atender más que como un simple recuento de la historia que algunos quieren olvidar.

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